Travesía y enfrentamiento en el Támesis

La noche caía sobre la dársena de St Katharine. Por suerte las aguas del río estaban calmas y el conductor de la chalupa no necesitó justificar su destreza. Hora de atracar. Minutos atrás, el otro tripulante varón había arriado la loneta para proteger de miradas indiscretas la cubierta del pequeño navío. 
Habían sorteado ese último recodo del río Támesis que los ponía a resguardo de ser avistados desde el muelle. Corrían peligro de que, mediante un catalejo de largo alcance, los detectasen. Hasta entonces vestían de paisano; incluso la chica, quien lucía indumentaria demasiado masculina, ocultando su belleza. Recogieron sus dos bolsones y sacaron los disfraces. Sin delatar rubor alguno, ella fue la primera en desvestirse frente al maquinista. El tan estrecho habitáculo no dejaba espacio para la privacidad. Este miró hacia otro lado, con pudoroso recato, mientras la fémina mudaba sus ropas. A su vez, abrió una maleta y extrajo el atuendo ritual. Comenzó a cambiarse, a la par que sus dos acompañantes lo hacían. Pero a diferencia de estos, él no cubrió su rostro bajo el antifaz y el retazo de cuero de zorro. 
 El pasajero de escaso cabello castaño y entrecana barba rala, le preguntó: 
–¿No hay dudas de que él estará sólo en el buque? 
–No es seguro. Nada lo es. – replicó el interrogado. Y completó: –Por lo general, cuando opera la secta, el lugarteniente se encarga de custodiar el barco. Después ascienden dos cofrades trayendo los trozos, pues son quienes deberán repartirlos en las distintas escalas que se irán realizando. Él queda sólo arriba bebiendo whisky. Suele llevar una pistola. 
Hizo un matiz, añadiendo: –Tal vez hoy ni siquiera esté vigilando desde la embarcación. La señal acordada consiste en tres haces de luz hechos con farol de ojo de buey. Cuando desde la proa nos responda emitiendo idéntico mensaje podremos avanzar. 
Su interlocutor lo observaba muy atento, animándolo a que prosiguiera: 
 –Dado que se atraca en un punto solitario, los camaradas deben venir con sus atavíos puestos y exhibir desde la ribera los cuchillos, en signo de que cumplieron con su trabajo. 
Una vez aportada esa explicación, les alcanzó dos puñales con mango bronceado, cuyo pulido acero se curvaba en el medio de su trayectoria. Las manchas de sangre de pescado, que impregnaban sus hojas, simulaban un reciente empleo más tétrico. Tras esto, el joven timonel recordó formularles otra prevención. 
–Yo iré con la cara destapada, para que de inmediato me reconozca y no desconfíe. Al ser el piloto poseo ese privilegio. Pero, según las reglas, los prosélitos únicamente se desprenden de las máscaras dentro del navío luego de que se les autorice a subir. No olviden que si los ve inseguros podría recelar y dispararnos a quemarropa. 
–¿Y la contraseña? 
–Esta vez la consigna para permitir abordar el barco será «Belcebú». Él podría preguntarla a los tres en general, o a cualquiera que elija, de acuerdo a su capricho... Otra cosa, cuando el maestro no está, en calidad de lugarteniente suyo, tiene derecho a usar ese grado. Le gusta que lo llamen así. 
Corrieron la funda y saltaron a la orilla fangosa ensuciando sus botas. El barquero se abrió camino tomando la delantera, farol de ojo de buey en mano. Presionó la perilla del artefacto tres veces. En cada ocasión salió reflectado un haz naranja que rebotó contra la quilla del navío. Posteriormente, enfocó la lumbre hacia donde estaban sus dos compañeros para que, desde el buque, el otro pudiese divisarlos. 
El hombre y la mujer embozados dejaron caer a sus pies los paquetes con presuntos restos humanos. Retiraron los estiletes de entre sus ropas y los empuñaron mostrándolos, al tiempo que se mantenían estáticos, conforme preceptuaba aquel protocolo. Él retenía su arma blanca en la diestra. Ella aferraba la suya sirviéndose de su mano zurda, inclinando el filo de la daga hacia abajo. Atrás de ambos, la corriente del río serpenteaba barrosa con tintes rojizos, a causa del reverbero generado por la luz lunar. A la lejanía, en el horizonte se perfilaba la imponente figura del Tower Bridge en obras. El colosal puente levadizo bajo el cual, un rato antes, la barcaza atravesara. Sus dos gigantescos pilares de piedra que, emergiendo desde el lecho del río, sujetaban la construcción. Sus torretas en forma de castillos góticos; su estructura metálica emitiendo fulgores azules en la noche. Sus grandes cadenas, su viga en celosía sobre las dos enormes levas, los poderosos tirantes de hierro. Bandadas de pájaros aleteaban contra el manto gris echado por el cielo nocturno. 
 Mientras tanto, ellos dos permanecían quietos en la riba aguardando, durante segundos eternos, los relumbres que les concedieran permiso para ascender al barco. El hombre adelante. La mujer escondida parcialmente tras la anatomía de este. Imposible sospechar que debajo de ese embozo se hallaba un rostro femenino. Por lo demás, sus atavíos resultaban idénticos. Tanto la figura robusta como la más endeble cubrían sus testas con oscuras capuchas azuladas que traían sujetas mediante cordeles anudados. Largos capotes de igual color y textura colgaban de sus hombros y, bajo estos, chaquetas de paños opacos, con sendas filas de redondos botones color oro enhebrados a sus ojales. Calzaban antifaces con ranuras ovaladas, tras las cuales veían. Arriba de cada mascarilla se adhería un retazo de cuero de zorro moteado, cuyos extremos agudos ocultaban sus narices. La superposición de tales caretas imprimía a las facciones el rictus de las aves rapaces. Solo quedaba expuesta en él su mandíbula recia y sus mejillas de rala barba entrecana. En ella, eran visibles sus tersos carrillos, su fino mentón y el cutis lampiño.
 Por fin, el juego de luces chispeando; una, dos, tres veces. La autorización para avanzar. La escalerilla de abordaje estaba dispuesta. Peldaños arriba, apostado en la cubierta, se distinguía a un hombre de tez blanca, afinado bigotillo y poblados cabellos renegridos. Aunque enjuto, su aspecto era rudo. Vestía chaleco y levita negra a rayas, y portaba sombrero hongo de igual tonalidad. No estaba bebiendo whisky, por cierto. Los escrutaba desde las alturas con expresión ceñuda. Blandía una pistola de gran calibre y les encañonaba. 
–¡La contraseña! – gruñó. El piloto, único de los tres que exhibía su faz y su cabeza al aire libre, se adelantó a los demás para responder. No se le permitió hacerlo.
 –¡Tú no Fred! ¡Ellos! Arthur se puso a la par del primero y contestó con voz neutra. 
–«Belcebú» –, tras lo cual efectuó un aparatoso movimiento, fingiendo que iría a despojarse de su máscara. 
–¡Quién carajo te dijo que ya te la quites! – le reprendió. La jugada había salido bien y con acento humilde, el interpelado repuso: 
–Usted perdone maestro, es que soy nuevo… 
–Bien, suban todos, quiero ver qué cosecha me trajeron.
 Escalaron por la barandilla acarreando sus fardos. Una vez a bordo, el superior hizo un ademán a Fred mandándole que levase el ancla y soltase los amarres, previo a encender los motores. Como los dos novatos parecían no comprender qué venía después, todavía sosteniendo el revólver, les increpó:
 –¿Qué están esperando par de inútiles? ¡Muestren el trabajo que realizaron! 
Legrand se le acercó, depositó frente a aquel su paquete con la abertura desanudada y dio un paso atrás guardando posición de firme. El lugarteniente lo estudió con desprecio. Guardó el arma y prendió un cigarrillo. Aspiró el humo y se reclinó hacia el boquete del bolso, frunciendo la nariz al notar el fétido olor. No era un cadáver fresco. Metió su brazo y extrajo un trozo sangrante, mientras arrimaba la lumbre de un farol. 
–¿Qué bazofia es esta? – bramó. Levantó la cabeza señalando colérico hacia Arthur. Era una pata de cerdo trozada. La soltó, mostrando repugnancia y con esa misma mano, que era la hábil, hurgó dentro de sus ropas. Los encapuchados fueron rápidos. El más fornido se le arrojó encima. Le capturó el brazo que intentaba empuñar el revólver, aplicándole una llave. 
Al verse atenazado, el agredido se sacudió una y otra vez y, valiéndose de su mano libre, logró apretar el cuello de su adversario. Sus dedos eran muy fuertes y estaba habituado a estrangular. Un poco más de presión y aquel maldito tendría que aflojar. Luego, descargaría todas las balas de su pistolón, ejecutando allí mismo a esos malditos traidores. Pero sus músculos fueron perdiendo vigor y dejaban de obedecerle, por mucho que quisiese oprimir aquella garganta. 
En medio de la refriega había sentido el ardor de un pinchazo en su cuello. Era el otro sujeto. Con ojos vidriosos, alcanzó a ver de soslayo como el más pequeño retiraba la aguja hipodérmica aún goteante, que con pericia había inyectado en su vena. Luego todo se nubló y cayó desvanecido. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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