El asesino fantasmal
Jack el Destripador golpeaba repentinamente, cual si de un perverso y fulmíneo ente emergido de la nada se tratase. Agredía a sus presas humanas y les infligía una muerte atroz, sin que aquellas pudiesen oponerle la menor resistencia. Nunca había testigos directos presentes durante los feroces ataques, o parecía no haberlos. Obraba con increíble eficacia haciendo alarde de una desconcertante sangre fría e, igualmente, de un completo desprecio hacia el peligro, como si estuviese convencido de que jamás iría a ser capturado.
En algunos de sus asaltos letales, tal cual aconteciera en el homicidio de Catherine Eddowes, eliminó a la mujer en las adyacencias de una plaza alrededor de la cual un agente policial practicaba una ronda cada quince minutos. Aún así, le alcanzó el tiempo para diseccionar con certera meticulosidad al cadáver y extirparle órganos.
¿Estaba acaso protegido por fuerzas sobrenaturales? ¿Era quizás un enviado diabólico? ¿Sus escalofriantes actos obedecían a un lúgubre ritual?
El asesino dominaba perfectamente la conformación de las calles y la localización de los albergues, pensiones y tabernas. En especial, conocía la manera de escapar una vez concluido cada avance letal. Estaba al tanto de todos los callejones y calles que terminaban sin salida, y sabía como huir desde un patio hacia otro.
En la fatídica madrugada del 30 de septiembre de 1888 este implacable y fantasmagórico verdugo eliminó a dos infortunadas mujeres en la que dio en llamarse la «Noche del doble acontecimiento», pese a que la policía custodiaba fuertemente la región y cualquier equivocación, fallo u olvido, hubiera posibilitado aprehender al ofensor. Se volvió palmario, a partir de entonces, que el responsable conocía las rondas que efectuaban los agentes, y que había cronometrado la rutina de cada uno de ellos.
También sabía dónde se emplazaba la fuente pública próxima a la calle Dorset en la que se lavó las manos después de masacrar a su segunda víctima en esa oportunidad. Acreditó dominar la configuración de aquellos sórdidos barrios de memoria.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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