El cerebro del monstruo
La fascinación por estudiar los cerebros de infames homicidas en serie no resulta cosa nueva. Cabezas cercenadas flotan en formol dentro de frascos, expuestos a los visitantes. En la actualidad en tal estado puede contemplarse, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Lisboa, Portugal, a la testa de Diogo Alves "El asesino del acueducto", ejecutado el 19 de febrero de 1841.
Casi a finales del Siglo XX la tétrica costumbre se repetiría con el asesino en serie John Wayne Gacy. Este condenado fue objeto de análisis por la especialista en psiquiatría criminal Dra. Helen Morrison. A dicha experta le cupo el curioso honor de que las autoridades de la prisión donde el reo pasó su tiempo final le entregaran, para su examen, el cerebro de aquel infame homicida secuencial, el cual desde entonces ha permanecido en su poder dentro de un frasco con líquido conservante.
Este monstruo había nacido en la ciudad estadounidense de Chicago en el año 1942 en una familia de clase media. Sus padres fueron John Stanley y Marion Gacy. En su niñez fue maltratado por un progenitor alcohólico que solía llamarlo "bobo" y "estúpido". A los once años un violento accidente en el cual se golpeó la cabeza con un columpio le produjo un coágulo cerebral que sólo sería descubierto cinco años luego de ese suceso. Con el correr del tiempo se destacaría como hombre de negocios e integraría organizaciones de apoyo social.
Nada hacía suponer que aquel ciudadano honesto, agradable y ejemplar, de baja estatura y regordete, que entretenía a los niños huérfanos u hospitalizados disfrazándose de payaso -personaje que designó con el sobrenombre de "Pogo"- tenía un costado pavoroso, y fue considerado penalmente responsable de consumar treinta y tres salvajes homicidios precedidos de torturas.
Se graduó de estudios empresariales, y en el año 1968 fungió de gerente de un restaurante en Iowa.
Por ese entonces sufrió su primer arresto al ser acusado de sodomizar a un empleado y de sobornar a un testigo para que lo favoreciera en la ulterior causa judicial. Alarmada, al enterarse de ese delito, su esposa -con quien se había casado en 1964- promovió el divorcio. Después de dieciocho meses quedó en libertad condicional aparentemente recuperado y habiendo dado muestras de buen comportamiento. Tras ello, retornó a Chicago donde contrajo segundas nupcias manteniendo oculta su perversión.
Su doble vida se le volvió cada vez más irrefrenable y comenzó a cazar homosexuales por las zonas de encuentros, tanto en las calles como en bares nocturnos. Incluso llegó a abordar con proposiciones deshonestas a sus propios empleados -había montado una próspera empresa constructora-.
Atraía a sus compañeros de juegos mediante promesas de suministrarles alcohol, trabajo o drogas y, de esa manera, conseguía llevarlos al interior de su comercio. Una vez allí buscaba la forma de reducirlos. A tal efecto, solía engañarlos fingiendo que les enseñaría trucos de magia para liberarse de grilletes y esposas. Cuando cerraba esos artefactos metálicos en torno a las muñecas de los desprevenidos jovencitos se prevalecía de su estado de indefensión, y procedía a violarlos y a atormentarlos sádicamente. Les recitaba pasajes bíblicos mientras los mantenía amarrados. Finalmente, los asesinaba a través de maniobras de estrangulamiento utilizando a tal fin sus manos, o sirviéndose de trapos o corbatas.
La ola de crímenes culminó cuando el 12 de diciembre de 1978 el comerciante y payaso devino interrogado a causa de la desaparición del adolescente Robert Piest. La policía obtuvo una orden judicial y allanó su residencia, dentro de la cual localizaron artículos vinculados con otras desapariciones de chicos homosexuales.
El 22 de diciembre de ese año confesó la autoría de sus homicidios. Declaró que su inicial asesinato databa del año 1972 y aceptó haber matado a treinta y tres jóvenes, señalando la ubicación en donde yacían veintiocho de los cadáveres. Los investigadores rastrearon su propiedad y bajo los tablones del piso localizaron esos restos humanos. Las otras cinco víctimas las habría arrojado al río Des Plaines.
Al cabo de su juicio penal se lo condenó a muerte y su ejecución se llevó a efecto el 10 de mayo de 1994 en la penitenciaría de Stateville, en Crest Hill, Illinois, a través de una inyección letal. No expresó remordimiento por sus tenebrosas hazañas y, a modo de palabras postreras, le espetó a los guardias que lo conducían rumbo a la sala de ejecución:
- ¡Bésenme el trasero!. Nunca encontrarán a los demás-.
Una numerosa multitud se agolpó en las afueras del edificio carcelario dando cima a un espectáculo desagradable. Los concurrentes dieron vítores cuando supieron que la sentencia se había cumplido. No faltaron los vendedores callejeros que aprovecharon la sórdida ocasión para vender camisetas impresas con el rostro del reo ejecutado, e incluso toscas reproducciones de sus cuadros sobre arlequines.
En el curso de su prolongada estadía en la cárcel John Wayne Gacy se manifestó como un artista en ciernes. Era un pintor aceptable y resaltaban sus óleos con motivos circenses; en especial, figuras de payasos. Estos lo obsesionaban y le valieron el innoble mote criminal de "Payaso Asesino".
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
.png)
Comentarios
Publicar un comentario