La noche del murciélago
El murciélago revoloteaba en las cercanías del castillo hasta que al fin se posó arriba del alféizar de uno de los ventanales, y recogió sus alas. Su pequeña cabeza calva de puntiagudas orejas resultaba espantosa, parecía humana, sus pupilas color ambar brillaron malévolas y abrió el hocico dejando ver sus filosos colmillos.
Por las calles aledañas rondaba un sujeto viejo mal entrazado que rebuscaba en los tarros de la basura, sin duda un mendigo. Cuando desde las alturas lo descubrió, hurgando por las yermas callejas y sin testigos a la vista, la perspectiva de capturar a una presa fácil le sedujo, y apresuró la metamorfosis. Llevaba varias jornadas sin succionar el esencial fluido, y el hambre esa vez pudo más que la prudencia. Entonces ocurrió lo increíble, tras ese avistamiento, el siniestro animalejo alado comenzó a transformarse en un hombre murciélago.
Concluido el proceso el engendro vampírico planeó sobre el andrajoso, quien recién advirtió la mortal amenaza cuando el monstruo le cayó encima, mordiéndole el cuello.
El agredido apenas pudo gritar, no llegó a oponer resistencia a la fiera voladora que le desgarró la garganta. Fue desplomándose aprisionado entre los robustos brazos del esperpento, acogotado por esas manos convertidas en terribles zarpas.
Una vez tendida sobre los húmedos adoquines la inerme presa, el vampiro aplicó su repugnante hocico contra la sangrante herida y, con ansia voraz, sorbió el flujo vital que manaba de su víctima. Instantes más tarde, el cadáver quedó exangue, y en los ojos del occiso se palpaba una mezcla de asombro y terror.
Entre tanto, en el plomizo cielo la luna llena despuntaba semioculta tras densos nubarrones sobre los altillos de las fincas cincundantes. Ni un alma recorría esas aceras gélidas y desiertas cruzadas por ráfagas de viento ululante; ni siquiera un perro, un gato o una rata callejera merodeaba en aquellos desolados alrededores.
Todo el vecindario dormía en esa penumbra invernal; los moradores soñaban ajenos al peligro y al horror que afuera se respiraba. El barrio yacía entre sombras y neblinas, bajo la tenue lumbre despedida por las farolas a gas. Solo a través de una ventana se vislumbraban las luces interiores de una casa y, refugiado en ella, un hombre, en vela a esas altas horas nocturnas, devino privilegiado testigo del macabro prodigio.
Afuera, el muerto viviente había concretado su propósito atroz. El abundante plasma tragado le brindaría el vigor necesario para continuar su existencia eterna. Sin embargo la misma sangre que ahora circulaba dentro del monstruo impedía que la metamorfosis volviese a tener efecto. No podía mutarse en un vulgar quiróptero en lo que restaba de esa noche. Su apariencia nada más podía retornar a una forma humana originaria, en la del conde dueño del castillo.
Pero varias cuadras lo separaban aún de la seguridad de su refugio, dentro del cual se vestiría con las ropas oscuras de ese noble caballero una vez producida la nueva trasmutación.
Por ahora no tendría más remedio que conservar esa horrenda envoltura mientras marchaba rumbo a su alcazar, donde los secuaces le abrirían el portal de ingreso. Avanzaba pesadamente bajo su forma de murciélago humano con las alas, de brazos terminados en garras, replegadas.
A todo esto, en tanto el descomunal quiróptero iba rumbo a su guarida, el hombre que habitaba en la única casa iluminada del barrio comprendió que aquella era su gran oportunidad. Bajó corriendo las escaleras con su revólver Webley escondido en su levita, y las seis balas de plata de grueso calibre introducidas en el tambor giratorio.
Abrió la puerta de su residencia y salió disparado en busca de terminar con esa criatura del averno. No disimuló su presencia al acercarse; sabía que la fiera era incapaz de emprender vuelo tras la copiosa ingesta, nada más podía andar a paso cansino, casi arrastrándose.
—¡Llegó tu última hora, bestia maldita!.— le gritó el cazavampiros, anunciándose a su espalda, mientras lo encañonaba aferrando el arma con ambas manos. —¡Hoy termina por fin tu reinado de terror!
El fenómeno se dio vuelta y enfocó sus pupilas ambarinas en su enemigo. Emitió un gruñido gutural, al tiempo que mostraba sus fauces de punzantes colmillos, y trató de avanzar hacia su rival para derribarlo y roerle la vena yugular, como había hecho con el pordiosero. Pero se hallaba ahíto, fatigado y muy torpe a causa de tanto flujo hemático engullido; apenas lograba moverse lentamente.
El vengador jaló el gatillo de su revólver; una, dos, tres detonaciones rompieron el silencio nocturno. Los proyectiles de plata perforaron la piel de la alimaña quebrando sus huesos, partiéndole el corazón. El murciélago humanoide cayó malherido, y el agresor se aproximó aún más al repulsivo ser inerte. Extrajo de entre sus ropas una botella mientras el diabólico animal se retorcía, y sus ojos amarillos destellaban tanto odio y angustia que parecían salir de las órbitas.
El frasco no contenía agua bendita, sino combustible. El cazador roció con el líquido inflamable al engendro agonizante. No podía permitir que se repusiera, y que una repentina transfiguración lo librase de la muerte. Lanzó contra él una cerilla encendida y, segundos después, el vampiro se quemaba hecho una bola de fuego. En su conversión postrera se había transformado en una tea ardiente. Entre aullidos de rabia y quejidos de dolor aquel amasijo de carne maldito se fue consumiendo. Al cabo de un breve rato únicamente quedó una mancha chamuscada impregnando el pavimento, y un montón de cenizas esparcidas por el viento.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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