Los sangrientos Benders

 

A la joven Kate le costaba olvidarse de William York. Le había dado pena el trágico final del gentil médico; casi se sentía culpable por haberlo seducido, y por distraerlo para que lo mataran. Luego, de mala gana, cumplió con el mandato impartido por su padre, y trajo del galpón el hacha. El viejo miró a su hija con ceño severo, y le ordenó que trozara el cuerpo del médico. La chica se armó de valor y, cerrando los ojos, descargó titubeante el primer hachazo; pero cuando la sangre de la víctima salpicó su rostro y su blanca vincha una perversa ola de placer la recorrió. Era una Bender al fin y al cabo, tan asesina como el resto de su familia. Presa de frenesí alzó con sus brazos el arma y la bajó con violencia, cortando una y otra vez hasta desmembrar el cadáver.

Había transcurrido bastante tiempo desde ese crimen, y ahora los Bender se aprestaban a cenar en la calidez su cabaña, que también hacía las veces de albergue, cuando oyeron un repiqueteo. Mamá Elvira fue hacia la ventana y, a la lejanía, vio venir dos sujetos montados a caballo. Era demasiado tarde para que los viajeros llegasen para alojarse en su posada; y de ningún modo podían permitir que ingresaran al interior.
La vieja hizo un gesto a su hija señalándole que fuera a atenderlos, y Kate, la hermosa Kate, salió al boscoso exterior farol en mano, seguida por su padre y su hermano John.
Verlos a estos dos avanzando en la penumbra, esa noche de luna llena, bastaría para amedrentar a cualquier visitante. Corpulentos, hirsutos y de largos y desgreñados cabellos, a la distancia bien podían ser confundidos con hombres lobos, de tan inquietante que resultaba su apariencia.
Kate reconoció a uno de los visitantes, y supo que éste no se iba a asustar. A la tenue luz de su fanal advirtió la corpulenta silueta de Leroy Dick desmontando de su caballo. Se trataba del administrador municipal del pueblo. Su acompañante también descendió de su equino, y se presentó como el coronel Alexander York.
El militar no perdió tiempo en saludos y fue directo al grano. Estaba en busca de su hermano desaparecido, el médico William York el cual, según le contaron, una semana atrás había pernoctado en ese precario hostal. Los Bender negaron conocerlo; aseguraron que ningún viajero, con la descripción de aquel hombre, había sido albergado allí.
Kate, la única diplomática de la familia, desplegando su simpatía ofreció sus servicios como médium para ayudar a encontrar al desaparecido, en un intento por desviar las sospechas.
Sin embargo su nerviosismo devenía notorio, y los visitantes intuyeron que les mentía. Tras rechazar su oferta, Dick y York se retiraron molestos, sin disimular su desconfianza.
Cuando los caballos y sus jinetes se desvanecieron en el horizonte, el viejo Bender estaba convencido de que volverían con una tropa para arrestarlos.
Una vez dentro de la cabaña, le recordó a su mujer y a sus hijos el pacto de sangre que los unía. No los atraparían vivos, les amenazó, mostrándoles una navaja. Si fuera preciso, los degollaría uno a uno, y luego se suicidaría. Morir por mano propia era preferible a sufrir la tortura y el linchamiento al que, sin duda, serían sometidos.
No quedaba tiempo para deshacerse de los cadáveres. Debían escapar sin más dilación.
Cuando a la mañana del 5 de abril de 1873 el coronel y sus soldados asaltaron la posada no quedaba rastro alguno del terrible cuarteto. En el sótano y en el patio trasero yacía una putrefacta masa de restos humanos. Todos los cuerpos masculinos mostraban heridas de impacto en la cabeza, las sienes y la base del cuello, y algunos aparecieron degollados. La macabra familia resultó motejada por la prensa como los “Bloody Benders” (los "Sangrientos Benders").
El horror había comenzado tres años atrás, cuando ese extraño grupo de inmigrantes inauguró un rústico hotel de paso en su humilde choza.
Los viajeros que a aquel sitio se allegaban eran recibidos con fingida amabilidad. Se los sentaba en el puesto de honor de la mesa a la hora de cenar, de espaldas a una cortina roja. Mientras la sensual Kate los entretenía con su amena charla, en el momento propicio se hacía una señal al viejo John. Entonces éste corría la cortina y, de improviso, descargaba con furia su martillo rompiendo la cabeza del inerme huésped. Acto seguido, se abría una trampilla y la víctima caía a un sótano, donde le esperaba mamá Elvira para degollarlo con un cuchillo. Después le robaban los objetos de valor al occiso y lo sepultaban en el jardín trasero, entre las verduras de su huerta.
Cuando quedaron al descubierto aquellas aberraciones, se buscó frenéticamente a los asesinos en fuga. Sin embargo, pese a décadas de persecución, no se pudo ubicar a los Bender para hacerles pagar sus culpas ante la justicia. Nunca se supo nada más de ellos. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.
 

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