El tipo de la máscara
Jessie Otero solo tenía once años. Usaba lentes, soñaba con ser poetisa y se le daba bien dibujar. Había empezado a ponerse sujetador y llevaba muy largo su abundante cabello negro. Tan tupido resultaba su pelo que le tapaba el cuello, y al tipo de la máscara le dio trabajo calzarle la mordaza en la boca.
Aquella mañana, el intruso que empuñaba el revólver entró sigiloso tras colarse por la valla de atrás, y se preocupó al notar la huella de una pezuña en el patio nevado. No tenía previsto que en la casa tuviesen un perro. Lanzó un chiflido pero no apareció ningún perro, y entonces se sintió más confiado. Avanzó en puntas de pie hasta el garaje y, al amparo de la oscuridad, esperó.
En el interior de la vivienda la adolescente terminó de vestirse y fue hacia la cocina. Allí estaba Julie, su madre, que enfundada en una bata azul acababa de poner la mesa: había sacado leche y cereales para desayunar y unas latas con carne en conserva con las cuales hacer los bocadillos del almuerzo. Mientras tanto su padre, Joe, consumía unas peras en almibar como postre.
Afuera, el sujeto de la máscara y el revólver vacilaba. En los bolsillos de su abrigo guardaba una cuerda, una cinta de cortina veneciana, mordazas, cinta adhesiva blanca, unas bolsas de plástico, y un cuchillo.
Denis Rader -pues así se llamaba aquel individuo- llevaba semanas acechando a la familia Otero. Sabía que el padre trasladaba en el coche a su esposa hasta el trabajo, y que nunca salían luego de las ocho y cuarenta y cinco de la mañana. Por eso creía que, siendo entonces más de las nueve de ese martes 15 de enero de 1974, los hermanos de Jessie ya estarían en el colegio, y dentro de la residencia solamente se encontraría la adolescente cuyo fresco atractivo despertaba sus lascivos deseos.
A sus veintiocho años aún no había dado rienda suelta a sus fantasías sádicas. Ya desde muy joven las ensoñaciones de violencia lo dominaban. Enlazaba a perros y gatos, y los ahorcaba en el granero de sus padres. Espiaba a las señoras de su barrio cuando se desnudaban, y robaba bragas y sostenes colgados en los tenderos de las mansiones vecinas. Se imaginaba forzando los automóviles, y escondiéndose dentro, con un arma lista para amenazar a las mujeres cuando subieran. Seguidamente, las obligaría a conducir hasta un descampado donde las ataría, las vejaría y, tras mucho divertirse, las mataría.
Nunca había reunido valor para llevar a cabo sus sueños malvados. Pero esa mañana estaba cruzando la línea prohíbida. Se dirigió desde el garaje rumbo a la puerta trasera, hizo girar el pomo y, para su alivio, comprobó que la cerradura no tenía puesta la llave. Con su cuchillo cortó el hilo del teléfono y, en ese momento, se percató de que alguien abría la puerta trasera. Miró y vió entrar a un niño, el hermano menor de Jessie; a su lado venía el perro, que al advertir la presencia del intruso, comenzó a ladrar.
Muy nervioso, el atacante empujó al chiquillo hacia el interior de la morada, y lo introdujo a la fuerza en la cocina. Una vez allí se dio cuenta de que había cometido otro error de cálculo en su proyecto criminal: el padre todavía estaba dentro. El can ladraba como poseído, y el miedo recorrió al tipo de la máscara. Aunque era mucho más corpulento que el dueño de casa, Denis Rader temblaba cuando lo apuntó con el revólver. Les aseguró que tan solo se trataba de un atraco, que se conformaría con robar el dinero que guardaran en la casa, y luego los dejaría en paz. Aterrada, la chiquilla se puso a llorar y, en ese instante, desde otra habitación se oyó la agitada voz de la madre preguntando qué ocurría. El sujeto de la máscara cogió a la adolecente por el cuello, y le colocó el cañón del arma en la cabeza. A los Otero no les quedaba más remedio que obedecerlo.
Horas después, cuando los hijos adolescentes regresaron del colegio se enfrentaron con el horror. Los agentes Robert Bulla y Jim Lindeburg fueron los primeros en arribar al escenario del desastre. Además del cadáver del padre, atado y con una perforación de bala en el cráneo, ubicaron a la madre ahorcada con una cuerda. El infante muerto, por su parte, estaba amarrado y con su piel plagada de moratones.
Los policías continuaron buscando. Descendieron al sótano y descubrieron que, colgada a una viga, se balanceaba el frágil cuerpo de Jessie. Una gruesa soga anudada a su garganta la había estrangulado lentamente. También tenía las bragas bajadas hasta los tobillos, y unas manchas blancuzcas en los muslos; un ulterior exámen forense acreditó que se trataba de restos seminales. El agresor se había masturbado, llegando al orgasmo mientras veía morir ahorcada a la jovencita. A su vez, las marcas de las patas de una silla sobre la alfombra probaban que se sentó para apreciar comodamente la agonía de su víctima.
Denis Rader retornó a su hogar, que compartía con su esposa y su bebé recién nacido, y trató de proseguir con su vida habitual. Maldecía los errores incurridos. Las muchas jornadas de planificación espiando a aquellos vecinos no habían dado los frutos apetecidos. El objeto de su obsesión lo constituía Jessie. Calculó que disfrutaría de varias horas a solas con ella, que gozaría a pleno sin pasar sobresaltos. Quizás incluso, tras aterrorizarla y vejarla, se habría dado por satisfecho con dejarla atada, desnuda y magullada, para que sus padres la encontraran en ese estado. Para tal propósito llevaba puesta la máscara; así ella no lo reconocería. Pero pese a la zozobra de toparse con los padres y con uno de los niños, quienes a esa hora ya no debían estar en la casa, y para colmo con un perro cuya existencia desconocía, aquello terminó saliendo a pedir de boca. Sus más perversas fantasías al fin eran realidad.
El tipo de la máscara se mantendría impune durante décadas, siendo considerado en su comunidad un ciudadado modelo y un buen padre de familia. Adoptaría un alias, dirigiría cartas a la prensa jactándose de sus fechorías, y las firmaría con el acrónimo «B.T.K» (iniciales de las palabras: «atar», «torturar», «matar», en inglés).
Sin embargo ni siquiera el mal dura para siempre. Tras consumar su último homicidio el tiempo fue transcurriendo, y la prensa pareció olvidarse de aquel criminal. Pero Denis Rader no toleraba caer en el olvido, y su irrefrenable afán de notoriedad cavó su fosa.
El 16 de febrero de 2005 llegó a los estudios de Kake-TV un paquete remitido por BTK conteniendo una carta, una joya y un disquete que el matador había grabado confiadamente. El jefe de la policía de Wichita, Kenny Landwehr no podía creer lo que estaba viendo, no daba crédito a su buena suerte. Llamó enseguida a Randy Stone, el informático de la división, quien rodeado de ansiosos policías no tardó en localizar un rastro: el de la Iglesia Luterana de Wichita, y un nombre: Dennis.

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