Merodeador nocturno

 

En el atardecer de un día de marzo de 1985 la atractiva María Hernández se preparaba para acudir a una cita romántica. Se sentía satisfecha con su atuendo de gala, al contemplarse en el espejo de su habitación. Iba a darse los últimos toques de carmín en sus labios, cuando oyó un ruido proveniente de la sala de estar. Fue hacía allí y notó que una ventana estaba abierta, aunque las cortinas seguían echadas impidiendo observar el exterior.

No veía a nadie dentro, pero la chica comenzó a preocuparse. No soplaba el viento, todo se hallaba en calma. —¿Por qué se había abierto de golpe la ventana, entonces?— se preguntó. Fue a cerrarla, pero al descorrer las cortinas apareció esa sombra, la mano enguantada vino hacia ella, que quedó paralizada por el terror.
El sujeto que había entrado, y la acechaba oculto entre las cortinas, saltó hacia el interior de la sala de estar. Con una mano la aferró por el cuello, mientras en la otra blandía un cuchillo. La sorpresa y el pánico no le permitió a la joven reaccionar a tiempo; el depredador la tumbó y la apuñaló una y otra vez. Luego saqueó el apartamento y con el fruto de su robo abandonó el lugar, creyendo muerta a su víctima. María sobreviviría para aportar una vaga descripción de su agresor, el cual continuó con su cacería.
Esa misma noche ultimó a otra mujer joven, la asiática Tsai-Lian Yu mediante un ataque similar al perpetrado contra María. Tres días después ultimó a una niña de ocho años en Eagle Rock, California, y el 27 de marzo de 1985 volvió a asesinar.
No era novato en crímenes aquel delincuente llamado Richard Ramírez, al cual la prensa norteamericana motejaba “The Nightstalker” ("El merodeador nocturno").
Antes de sumergirse en su orgía de homicidios, lo tenían por un ladronzuelo de pocas luces, aunque a veces resultase algo violento. Había caído preso por robar a los huéspedes en los hoteles de mala muerte, donde ocasionalmente trabajaba, así como por dos tentativas frustradas de hurto de automóviles, por tenencia de drogas e, incluso, por cometer un intento de violación, aunque lo soltaron debido a que la agredida retiró su denuncia.
Pero no solamente dedicaba su tiempo al delito, también leía con avidez lo relacionado con sectas satánicas, esoterismo, demonios y prácticas místicas. En cuestiones musicales sus gustos iban por el mismo lado: cuando escuchaba Highway tu Hell ("Escalera al Infierno") de AC/DC sentía que volaba. Se drogaba con lo que encontraba, ya fuese marihuana, cocaína o LSD, según los recursos que tuviera para comprarlas. Cuando estaba colocado, en su desquiciado cerebro se le mezclaban esas lecturas tenebrosas con el heavy metal, y las fotos polaroid eróticas y violentas que le compartía su primo Miguel, quien constituía una pésima influencia para el joven Richard. Entonces experimentaba una excitación intensa y le venían ganas de delinquir.
Su debut como homicida había sido contra una infante de nueve años en San Francisco. La engañó para conducirla al sótano del edificio donde residía, donde la violó y, para acallar sus desesperados gritos, la acuchilló mortalmente. 
Transcurrirían veinticinco años antes de que la policía lo vinculase con aquel crimen, tras una prueba de ADN, pero para entonces estaba en la cárcel imputado por otros delitos.
El 28 de junio de 1984 se cobró otra víctima en Los Ángeles, al matar a una dama de sesenta y nueve años llamada Jennie Wincow, quien esa noche de verano incurrió en el desdichado error de dejar una ventana abierta para mitigar el intenso calor. La encontraron yaciendo en el piso al costado de la cama, en medio de un charco de sangre. Había sido acuchillada y tenía en su cuello un corte muy profundo, en lo que parecía un intento de decapitación. La autopsia reveló asimismo que había sido violada. 
Extrañamente (o porque las autoridades no detectaron otros crímenes de su autoría) el merodeador nocturno dejó de ultimar durante diez meses antes de perpetrar un nuevo homicidio; pero al retornar a sus sádicas andanzas lo hizo con renovados y perversos bríos.
Aunque la policía no estaba segura, la prensa le atribuyó otros dos ataques mortales, y se comenzó a hablar de la presencia de un asesino serial. Los crímenes –y también algunos intentos fallidos- no se detuvieron: las víctimas no sólo eran mujeres, también había hombres y niños, e incluso ancianos, además de jóvenes y adultos. No hacía diferencia de sexo, y tanto agredía a hombres como a féminas, a las que a veces violaba y otras veces no, según su cambiante humor. En unas ocasiones las mataba y en otras les perdonaba la vida. Su conducta criminal explosiva carecía de lógica y racionalidad.
Tras devenir atrapado, el 3 de octubre de 1989 el jurado lo condenó a diecinueve penas capitales. Escuchó el fallo sin mostrar ninguna emoción y después, mirando hacia los periodistas que cubrían el juicio, exclamó: “La muerte siempre estaba presente en mi vida. Nos vemos en Disneylandia”.
Richard Ramírez estuvo recluido veintitrés años en el corredor de la muerte en la prisión de San Quintín, California. Sin embargo no sería ejecutado, sino que falleció a raíz de un linfoma en 2013; contaba con cincuenta y tres años. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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