Asesino entre las tumbas

 

Vestido con su desgastado abrigo negro, Peter Sutcliffe creía estar oyendo voces mientras llevaba a cabo su trabajo de enterrador en el cementerio de su natal pueblo de Bingley –población rural situada al norte de Londres-. Un anochecer de luna llena, cuando ejercía su fúnebre labor, el joven oyó la voz por primera vez. Se inquietó y dejó caer de súbito la pala con la cual venía cavando un hoyo para introducir en tierra santa el ataúd que yacía a sus pies. Nerviosamente, se puso a buscar por los alrededores intentando identificar la procedencia del sonido.

 El ser que lo llamaba le hablaba en tono suave, gentil y persuasivo. No le impartía mandatos ni amenazas; sólo le formulaba sugerencias. Siguió el eco para localizar desde donde provenía la voz y, a tal fin, caminó hasta la vetusta tumba cubierta de maleza de un hombre polaco fallecido muchos años atrás. Contempló durante varios minutos el gran crucifijo grabado en la lápida. Al rato volvió a escuchar aquella voz que lo invocaba. Miró en su entorno, pero no había nadie. 
Sin duda el sonido surgía desde la tumba que estaba ante sí. Al principio se trataba de un murmullo, de frases sin conexión ni sentido. Pero posteriormente la resonancia se tornó más nítida y él llegó a comprender perfectamente: ahora la voz le daba órdenes. Esa noche de plenilunio el sepulturero regresó a su casa embelesado por aquella experiencia casi religiosa. Definió a los sonidos que retumbaron dentro de su interior como “la voz de Dios”. Contó que, en ese momento, comenzó a llover y subió hasta la cima de una ladera por escalones de piedra desde donde vio todo el valle. Allí se sintió embriagado por un estado de profundo éxtasis que nunca antes había experimentado. 
El sujeto pensaba que era un elegido. Al transcurrir los meses la voz, que al inicio era amable y reconfortante, le sugirió que debía volverse violento. Una prostituta le había escamoteado unos dólares sin proporcionarle el correspondiente servicio y, además, se burló de él en la taberna del pueblo delante de sus amigos. El ahora mesiánico Peter no podía pasar por alto tamaña afrenta. 
Animado por la “voz”, concluyó que su misión terrenal consistía en liquidar a todas las rameras posibles porque esas desvergonzadas eran las responsables de la mayoría de las lacras sociales. Pese a haber proclamado que únicamente deseaba eliminar prostitutas para librar al mundo de la corrupción no vaciló en ultimar a mujeres que claramente no ejercían esa profesión. Bastaba que éstas le despertasen su deseo de agredirlas y matarlas. Tal fue el caso de Upadhya Bandara, joven médica oriunda de Singapur que se hallaba de paso por Inglaterra gozando de una beca. Tampoco se justificó que victimase a Jayne Mc Donald, chica de dieciséis años empleada de una tienda, ni a Bárbara Leach, distinguida estudiante de la universidad de Bradford. Esto induce a suponer que el matador de mujeres no fue del todo sincero al atribuir la culpa de sus actos delictivos a la historia del cementerio y de la voz que le impartía órdenes.
 Más que por su desquicio cerebral y por su carácter de asesino imbuido de una psicopática misión, el motor impulsor de estos crímenes lo constituyó la cerril misoginia que padecía este cruel ejecutor. Pese a su innegable trastorno psíquico, el criminal dejó traslucir suma astucia antes y después de consumar los actos delictivos. Aunque eran brutales, sus ataques iban precedidos por un minucioso estudio del terreno, y sabía cómo escapar luego de haber ejecutado cada acometida. Siempre portaba consigo las armas letales, detalle muy significativo que da cuenta de planificada organización a la hora de llevar a término sus mortíferos desmanes.
Tan cauto y cerebral demostró ser este exterminador que su aprehensión fue finalmente debida tan sólo a la buena suerte que tuvieron las fuerzas del orden. El 2 de enero de 1981 dos funcionarios policiales del sur de Yorkshire detectaron por casualidad un coche sospechosamente mal aparcado a la entrada de una carretera. Dentro del rodado estaba el asesino y se aprestaba para segar otra vida en la persona de la meretriz sentada a su lado. El sargento Bob Ring y el agente Robert Hides se apersonaron al conductor entablando una charla de rutina. Al chequear las placas del automóvil descubrieron que las visibles habían sido adosadas encima de otras chapas legítimas, señal de que podría tratarse de un vehículo robado. 
Antes de ser puesto bajo arresto, el infractor logró desembarazarse de las herramientas con las cuales pensaba ultimar a la mujer arrojándolas sobre una pila de hojas. Una vez que fuera conducido a la comisaría otras pruebas incriminarían al acusado. Allí podía apreciarse el retrato robot del "Destripador de Yorkshire", y sus asombrados captores no pudieron dejar de advertir el chocante parecido entre esa imagen y el rostro del hombre al cual minutos atrás habían detenido por el muy menor delito de hurto. No versarían respecto al robo de un coche las preguntas que comenzaron a formularle los investigadores sino por su responsabilidad en la autoría de alevosos homicidios. 
Tras un maratónico interrogatorio que duró dieciséis horas el psicópata terminó confesando plenamente su culpa y, con gran serenidad, aportó certeros detalles acerca de sus sádicas tropelías cometidas durante casi diez años. 
Peter Sutcliffe merodeaba alrededor de sus presas y en el momento propicio las aporreaba con un martillo hasta partirles el cráneo. Cuando le era posible, derribaba a la mujer agredida pateándola tan ferozmente con sus negras botas de cuero que las marcas de las suelas quedaban impresas en la piel. Una vez que tenía a la víctima indefensa tendida en el piso el trastornado la remataba asestándole golpes en la cabeza y, acto seguido, le infería hondos cortes en el vientre con un cuchillo o mediante un agudo destornillador. En ciertas ocasiones, sustrajo órganos a los cadáveres, crueldad que le valió el mote del “Destripador”, al cual se adicionaba el nombre de la británica ciudad de Yorkshire, teatro de aquellas inhumanas matanzas. 
  * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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