El bosque de los cadáveres
El joven detective Yuri Smolenski y su compañera en ese operativo policial, la también joven Ivana Gliskieva, avanzaban cautelosamente, mientras la luz de sus linternas se abría paso entre la espesa arboleda. Esa noche de pálida luna llena devenía especialmente tétrica en el bosque de Rostov, y la pareja de policías sentían el escalofrío producido por el viento ululante que golpeaba sus espaldas. Al pie de un gran árbol vieron sobresalir del suelo barroso un cuerpo mal enterrado, en notorio estado de descomposición. Era el cadáver de una chica que mostraba marcas de mosdiscos en su cara y su tórax; estaba claro que las alimañas habían realizado su horrible labor.
Al contrario de ella, Andrei Chikatilo iba pertrechado adecuadamente contra ese clima inhóspito. Cubría su cabeza con una capucha y portaba una gruesa gabardina, dentro de la cual traía escondida el arma. A poco de internarse entre los arbustos la adolescente comprendió su fatal error, al haber confiado en aquel sujeto. Trató de escapar, pero él la agarró del cuello por detrás ahogando sus gritos de terror, y comenzó a inferirle tajos con una cuchilla. Al amparo de la espesa vegetación, el sádico culminó su obra abusando de la moribunda. El cuerpo de Natalia, descompuesto y roído por las alimañas silvestres, tardaría tres semanas en ser descubierto por los policías Yuri Smolenski e Ivana Gliskieva en el bosque de los cadáveres, donde tiempo después también serían halladas la mayoría de las víctimas del salvaje homicida.
Un mes después de haber asesinado a Natalia el criminal se cobraría otra presa humana. En la tarde del 11 de mayo de 1989 el niño soviético Sasha Dyakonov, que el día anterior había cumplido ocho años, lucía su uniforme escolar y caminaba despreocupado por una avenida arbolada de Rostov. Lo cierto era que el depredador aún rondaba esos lares de pura casualidad, pues los ómnibus pasaban de largo llenos de pasajeros y no tuvo más remedio que andar a pie hacia su hogar, luego de cumplida su jornada laboral. Normalmente se mostraba cauteloso y metódico; abordaba a su presa con preguntas sencillas, exhibiendo simpatía y valiéndose de su apariencia de abuelo inofensivo.
Sin embargo en esta ocasión sería diferente. Sus pulsaciones estaban a tope, y una ola de perversidad lo invadía. Su deseo se tornó tan irrefrenable que optó por dejar a un lado las precauciones. Cuando una hilera de arbustos ocultó la presencia del chico a los peatones que transitaban por la avenida apuró el paso y, desde atrás, se le arrojó encima. El infante chilló con desespero, mientras el hombrón lo aplastaba y le infería cuchilladas. El ruido de los coches y los camiones en el profuso tráfico hizo que nadie advirtiera la agresión. La bestia no lo violó, se conformó con asesinarlo. Ver brotar la sangre fue suficiente alivio genital, y eyaculó en su ropa interior. Después arrastró el cuerpecito hacia los arbustos, y lo dejó tirado a escasos metros de la carretera. El infeliz Sasha falleció sin poder observar la cara de su atacante, y su patético cadáver demoró sesenta días en ser localizado por las autoridades policiales.
Quien sí tuvo oportunidad de ver bien a su ejecutor fue Alyosha Khobotov de diez años, fanático de las películas de terror que daban en el flamante video club del centro de Shakhti. Su ingenuidad lo llevó a comentar la última filmación de horror que le fascinara con aquel afable desconocido que le buscó conversación, en la esquina de las calles Karl Marx y Soviet el 28 de mayo de ese año.
—Si quieres podría hacerte ver unas estupendas películas de terror.— le propuso Chikatilo. —Poseo una gran colección en mi casa. ¿Qué te parece si me acompañas para mirarlas?
Se pusieron a andar por la ciudad. En cierto momento el sádico recordó aquella fosa que había excavado al costado del cementerio. Su intención consistía en dejarse caer dentro con el cuello cortado y morir por suicidio. Tan enorme resultaba su depresión entonces, tan convencido estaba de que lo capturarían y sería ejecutado, que prefería terminar así su existencia. Aquel le parecía un lugar tranquilo, ideal para descansar eternamente allí, entre matorrales y ciruelos silvestres. Pero ahora, cuando charlaba con el inocente chico, una ocurrencia malvada le hizo esbozar una sonrisa cínica. Aquel hoyo se convertiría en la última morada de otro ocupante, decidió. Al arribar al cementerio dirigió a Alyosha a través de la senda principal, y luego lo desvió.
—¿A dónde vamos? — preguntó el niño, con súbito nerviosismo.
—Estamos tomando un atajo hacia mi casa.— pretextó Chikatilo.
Una vez que llegaron al matorral rodeado de ciruelos el pervertido comprobó con satisfacción que el pozo estaba allí, incluso la pala con la cual lo efectuara continuaba apoyada en el árbol. Aferró la herramienta y, sin que el chico recelara, vino hacia él con una amplia sonrisa. De repente su expresión facial cambió; lo escrutó lanzándole una mirada pérfida, levantó la pala y le aporreó en la cabeza con frenética saña, castigándolo una y otra vez. Tras tenerlo desmayado lo arrastró por los tobillos, y arrojó el organismo sin vida dentro del foso.
Su furioso ataque le había estremecido de gozo y placer; la violencia, el sufrimiento de sus presas humanas y la visión de la sangre brotando, sustituía en él al normal impulso sexual. Pero al ver tendido al niño muerto, con el cráneo partido y sus ojos abiertos de miedo y asombro, por un instante lo embargó el arrepentimiento. Extrajo de su bolso un par de velas blancas que depositó a los costados del occiso, y las encendió piadosamente. Dicho gesto fue lo más parecido a un entierro digno que se le ocurrió hacer. Su pena únicamente duró unos minutos, pronto recordó que debía huir de la escena del crimen; se tomó un respiro y empezó a dar paladas de tierra hasta tapar por completo el lacerado cuerpo de la víctima. No encontrarían al infante desaparecido, pese a la inmediata denuncia formulada por sus padres, y a la intensa búsqueda desplegada.
Todos los esfuerzos por localizarlo vivo o muerto devendrían infructuosos. Solo después de ser arrestado el criminal se supo, gracias a su confesión, que había constituido otra de las víctimas. Andrei Chikatilo condujo a los pesquisas hasta aquel umbrío paraje donde desenterraron el cuerpo, por entonces convertido en poco más que un esqueleto. El asesino en serie fue juzgado y hallado culpable de perpetrar cincuenta y dos homicidios, todos tan brutales como los de Natalia, Shasha y Alyosha. Se le impuso la condena máxima y, una gélida mañana de 1994, lo ejecutaron en su celda mediante un disparo en la nuca.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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