El perfil del asesino

 

El ama de llaves le franqueó el paso a través de la lujosa sala de estar, tras pronunciar: «Adelante señor», al cual añadió: «Qué suerte que llegó tan pronto, el doctor lo estaba aguardando». Y, aun cuando aquel visitante ya conocía el interior de la residencia, cumpliendo con el protocolo cortesano, le escoltó hasta la biblioteca. Haciendo repiquetear con su badajo a la campanita de bronce, lo anunció ante el anfitrión:

–Doctor Bond, ha venido el detective Legrand.

A la luz de dos candelabros el canoso médico examinaba el grueso fajo de notas que reposaba sobre su escritorio de roble. En esas páginas había bosquejado un meticuloso perfil del asesino, en pos de desentrañar su oscura psicología y los retorcidos móviles de sus espantosos crímenes. Segundos después, dejó a un lado la pluma sin apartar su vista de esos folios que absorbían su interés y, tras quitarse las gafas, señaló a su asistenta.

– Hazlo pasar y que se acomode donde mejor le plazca. Este hombre es como si fuera de la casa. 

La anciana sirvienta empujó la puerta de cedro entreabierta y,  cuando el invitado tras emitir un formal: «Gracias señora» ingresó a la habitación, le preguntó:

–Ordeno que le preparen un café, ¿o quizás prefiera otra bebida que sea más de su agrado? – y, tras brevísimo intervalo, acotó:

–Al doctor ni siquiera le pregunto, porque ya sé que no quiere nada que lo distraiga de sus papeles.

 Y es que conocía cabalmente a su empleador y a la esposa de este, luego de diez años de servicio ininterrumpido para esa familia burguesa.

–Y llevas razón querida Johana. – contestó el médico, levantándose de su sillón y estrechando la diestra que el otro le tendía, mientras tomaba asiento a su frente parape tándose delante del escritorio plagado de papeles, libros y lápices.

–No puedo permitirme el lujo de perder tiempo cuando tengo un reporte pendiente para los muchachos de Scotland Yard, y que lleva ya tanto atraso. – precisó. 

Arthur rechazó amablemente el ofrecimiento de bebidas y la servicial gobernanta se despidió, cerrando tras de sí con cuidado la puerta de la biblioteca a fin de que los señores disfrutasen de completa privacidad.

–No te entiendo Thomas –tal era el nombre de pila del galeno– si te preocupa tanto no perder tu tiempo, ¿por qué me llamaste? Yo constituyo un estorbo más que una ayuda para ese informe que vienes preparando con tanto ahínco. 

Se lo manifestó en son de irónica chanza, pero de forma asertiva. La broma y la cordialidad devenían útiles herra mientas para sacarle información genuina a la gente, según le enseñaba su experiencia de pesquisa; por más que en este caso se tratase de un amigo, como el buen doctor.

–Si no creyera que realmente te necesito, no te habría mandado buscar.– le retribuyó, también con mordacidad, el cirujano, quien prosiguió: 

–Bueno, entremos en materia. Supongo que ya que te habrás enterado de la última noticia fúnebre ocurrida en el East End de Londres ayer a la madrugada. 

–Claro que estoy al corriente de lo que sucedió. No olvides que yo también vivo aquí en Inglaterra, y no en el planeta Júpiter. Y tengo ojos y oídos instalados por todas partes… – el detective dejó la frase deliberadamente sin terminar, y completó: 

–Por ejemplo, averigüé que esta vez sí se dignaron asignarte la autopsia, y que tuviste que trabajar dentro de esa sangrienta pocilga de Miller´s Court.

–Bien informado estás de mis andanzas. Calculo que sobornas a algunos de los policías rasos, porque de los tres grandes que comandaban el operativo ninguno te traga. 

 Legrand alzó las cejas ante esa declaración. Con su giro «los tres grandes» Bond aludía a los inspectores jefes Frederick Abberline y Walter Beck, y al superintendente de la Policía Metropolitana Thomas Arnold. Presintiendo cierto sobresalto en su interlocutor, el forense adoptó un matiz conciliador:

–No es que lo manifiesten, claro está. No te preocupes. Tu presencia extraoficial se tolera bien. Saben que tanto Moore como yo, de hecho, hemos solicitado que intervengas. Y ellos a su vez no quieren perder de vista lo que hace el Comité de Vigilancia. Como tú le pasas datos a ese respecto a Moore estiman que, por lo menos en eso, les resultas de provecho. 

Su amigo creyó del caso aclararle su opinión concerniente a ese punto:

–¿De veras te parece que les preocupa lo que haga el Comité y sus jefes judíos? – los dieciséis fundadores eran comerciantes de origen hebreo. –Yo pienso que más bien los soportan por necesidad. Fingen aceptar buenamente su labor, pero la verdad es que los desprecian. Los ven como una molestia más que una colaboración. 

Hizo un impase y, pensativo, apostilló: 

–Y, ¿sabes? puede ser que no les falte algo de funda mento. No basta con gente de buena voluntad para combatir con eficacia el crimen. Eso es cosa de profesionales. 

El cirujano no pudo discernir si su interlocutor hablaba con ironía o seriamente, pero lo dejó pasar. No quería dilapidar energías discutiendo de asuntos secundarios y efectuando rodeos. Agitando su mano derecha le exhibió un hatillo de folios mecanografiados, con apuntes a lápiz en sus márgenes. Las bases del reporte que venía elaborando.

–Lo tengo casi listo. Hoy por la tarde se lo presentaré a Anderson. No me impusieron una fecha tope, pero ya van dos semanas desde que me pidieron esto. Ayer estuve toda la tarde en la morgue trabajando en la necropsia de esa pobre muchacha, y por cierto que también incluyo mi parecer respecto de esta última y flamante atrocidad. 

El investigador recogió los papeles que el otro le alcanzaba ubicándolos arriba de su regazo en tanto buscaba sus anteojos, y le inquirió:

–¿En definitiva, qué es lo que quiere Scotland Yard de ti?

–Ciertamente no un mero resumen de las autopsias practicadas a las víctimas. En realidad, lo que les interesa es disponer de una noción sobre quién pudo haberlas matado y cómo se podrían predecir crímenes semejantes; porque se tornó notorio que estamos frente a una misma retahíla de homicidios.

–¡Una serie que proseguirá si no se atrapa al responsable! – apuntó con énfasis su oyente, comenzando a hojear aquel borrador.

–Están desesperados. Y furiosos. Yo también lo estoy; más aún después de contemplar la barbaridad de ayer. Y eso que he visto, sin inmutarme, escenas tan horribles y asquerosas que harían vomitar a un perro. Pero lo de ayer lo colmó todo.

–¿Necesitas una opinión de mi parte, o quieres que te proporcione información sobre lo que vengo indagando?

–Ambas cosas Arthur. Pero más que nada preciso sentir la tranquilidad que me brinda conocerte como te conoz co. Saber de tu lealtad. Se valora mucho la presencia de un verdadero compañero en momentos como este.

 Aquella amistad, a la cual hacía referencia el dueño de casa, había nacido dieciocho años atrás; en 1870, durante la guerra franco prusiana. Técnicamente ambos devenían enemigos. Legrand, era teniente de caballería y, como es obvio, peleaba a favor de su país. Y el también joven Bond, aunque británico, revistaba al servicio del ejército de la Prusia imperial. Lo atendió en el hospital de campaña por daños de escasa entidad, cuando se rindió todo el batallón al cual aquel pertenecía. 

Sus captores fueron deferentes con él, cosa muy poco común. Y es que les constaba que había tratado con ga llardía y decoro a soldados germanos caídos en desgracia. Incluso intercedió ante su capitán para salvarle la vida a más de uno de estos. A un enemigo valiente y caballeroso debía tenérsele particular consideración y respeto, y así se lo hicieron saber al médico. Pero, a poco de conocerlo, el médico ya no precisó acatar una orden para simpatizar sinceramente con ese francés, amable y culto. Solo llegó a lamentar que su estadía en la enfermería fuese tan corta, en consonancia con la levedad de las heridas sufridas por aquel combatiente.

Por ello cuando en el anterior año de 1887 para su sorpresa lo reencontró, convertido el antiguo teniente galo en todo un gentleman inglés, se alegró enormemente de poder reanudar la vieja relación. Y ahora, en la biblioteca de su amigo, el detective repasaba los esmerados apuntes que este, durante varios días, concienzudamente relacionase. 

La historia de ese informe tan especial era la siguiente: El 25 de octubre de 1888 el doctor Robert Anderson, comisionado jefe de Scotland Yard, envió una carta al cirujano policial Thomas Bond aportándole pormenores de la investigación sobre los recientes crímenes contra prostitutas acaecidos en el East End de Londres. Le remitió copias de las pruebas recogidas en las pesquisas emprendidas por las muertes de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, exhortando al experto a manifestar su opinión global y sin tapujos. Este examinó los documentos durante dos semanas y estaba pronto para entregar su respuesta ese mismo10 de noviembre en horas de la tarde. Mary Jane Kelly había sido despedazada en la mañana anterior, y el facultativo dedicó buena parte de ese día a ejercitar su autopsia.

 Conforme había destacado minutos atrás a su visitante no se fijó una fecha límite para formular el reporte, pero aquel desalmado crimen lo indignó y quería concluir esa tarea de una vez por todas. Esencialmente, dicho peritaje explicaba que los cinco homicidios atribuidos a Jack el Destripador resultaron, sin vacilación alguna, ejecutados por la misma mano.

En los primeros cuatro de ellos –enfatizaba – las gargantas de las occisas habían sido segadas desde la izquierda a la derecha. En el último patético evento, a causa de la tan extensa mutilación, le resultaba imposible asegurar desde qué dirección se asestó el corte letal; pero se identificó sangre arterial salpicando la pared adyacente adonde reposaba la cabeza de la difunta. 

Las circunstancias que rodearon los decesos le llevaron a la creencia de que las mujeres debieron haber sido tumbadas sobre el suelo cuando se las apuñaló y, en todos los casos, el primer tajo inferido con el cuchillo apuntó a cercenar la garganta. En cuanto al tiempo transcurrido entre la muerte y el hallazgo de cada víctima el informante puntualizaba que con Stride el descubrimiento se verificó no bien se produjo la agresión. En las situaciones de Nichols y de Chapman habrían discurrido entre tres o cuatro horas desde el óbito hasta el encuentro de sus cadáveres. Con relación a Eddowes su martirizado físico se ubicó a escasos minutos de ser ultimada. Respecto de Kelly, única autopsia en la cual intervino personalmente, su inerte organismo yacía sobre el lecho casi desnudo y profusamente lacerado. 

Aquellas notas que el investigador leía absorto advertían que, cuando los forenses arribaron, la finada ya había ingresado al grado del rigor mortis, estado que fue en aumento durante el curso del examen clínico. A raíz de tal circunstancia –se prevenía en esas páginas- devenía muy incierto establecer el tiempo exacto que había transcurrido desde el fallecimiento. Se hacía constar que tal período en una hipótesis semejante oscilaba entre seis a doce horas previo a ingresar a la fase de rigidez cadavérica plena. Basándose en que el cuerpo estaba ya bastante frío y que localizó, al analizar el estómago y los intestinos, residuos de una reciente ingesta, el perito calculaba que la fémina habría expirado entre la 1 o las 2 de esa madrugada. 

El especialista también mencionaba que en ninguna oportunidad pareció mediar rastros de lucha. Los ataques fueron repentinos e iniciados desde una posición tal que las agredidas no lograron resistirse, ni gritar en pos de auxilio. Se resaltaba que en el homicidio de Mary Jane Kelly la esquina derecha del colchón donde yacía la difunta se veía muy rasgada y saturada de sangre, indicio de que el agresor habría cubierto la cara de su víctima con la sábana en el instante de la acometida fatídica. 

Acerca de la manera de ultimar presumía que en los cuatro primeros episodios el matador debía haber irrumpido desde el lado diestro de la asesinada. Con Jeanette Kelly, por el contrario, habría principiado su agresión de frente o desde la izquierda, puesto que la estrecha habitación no le dejaba espacio para accionar de otra manera. Si hubiese atacado como hizo con sus demás presas humanas se hubiese chocado contra la pared y el sector del catre en el cual la joven se hallaba tendida. A su vez la sangre había manado hacia abajo brotando del costado derecho del cuerpo, regando profusamente la habitación.

Sobre el modus operandi utilizado a la hora de finiquitar, el informante prevenía que aquel verdugo no quedaba necesariamente salpicado o anegado, pero sus manos, sus brazos y su ropa se debían impregnar con fluido hemático. Las mutilaciones le parecieron siempre por demás semejantes, excepto en el crimen de Stride. El móvil de los homicidios claramente tenía por objeto lograr la mutilación, la cual había sido infligida por una persona carente de conocimiento científico y anatómico. El galeno estimaba que el responsable ni siquiera ostentaba la destreza técnica de un carnicero, un matarife de caballos, o cualquier otro individuo acostumbrado a descuartizar animales muertos. 

Respecto del arma esgrimida, ponderaba que se blandió un cuchillo fuerte de, como mínimo, seis pulgadas de largo y muy afiliado en su hoja, la cual medía alrededor de una pulgada de ancho. Se podría tratar de una navaja, de un cuchillo de carnicería o del bisturí de un cirujano. En lo único que se mostraba seguro consistía en que el arma no era curvada, sino de hoja recia, filosa, puntiaguda y recta. En cuanto al asesino entendía que debía tratarse de un varón de notable fuerza muscular, y de perverso y decidido atrevimiento. No encontraba indicios de que actuase asistido por cómplices. Conjeturaba que el victimario era un hombre sometido a periódicos accesos de psicopatía homicida y erótica. El carácter de las mutilaciones sugería que aquel individuo podía padecer una enfermiza condición sexual llamada satiriasis.

 En aquella pericia, que su invitado leía con creciente avidez, el cirujano no descartaba que el feroz impulso hubiese tenido su origen y desarrollo en un afán de venganza o en una obsesión mental como, por ejemplo, una manía religiosa. Empero ese estudio también dejaba constancia de que, en lo personal, el exponente no creía en esa posibilidad.

Mostraba menos dudas acerca de la conducta social del bribón. Presumía que su apariencia externa semejaría a la de un hombre de hábitos sobrios, inofensivo, tranquilo, de mediana edad, y que iría vestido de manera decorosa. También ponderaba que aquel ejecutor tenía el hábito de portar una capa o un abrigo largo pues, si así no fuese, difícilmente podría haber pasado inadvertido deambulando por las calles con manchas de sangre cubriendo sus manos y su ropa. 

El experto amigo de Arthur suponía allí que el criminal era un ser solitario y excéntrico, carente de ocupación regular, pero con algún pequeño ingreso o pensión. Podría vivir entre personas respetables que desconfiaban de él por conocer su temperamento y su conducta quienes, quizás, recelasen que no todo funcionaba con normalidad en su mente. Especulaba que esa gente no estaría dispuesta a comunicar sus sospechas a la policía por temor a generarse problemas, sufrir represalias, o alcanzar una notoriedad indeseada. Por último, en aquellos apuntes se sugería que si los conocidos del culpable tuvieran la perspectiva de una recompensa, tal estímulo monetario podría bastar para que superasen sus escrúpulos y lo entregaran a la justicia.  

Cuando el detective terminó de leer se encontró con un expectante médico, quien con los codos apoyados en su escritorio y ambas manos juntas sirviendo de reposo a su barbilla, aguardaba algún comentario. Retiró sus lentes y depositó sobre la mesa la resma de papeles. Respiró hondo, haciendo tiempo. Su interlocutor, muy quieto, se mantenía en la misma posición. Legrand hubiese preferido que fuese el otro quien abriera el diálogo. De hecho, no sabía si el doctor quería oír de él una aprobación incondicional o una razonada crítica. Y es que en realidad, aunque las solicitemos: ¿A quién le gustan las críticas? barruntó el investigador. Y de inmediato se contestó la pregunta que a sí mismo acababa de plantearse: ¡A un científico honrado! Una persona así antepondría la búsqueda de la verdad a su vanidad. 

 Finalmente soltó: 

–Es un informe brillante. Tal vez no ahora, pero dentro de tres o cuatro generaciones pasará a la historia como pa radigma de notable trabajo de investigación… 

Bond cambió la postura de sus manos, y echando la cabeza hacia atrás iba a emitir una frase formal de gratitud en retribución a la alabanza recibida, pero antes escuchó al invitado concluir su reflexión.

–Pero no es un informe valiente. Callas hechos que de sobra conoces. Una verdad dicha a medias invalida a la otra mitad que sí es cierta. 

El cirujano cerró la boca abortando la frase a punto de salir. Como de costumbre, cuando quería, el francés sabía cómo desconcertar a sus oyentes. Pero él no estaba molesto. 

–Primero el halago y después la franqueza brutal. Hábil técnica la tuya– le respondió con sarcasmo forzado y, sosteniéndole la mirada, completó: 

–Pero para eso fue que te hice llamar.

–Al reporte no le debes agregar ni quitar una coma. Es brillante, te repito. 

Legrand hizo un intervalo y, bajando el tono, remató: 

–Y, sobre todo, es lo que ellos quieren leer. Lo arrumbarían en el fondo de un cajón si dijeses otra cosa. Si dijeses las cosas que ambos sabemos… 

Bond se irguió y le palmeó levemente el hombro.

–Y esto que ahora has dicho, es lo que yo quería oír de ti. No me has defraudado, amigo mío.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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