Demonio

 

Su cabeza palpitaba justo donde ese hombre, que ahora ella creía que era el mismo demonio, la había aporreado de repente, unos minutos antes. Había perdido la conciencia tras aquel ataque súbito, y el demonio lo había aprovechado. Ella ahora se encontraba casi inconciente; cubierta solo por aquel vestido negro que dejaba ver sus hombros y la chica se había puesto para impresionarlo.

No podía verlo por la venda que cernía sus ojos, ni tampoco gritar por auxilio, pues una mordaza sellaba su boca.

Comprendió que fueran cuales fueran los planes que tuviera para ella, probablemente moriría. Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas por debajo de la blanca venda que cubría sus ojos. "Es el demonio, que ha venido a arrancarme el alma del cuerpo. Y yo tengo la culpa de mi desgracia", pensó la prisionera. Se encogió contra la pared húmeda, como si pudiera colarse por los ladrillos y salir al otro lado. Afuera, un rato atrás, sudaba bajo el sol del verano, deseosa de una brisa fresca. Pero ahora todo su cuerpo temblaba en un escalofrío, como si la hubiera transportado a un mundo completamente distinto. Y quizás lo había hecho. A pocos metros, su jefa (su antigua jefa) estaría trabajando con la máquina de coser, sin pensar por un momento en ella. ¿Y por qué iba a hacerlo? No la echaría en falta, ni tampoco a las chaquetas hasta las ocho de la tarde, cuando debía devolverlas con los ojales y los acabados listos. Evidentemente, nunca tuvo la intención de devolverlas, no después de conocer a aquel elegante caballero que la convenció de vendérselas.

En un rincón del oscuro taller, yacían las cuatro chaquetas tiradas y olvidadas. Ahora ella entendía que esas prendas él no las quería para nada; no habían sido más que un cebo que ese demonio le puso para hacerla caer —una tentación— y ella había caído. Se le escapó un quejido ahogado, y al instante oyó un sonido metálico, aunque no podía verlo, ella era consciente de que su captor estaba ocupado con los contenidos del baúl abierto a solo unos metros, que ella había podido vislumbrar antes de ser vendada.

La había sentado con las piernas separadas; inmovilizadas con un cepo de madera cuyos dos huecos redondos encerraban sus tobillos, y exponían hacia fuera a sus pies descalzos, y además de la venda y la mordaza, unas cuerdas rodeaban fuertemente sus brazos recorriendo su pecho y su espalda.

Ahora, al oír el golpe del metal contra metal, volvió a derramar lágrimas: él estaba sacando objetos del baúl y los iba colocando sobre la pequeña mesa de trabajo, mascullando para sí mientras lo hacía. ¿Cómo pudo parecerle cuerdo alguien tan claramente preso de la locura? O puede que la cegara la codicia, la idea de tener algo de dinero en el bolsillo para dejar su diminuta y mugrienta habitación y empezar de nuevo en aquella ciudad atestada.

La joven lloriqueó de nuevo bajo la venda blanca, tratando de que no se le escurriera el orín de la vejiga. La comida había sido siempre su perdición. Era alta, ya desde pequeña lo era, y su madre siempre decía que había nacido con un apetito de hombre y acorde con su altura. Con las penurias de los últimos tiempos había adelgazado, pero aunque vivía al borde de la pobreza aún tenía una buena capa de carne sobre los huesos.

Tal vez fuera esa la razón por la cual su patrona no la alimentara durante las horas de trabajo, como hacían otros empleadores. Quizás pensara que la chica tenía más que suficiente con los míseros cuatro chelines que le pagaba a la semana.

Tras aquel breve instante de rabia, volvió a echarse a llorar, consciente de que no era así. Su jefa no podía alimentarla, y eso era todo. A esta también le estaba costando ganarse la vida, pero eso no la había detenido a ella a la hora de robarle las cuatro chaquetas. Había sonreído a su patrona antes de coger las prendas, devolviéndole la mirada descaradamente, mientras su mente ya se regodeaba pensando en lo que se comería aquella noche: tal vez un pastel de mantequilla, ese dulce sabor siempre la apasionó, o quizás una salchicha alemana. Se le hacía la boca agua solo de pensar en ello, mientras se dirigía al lugar donde había quedado con el caballero para venderle las chaquetas. Sin embargo, ahora aceptaría con gusto nunca más comer un pastel de mantequilla, y cosería ojales hasta que le sangraran los dedos, si tan solo pudiera escapar de aquel lugar oscuro, volver a ser libre, y sentir el calor del sol.

Él se inclinó sobre el baúl, tomó algo que ella no pudo ver, y lo colocó con un golpe encima de la mesa de trabajo. Luego encendió una lámpara polvorienta y se giró hacia ella. Sus dedos desataron el nudo que ajustaba a la nuca la venda, y él la retiró con suavidad.

De pronto, la penumbra se esfumó y la cautiva pudo volver a ver.

Segundos después, se le quitó también la mordaza. Podía hablar ahora de haber querido, pero no lo hizo.

Pensó que al poder ver de nuevo se apaciguaría su miedo. Pero al observar cómo la sombra del hombre se extendía a su espalda a la luz de la lámpara, todo pensamiento de comida y sol se evaporó de su mente, dejando solo terror.

Los ojos azules de aquel sujeto la miraban abiertos de par en par, concentrados, curiosos, y bastante, bastante enajenados. Cogió un cuchillo de la mesa, y la presa tironeó desesperadamente de los grilletes que cernían sus muñecas y la ceñían a la cadena fijada a la pared, deseando haber intentado liberarse con más ahínco, deseando haberse revuelto más cuando él la golpeaba.

Su raptor levantó un objeto brillante en la penumbra, ¿Qué era aquello? ¿Un cuchillo?

De nuevo se había acercado a ella. Ya no era el caballero que unas horas atrás había conocido, era simplemente un loco. Un demente con un cuchillo empuñado en su mano diestra, mientras ocultaba la otra mano atrás de su espalda. ¿Qué escondía allí?

—Ella fue la última a la que encerré aquí—dijo él, mientras sacaba el brazo de detrás de la espalda. Sostenía una cabeza de mujer, asida por el pelo. Tenía la piel curtida como el cuero y pegada a los huesos, y su boca estaba abierta en una mueca de terror.

Al ver aquel espanto la cautiva gritó y gritó, enloquecida por la certeza de su inminente destino. Quiso incorporarse, pero era imposible. Sus tobillos seguían prensados en el cepo. Continuaba aferrada por esos grilletes, que unidos a la cadena empotrada en la pared, le separaban los brazos hacia arriba.

Él se le inclinó un poco más, y entonces ella lo supo. Aquel hombre no era el demonio. Solo era un sirviente del maligno, un instrumento. El demonio estaba detrás de él, y lo dirigía. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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