Los resucitadores
Los asesinatos de Burke y Hare (también conocidos como los homicidios de West Port) configuraron una secuencia de crímenes perpetrados en Edimburgo (Escocia) en el período de noviembre de 1827 hasta el 31 de octubre de 1828. Estas fechorías mortales fueron obra dos hombres del norte de Irlanda emigrados a Escocia, William Burke y William Hare, los cuales, tras ultimar a diesiseís personas, vendieron sus cadáveres a instituciones clínicas. Su cliente principal lo constituyó el médico Robert Knox, un connotado anatomista que impatía clases a alumnos de la Escuela de Medicina de Edimburgo en su consultorio sito en Surgeon Place.
William Burke (nacido en 1792 y fallecido el 28 de enero de 1829) era oriundo de Urney, localidad cercana a la ciudad de Strabane, al oeste del Condado de Tyrone, en la provincia del Úlster (Irlanda). Tras haber probado suerte en numerosos empleos, y como sirviente de un oficial en la milicia de Donegal, dejó a su esposa y a sus dos hijos en Irlanda y emigró a Escocia en 1817, donde trabajó en el Canal de la Unión y conoció a Helen McDougal. Luego trabajó sucesivamente como obrero, tejedor, panadero y zapatero.
Por su parte, el lugar de nacimiento de William Hare (nacido en 1792 y fallecido en 1860) se sitúa en Newry o Derry, en la provincia del Úlster (Irlanda). Al igual que su futuro socio en el crimen, emigró a Escocia, donde trabajó como obrero en el Canal de la Unión. Después se trasladó a Edimburgo, donde conoció a un hombre llamado Logue, que dirigía un hostal en el West Port. A la muerte de Logue en 1826, Hare se casó con su viuda, Margaret Laird, quien siguió dirigiendo el hostal, mientras Hare trabajaba en el canal.
En 1827, Burke y su esposa Helen McDougal se mudaron a Tanner's Close, en el West Port, donde se encontraba el hostal de Margaret Laird. William Burke conocía a Margaret Laird de uno de sus anteriores viajes a Edimburgo, aunque no se sabe si ya conocía a William Hare. Lo cierto es que cuando Burke se mudó a Tanner's Corner, ambos bribones se hicieron buenos amigos.
Con toda probabilidad, el duo de malhechores contó con la complicidad de sus respctivas cónyuges, la esposa de Burke, Helen McDougal, y la esposa de Hare, Margaret Laird.
Al modus operandi homicida de estos crápulas se lo designó como «Método Burke» o «Burking». Tal denominación resulta curiosa al aludir únicamente al rol letal que cumplía William Burke, y omitirse al necesario coautor de esos crímenes, que fue William Hare.
Es de tener presente que los homicidas atacaban en conjunto a sus presas humanas. William Hare le tapaba con sus manos las fosas nasales y la boca mientras que William Burke las derribaba y se les trepaba sobre el abdomen asfixiándolas con su peso. De hecho, usualmente Burke sujetaba al agredido por detrás, y Hare le colocaba los dedos índice y medio en los orificios nasales, mientras con el pulgar debajo de la barbilla le impedía abrir la boca; luego derribaban a la persona agredida y culminaban la cruel faena asfixiándola en el suelo o sobre un lecho, hasta quitarle la vida instantes después.
Por lo tanto, queda claro que ambos ofensores devenían responsables a partes iguales del resultado fatal.
Este sistema de ultimar casi no dejaba rastros, y en aquella época resultaba practicamente imposible discernir, incluso para los forenses más avispados, si el fallecido había expirado a raíz de un evento natural (debido a un síncope cardíaco, por ejemplo), o si había sido objeto de un homicidio.
En un sentido más amplio cabe resaltar que la designación «Método Burke» refiere al acto de asesinar de una manera segura, y sin un esfuerzo exagerado.
La historia de estos canallas marcó un antes y un después en la cultura popular británica en lo que atañe a casos policiales.
Hasta el año 1832 hubo una gran escasez de cadáveres legalmente disponibles para la investigación médica en las escuelas de medicina británicas. La Universidad de Edimburgo era por entonces una institución de fama mundial. A medida que la ciencia médica florecía a principios del siglo diecinueve, la demanda de cuerpos aumentó rápidamente, pero por entonces el único suministro legal de cadáveres - los de criminales ejecutados - disminuyó considerablemente debido a una reducción de las ejecuciones a causa de la derogación del llamado «Código sangriento» o «Bloody Code», así como por otras reformas en las prácticas jurídicas y en las leyes británicas.
En realidad, este ciclo de adecuación de las leyes en cuanto a la pena capital fue gradual. En 1808 se derogó la pena de muerte para los arrebatadores y delincuentes menores, comenzando un proceso de reforma que continuó durante los siguientes cincuenta años. En 1823 se ampliaron las posibilidades para conmutar o aplazar las penas de muerte para muchos crímenes capitales, excepto los de traición y asesinato, y esto redujo el número de ejecuciones en dos tercios. La exhibición pública de los cadáveres de ejecutados, a modo de amenaza y advertencia, fue suprimida en 1832; y la práctica colgar con cadenas los cuerpos de los ajusticiados resultó eliminada en 1834.
Lo cierto es que en un período breve se pasó de disponerse un gran número de cuerpos destinados a los estudios anatómicos a sólo contar con dos o tres cadáveres cada año para ser examinados por un gran número de estudiantes, situación que fomentó el robo de tumbas atrayendo a muchos delincuentes.
Las actividades de los ladrones de cuerpos (también conocidos como «resucitadores» o «resureccionistas») cobraron auge, y dieron lugar al miedo y la repugnancia de la opinión pública. Por tal motivo los cementerios aumentaron sus medidas de seguridad, levantando muros y puestos de vigilancia, y colocando rejas alrededor de las tumbas.
Según el testimonio que ante la justicia brindó Hare, al principio se limitaban a robar cuerpos de los cementerios y venderlos a estudiantes de medicina por cifras mínimas. Sin embargo, su camino hacia crímenes más graves recién comenzó cuando vendieron el cadaver de un inquilino de la pensión de apellido Donald, que murió allí por causas naturales. Se trataba de un viejo pensionista de la Armada que debía cuatro libras de alquiler a Hare. En vez de sepultar al extinto, rellenaron el ataúd con tierra y llevaron el cadáver a la Universidad de Edimburgo, en busca de un comprador que pudiera pagar bien por este cuerpo en mucha mejor condición que los otros. Su idea inicial era vender el cadaver al más reconocido especialista en anatomía de entonces, el doctor Alexander Monro, pero no lo pudieron localizar.
De acuerdo con la declaración de Burke, cuando ya se retiraban de la Universidad, un estudiante les sugirió acudir al reputado anatomista Robert Knox, por lo que se dirigieron al consultorio privado de éste, quien les compró el cuerpo de Donald por siete libras y diez chelines.
Esa suma resultaba mucho mayor a lo que habitualmente les abonaban por los difuntos en mal estado que hurtaban en los cementerios, ejerciendo su oficio de resucitadores. A partir de entonces comprendieron que vender un cuerpo fresco en buenas condiciones devenía un negocio más rentable, y decidieron asesinar a seres humanos para lucrar traficando con sus cadáveres.
La primera víctima mortal asesinada por Burke y Hare fue un inquilino enfermo, conocido como Joseph el Molinero, a quien emborracharon con whisky y asfixiaron.
En febrero de 1828, prosiguieron su saga homicida al invitar a la pensionista Abigail Simpson a pasar la noche en el hostal de la esposa de Hare. Una vez allí, la emborracharon, y luego la mataron mediante sofocación. A cambio de esta víctima se les pagó diez libras esterlinas.
Posteriormente, Burke conoció a dos mujeres en la zona de Edimburgo conocida como el Canongate, Mary Paterson y Janet Brown, y las invitó a desayunar al hostal, pero Janet Brown se marchó cuando estalló una discusión entre Helen McDougal y William Burke. Cuando regresó, le mintieron afirmando que Mary Paterson se había ido con un viajante de comercio; pero en realidad la infeliz mujer había terminado en la sala de disección del doctor Knox. Las dos féminas fueron descritas en crónicas de la época como prostitutas. Más tarde, se afirmó que uno de los estudiantes de Robert Knox había reconocido a la difunta Mary Paterson, pero no se animó a denunciar.
Su próxima presa humana resultó una conocida de Burke, una anciana mendiga llamada Effie. La asesinaron y les pagaron diez libras esterlinas a cambio de su cadaver. Más tarde William Burke intercedió por una indigente a la que la policía iba a detener y la llevó consigo. En la pensión de la esposa de Hare la ultimaron, y se envió su cuerpo a la Escuela de Medicina apenas unas horas más tarde. Las siguientes víctimas fueron una anciana y su nieto. Ambos cuerpos fueron vendidos por ocho libras cada uno. Les siguieron en esta cadena fatíidica una conocida de Burke, la señora Ostler, y un miembro de la familia de Helen, su prima Ann McDougal.
Luego le tocó el turno a Elizabeth Haldane, una antigua inquilina que en un momento de necesidad pidió a Hare que le permitiera dormir en su establo. La pareja de malvivientes también mató a su hija Peggy Haldane.
La siguiente víctima fue un joven cojo y con discapacidad mental llamado James Wilson y apodado "el Bobo Jamie", que tenía dieciocho años cuando fue finiquitado. El chico intentó resistirse, pero resultó reducido por los dos malvados. Su madre comenzó a indagar sobre su paradero infructuosamente. Cuando el doctor Robert Knox exhibió su cadaver en clase a la mañana siguiente, varios alumnos reconocieron al jovencito, pero el anatomista negó que se tratase de Jamie.
La última víctima de los resucitadores fue Marjorie Campbell Docherty, alias "Mary". William Burke la atrajo al hostal diciendo que su madre también era una Docherty, pero no pudo matarla de inmediato debido a que los inquilinos James y Ann Gray estaban presentes. Los Gray se retiraron, pero más tarde oyeron ruidos. Al día siguiente Ann Gray se mostró desconfiada cuando Burke no le permitió acercarse a una cama en la que había dejado unas medias. Cuando al anochecer los Gray se quedaron solos en la casa, registraron la cama y descubrieron el cuerpo de Mary Docherty. En el camino hacia la comisaría se toparon con Helen McDougal, quien intentó sin éxito sobornarlos con diez libras para que no hicieran la denuncia.
Burke y Hare retiraron el cuerpo antes de que llegara la policía. Durante los interrogatorios Burke mintió afirmando que Mary Docherty se había marchado a las 7 de la tarde, mientras que Helen McDougal aseruró que la anciana se había ido por la noche. La policía no creyó en sus declaraciones y los arrestó. Un mensaje anónimo condujo a los investigadores al despacho del doctor Robert Knox, donde apareció el cuerpo de Mary Docherty, que James Gray identificó.
William y Margaret Hare fueron aprehendidos poco después. El reinado de terror de estos homicidas había concluido. La oleada de asesinatos de los recusitadores de cuerpos había durado un año.
Cuando un periódico edimburgués escribió sobre las desapariciones, el 6 de noviembre de 1828, Janet Brown se enteró y fue a la comisaría, donde identificó la ropa de la desdichada Mary Patterson.
Las pruebas contra la pareja de criminales no eran contundentes, por lo que el fiscal de su causa penal, Lord Advocate Sir William Rae ofreció inmunidad a William Hare si confesaba y testificaba contra Burke. El testimonio de Hare permitió la sentencia de muerte contra William Burke en diciembre de 1828. Este último resultó colgado el 28 de enero de 1829, y diseccionado públicamente por el anatomista Alexander Monro en la Escuela de Medicina de Edimburgo. Su esqueleto, su máscara mortuoria y los objetos confeccionados con su piel se encuentran en exposición en el museo de la escuela de Edimburgo.
Helen McDougal fue puesta en libertad, ya que no logró probarse su participación en los crímenes. La esposa de Burke regresó a su casa, pero fue atacada por una multitud furiosa. Es posible que volviera a la Stirling a vivir con su familia paterna. Se rumorea que años más tarde se marchó a Australia, donde murió hacia 1868
Margaret Hare evitó el linchamiento, y regresó a Irlanda con su familia. Nunca se supo más de ella. William Hare fue puesto en libertad en febrero de 1829, y la tradición popular lo identifica con un mendigo ciego de Londres atacado por una multitud y arrojado a un pozo, si bien nada de esto está confirmado. La última vez que se lo vio fue en la ciudad inglesa de Carlisle.
Por su parte, el doctor Robert Knox no fue acusado porque William Burke señaló en su confesión que el médico no sabía nada del origen de los cadáveres. Sin embargo, el papel del cirujano como incentivador de dieciseís homicidios provocó un escándalo público que afectó gravemente su imagen y prestigio. Robert Knox mantuvo silencio sobre sus tratos con Burke y Hare, y siguió empleando a ladrones de cuerpos para abastecer sus clases de anatomía. Tras la publicación del Acta de Anatomía de 1832, su popularidad entre los alumnos disminuyó. Cuando sus solicitudes para el Colegio de Médicos de Edimburgo fueron rechazadas, se fue al Hospital de Cáncer de Londres, donde murió en 1862.
Los crímenes de los resucitadores evidenciaron la crisis en las escuelas médicas, y llevaron a la publicación del Acta de Anatomía en 1832 expandiendo los suministros legales de cadáveres para disuadir a los criminales de continuar con sus robos en cementerios. La prensa hizo responsable de los crímenes al Gobierno escocés por la tardanza de sus medidas, y consideró en cierto modo a Burke y Hare coautores de la nueva ley porque pusieron de manifiesto las fallas del Gobierno tanto a la hora de suministrar cadáveres a las escuelas, como para ofrecer salidas económicas a los necesitados.
* Texto Gabriel Antonio Pombo.

.webp)
Comentarios
Publicar un comentario