Diálogo en la morgue
El médico de barba y cabellos canosos observaba con atención el corazón que retenía en su mano, y que acababa de extraer al cadaver de la joven peliroja tendido sobre la camilla. Resultaba notoria cuál era la causa de la muerte, y lo regresó a la pileta junto a los demás órganos con secuelas de la misma enfermedad. Cogió la libreta y realizó otra anotación en el informe de la autopsia que venía preparando. En ese momento oyó que desde el exterior de la sala de disección una voz familiar lo llamaba por su nombre. Salió de ese recinto y se dirigió a la antesala de la morgue, en donde se encontró con el detective Arthur Legrand, que lo aguardaba exhibiendo una amplia sonrisa.
–Querido Arthur, ¿qué te trae por aquí? – saludó efusivo el doctor Thomas Bond, al antiguo amigo que apenas unos días atrás había reencontrado.
–Deseaba verte en plena fajina Thomas. El celador de esta morgue me dejó pasar sin tener una previa cita acordada con el médico forense oficial de la Policía Metropolitana; o sea, contigo. Bastó con mencionarle que yo era un colega tuyo, y que me convocaste para ayudarte en una autopsia– replicó el visitante.
Pero resultaba notorio que se burlaba y el cirujano le retrucó sonriente:
–Hombre, no puedes con tu condición. Sobornaste al pobre portero, ¿verdad?
Poniendo cara de ingenuo, que le salía mal, el recién llegado repuso:
–¿Cómo se te ocurre pensar tal cosa? El cuidador se ve que es un funcionario muy eficaz y honesto.
Adoptando un matiz más serio, el médico aclaró:
–No te preocupes, no lo voy a denunciar. Pero si me hubieras avisado que deseabas venir a verme, te hubiese hecho pasar sin problema alguno.
–Y me privarías del placer de ejercitar mis habilidades sociales, entre las cuales se halla la de obtener información y otras cosas valiéndome de sobornos, ja, ja. – acotó este jocosamente y tomó asiento en una de las banquetas de la antesala, sin que el otro se lo ofreciera. El perito trajo una silla y se ubicó delante del visitante. Parecía claro que no tenía una labor obligatoria pendiente y que prefería cotillear antes de abocarse a sus tareas.
–Bien estimado francés, si ahora hasta pasas por un británico de pura cepa. Nadie se daría cuenta que no te criaste en estas islas. Ni se te nota el acento galo.– Y agregó: –Fue increíble volverte a ver luego de tantos años y nada menos que en una fiesta de la alta sociedad.
Trajo a su memoria ese reciente acontecimiento.
–El festejo del título honorífico de sir otorgado al marido de una de las amigas de mi esposa – remató.
–¡Ah, sí!, el diplomático míster Gerard Atkinson, si no me equivoco – respondió su escucha.
–Bueno, de ahora en más habrá que llamarlo sir Gerard – apostilló Bond y completó:
–Excelente música, exquisitos bocados y tragos, y muy atildado servicio. Tiró la casa por la ventana, como se dice, tu vecino de Westminster; porque, por cierto, averigüé que ahora resides allí.
–Es verdad, me mudé hace ya algún tiempo al centro de la capital, desde que rompí mi compromiso con Margaret – interlineó.
El médico poco sabía con referencia a la prometida del investigador privado, salvo que poseía mucho dinero, al igual que él. Información aportada por su cónyuge. De momento prefirió no abordar ese tópico sentimental y efectuó otro comentario alusivo al anfitrión del evento social en el cual se reencontraron.
–En realidad yo conocía más a su padre. Un industrial de primera línea, pero sin galones aristocráticos. En cuanto atañe a su hijo, el hombre volvió a Inglaterra porque recibió dos noticias positivas juntas.– informó el cirujano.
–¿Cómo es eso? – se interesó el detective.
–No me hagas caso, sólo son chismes que me cuenta mi esposa. – contestó evasivo el doctor Thomas Bond, al percatarse de que podía incurrir en una indiscreción. No había por qué desprestigiar a la gente, únicamente en base a trascendidos. Su interlocutor le presionó para que lo pusiera al tanto de aquella hablilla. El facultativo parecía con ganas de charlar sobre banalidades en ese momento y, dejando de lado su inicial recato, finalmente soltó:
–Y es que después de residir por más de diez años en el extranjero, representando a la patria británica, no sólo con siguió de golpe y porrazo un título nobiliario, sino además heredó los bienes que dejó su padre.
Ante la expresión de extrañeza dibujada en el rostro de Arthur Legrand, creyó conveniente precisar:
–De acuerdo parece, el grandulón – lo adjetivó así en atención a sus casi dos metros y más de cien kilos de peso- es un sujeto en extremo ambicioso y quería muy poco al viejo Atkinson. Jugosa herencia obtuvo. Varias propiedades y gran cantidad de dinero contante y sonante. El fallecido era uno de los socios principales de Rhodes. Ya sabes que estamos en tiempos de auge capitalista…
Dejó la frase inconclusa porque debatir acerca del actual capitalismo y de uno de sus símbolos vivientes, cual devenía Cecil Rhodes, se le antojó tedioso. Tras un exiguo intervalo, añadió:
–Cambiando de cuestión, te vi muy bien acompañado. La señorita tiene veinte años menos que tú, por lo menos. ¿No es cierto?
Al interpelado ese último comentario no le causó gracia pero, sin delatar molestia, explicó:
–De hecho, fui a esa reunión de sociedad por intercesión de ella, dado que yo no conocía a sir Gerard. Los invitados eran sus padres de adopción, tu colega el doctor Doyle y su señora cónyuge. Pero a estos les surgió un inconveniente y no pudieron asistir. Su hija acudió en representación de ellos y me llevó en calidad de acompañante. Y respecto de su vínculo con aquella chica, trasluciendo un dejo de sorna, comentó:
–Bárbara es tan sólo una amiga, que me consuela por el abandono de mi prometida. Esa sí una mujer de edad más adecuada para mí.
Bond recordó a Margaret, la antigua no via de su amigo, una londinense cuarentona y soltera, con abundante capital, fruto de patrimonio familiar.
–Una dama distinguida y llena de dinero, que debió constituir una de tus iniciales conquistas cuando te mu daste por aquí – interlineó.
–Bien informado estás. Nuestra relación se agotó y la señora se fijó en un caballero más normal que yo– la voz de su amigo trasuntaba cierto desgano. Prosiguió explicando:
–Pero yo nunca codicié lo ajeno. No me quejo de la herencia recibida. Además, como bien destacas, llevo afincado en Gran Bretaña ya varios años y no me va tan mal con mi empresa de detectives. Pocos colaboradores, pero todos ellos de excelencia.
–Vamos, ¿no querrás hacerme creer que te ganas la vida con eso?
–Tienes razón mi estimado Thomas, me solvento, en el plano financiero, del producido de mis negocios. Pero investigar crímenes no representa un mero pasatiempo para mí, sino una gran pasión.
–Bueno. ¿Entonces me ayudarás a capturar a este asesino? – preguntó, bromeando, el doctor Bond. ¿O tal vez no bromeaba?, pensó su interlocutor, quien añadió:
–Creí que Scotland Yard se bastaba y sobraba para desenmascarar y aprehender a ese homicida. Tengo un dilecto amigo allí: el inspector Henry Moore.
–Sí, se trata de un detective sumamente capacitado. Me extrañó que no le hayan asignado la indagatoria de este caso criminal. Es decir, que no lo hubiesen designado para el comando de las pesquisas vinculadas al homicidio de Rainham – apuntó el galeno.
Al salir a luz un asunto más serio, Arthur creyó oportuno preguntar:
–¿De veras no te interrumpo compañero? Debes estar ahora en medio de arduo trabajo, preparando la autopsia.
–No aún. Si tienes estómago resistente te pediré que me acompañes hasta la sala de disección y te mostraré en qué me vengo ocupando.
–Me conociste en una guerra, entre sangre y vísceras. Los prusianos hicieron polvo a mi regimiento, ¿recuerdas? Fue en un hospital de campaña donde surgió nuestra amistad. Solo de milagro llegué vivo allí, con heridas leves en medio de tamaña carnicería. Vale significar, mi apreciado doctor, que nada de cuanto pueda haber dentro de esta morgue podría asustarme.
Tal vez Arthur Legrand no se acobardase, pero no podría impedir que otra emoción desagradable se incubara dentro suyo. No era una cuestión de valentía. El asco y el impulso de vomitar revolviéndose desde su estómago y agriándole la garganta hasta producir arcadas. El cirujano lo estudiaba de soslayo, con gesto condes cendiente. Le resultaba familiar esa reacción, muy natural y previsible, en personas no habituadas a contemplar la descomposición de los cadáveres. El campo de batalla y la inminencia de la muerte gravitando sobre los contendientes no se podía comparar con ello. Se trataba de espantos diversos, de dos facetas gemelas en un idéntico fenómeno funesto.
Sobre la mesilla metálica de disección reposaba ese torso con notorios signos de degradación. El alcohol etílico y las otras sustancias que lo impregnaban apenas disimulaban el olor hediondo. Mientras Arthur observaba aquel fragmento cadavéri co, el médico forense fue en busca de un paquete. Lo abrió y extra jo un brazo aserrado a la altura de la axila. Con cuidado lo aproximó, enfrentándolo al hueco derecho que exhibía el torso en el lugar donde este fuese arrancado. Casaban perfectamente. Dejó el amputado miembro a la vera del tronco, y se dirigió al detective.
–Este brazo fue hallado lejos de dónde se ubicó el torso y, como te acabo de mostrar, pertenece a la víctima.
–Misma víctima, mismo asesino.
–Exacto compadre– concedió el galeno y, con tono crítico, prosiguió:
–Pero hay algo aún peor. Se trata de un victimario antiguo que ha vuelto a atacar. Este crimen es una repetición, calcada en todos sus detalles, de otros dos homicidios que se perpetraron a las márgenes del Támesis más de una década atrás.
El investigador privado quitó la vista de esos desolados restos que lo hipnotizaban y miró al cirujano. Estaba azorado.
–Si lo que me dices sucedió más de una década atrás, yo no estaba en Inglaterra, y me perdí de conocer esa anécdota. ¡Cuéntame qué pasó!
Al doctor Thomas Bond le había correspondido actuar desde el principio en aquella sordidez. Haciendo gala de su extraordinaria memoria, se dio a la tarea de rememorar esos nefastos hechos ante su amigo. La historia que le narró se pareció a la siguiente: El 5 de septiembre de 1873, en las proximidades de la localidad de Battersea, una patrulla de la policía del río recogió fuera del agua un fragmento del tronco de una mujer. Poco más tarde, se fueron recolectando otras porciones de ese cadáver, a saber: el pecho derecho en Nine Elms, la cabeza en Limehouse, el antebrazo izquierdo en Battersea, la pelvis en Woolwich y así sucesivamente, hasta que se armó un cuerpo casi completo.
Al igual que ocurrió con el caso de Rainham más de una década después, al cabo de ese mes se reportó a diario en la prensa sobre los hallazgos de las partes de ese cuerpo que se iban recuperando. En el mes de junio del siguiente año de 1874 el organismo descuartizado de una fémina se extrajo de las aguas del Támesis, en la región de Putney. El rotativo News of the World del 14 de junio anunció que el cadáver carecía de cabeza y de extremidades, salvo una pierna y que el torso fue trasladado a la morgue de Fulham. En ese ámbito fúnebre, los médicos forenses manifestaron que el cuerpo había sido dividido por su columna vertebral y que se utilizó cal viva a fin de agilitar su descomposición antes de ser vertido en el río. A despecho de parecer que se trataba de un homicidio evidente, el jurado dictó un veredicto abierto. Tal cual se verificase en el episodio similar del año anterior, jamás se supo a quién pertenecían esos desechos humanos, ni se lograría capturar a sospechoso alguno.
Cuando el doctor Thomas Bond culminó su relación, su oyente había quedado fascinado al conocer la existencia de tan tétricos acontecimientos. Pero no se creía la hipótesis que manejaba su amigo. Aquel debía suministrarle más argumentos para convencerlo.
–¡Catorce años! Transcurrieron catorce largos años desde que tuvo efecto ese precursor crimen cometido en 1873. ¿Cómo podría tratarse ahora del mismo sujeto? – inquirió Arthur Legrand. Pero el experto tenía pronta su respuesta y con rotundidad afirmó:
–No me caben dudas. Además de que la víctima vuelve a ser una mujer, otra vez aparece el río como lugar del homicidio y de nuevo en su ribera es dónde se dispersan los trozos del cadáver. Todo huele a un enfermizo ritual. Se trata de la misma forma de matar, igual saña, idéntico deseo de escandalizar.
Tras su exposición, el médico forense se quedó pensativo. Como advirtió que su interlocutor no iría a formularle preguntas, completó su razonamiento:
–A pesar de que el culpable no quiere que se individualice a la difunta, el reparto de los restos, dejándolos abando nados en diferentes sitios, constituye una firme señal de que actúa poseído por un poderoso afán de sensacionalismo.
–O, simplemente, por el deseo de inspirar terror. Aunque entre este último crimen y sus lejanos antecedentes percibo una importante diferencia, no obstante. –adelantó el pesquisa.
–¿Cuál?
–La cabeza. Pese a que la desfiguró, el criminal de Battersea no escondió la testa de la mujer asesinada. Realmente el doctor Thomas Bond no había reparado en ello. No era va nidoso y nunca quiso atribuirse ese éxito, si así pudiera llamarse. No se le ocurrió suponer que aquel maníaco mutase su forma de asesinar debido al eximio trabajo que, con el destrozado rostro de aquella occisa, había llevado a cabo el entonces flamante cirujano de la Policía Metropolitana. Si algo quedaba claro era que no se quería que las extintas fuesen identificadas. Y la ausencia de la cabeza casi garantizaba el anonimato.
–Eso es cierto. –admitió el perito y añadió: –Pero tal vez él no imaginase que existiera la posibilidad de reconstruirla y que a partir de ese collage se pudiese llegar a determinar quién era la fallecida.
–Un collage que fue mérito tuyo armar, amigo.
Las palabras de su compañero lo sumergieron en el pasado. En rémoras que databan de catorce años atrás. Quedó en silencio, ensimismado mientras los recuerdos acudían a su mente. El doctor Thomas Bond, a la sazón flamante cirujano jefe de la Policía Metropolitana, se había entregado a un encomiable y lóbrego trabajo y fue reconstruyendo el trozado organismo sin vida, cosiendo una por una las piezas sueltas. Recomponer el rostro de la finada significó una proeza, pues la nariz y la barbilla estaban desolladas y a la testa le había sido arrancado el cuero cabelludo. La piel de la cara de la víctima fue equipada de la manera más natural posible en esas horribles circunstancias. A pesar de que este pionero intento de reconstrucción facial se llevó a cabo con sumo «ingenio y habilidad» –de acuerdo a manifestaciones de los periódicos– el cadáver solo podría ser reconocido por aquellos que estaban más «íntimamente familiarizados con las características físicas de la persona fallecida». Las autoridades rechazaron a muchos sujetos que se acercaron con el único fin de saciar su morbo de contem plar el cuerpo destrozado. Entre éstos estaban «los comerciantes de horrores» que trataron de obtener un esbozo de los restos. No obstante, la policía anglosajona obró con celo pro fesional, y únicamente a quienes se consideró con legítimas razones para ver esos fragmentos les fue exhibida una fotografía de los mismos. El facultativo recordó ahora el comentario que leyese acerca de aquellas terribles lesiones en la revista médica The Lancet: «Contrariamente a la opinión popular, el cuerpo no había sido troceado, pero era cierto que las articulaciones se han abierto con habilidad y los huesos resultaron perfec tamente desarticulados, incluso en las articulaciones complicadas del tobillo y el codo. A su vez, en la articulación de la cadera y del hombro los huesos fueron aserrados».
Dado que resultó patente que, atrás de esta monstruosidad, se ocultaba una mano criminal, un veredicto de ase sinato con premeditación contra alguna persona o personas desconocidas fue alcanzado por el jurado en la encuesta judicial. El gobierno ofreció una recompensa de doscientas libras y un perdón gratuito a favor de cualquier cómplice que denunciara al ejecutor. Pese a tal medida, nunca se supo la identidad de la víctima, no se practicaron arrestos y el asunto quedó a fojas cero para la historia oficial. Bond retornó al presente. Allí estaba en la morgue jun to a su amigo, quien aguardaba paciente a que él conti nuase con el diálogo y así lo hizo:
–De algo me sirvió mi experiencia de cirujano en los campos de batalla. Reparar destrozos faciales representó parte de mi trabajo, como sabes. En aquel hospital de campaña tu situación fue de las más leves; heridas insignificantes diría, en comparación con los patéticos cuadros que se presentaban a diario. Yo y los demás médicos nos extre mábamos para que un soldado regresara a su hogar lo más parecido posible a cómo se lo veía antes de ir a la guerra.
–Pero en esos casos se trataba de seres vivos, no de cadáveres. –apuntó atinadamente su interlocutor.
–Fue todo un desafío para mí trabajar sobre el rostro desfigurado de un cadáver, pero aun así lo hice. Quise que los parientes de aquella pobre mujer pudiesen saber que era ella. Tendrían un cuerpo al cual dar cristiana se pultura y a quien llorar. Aun cuando apenas se tratase de fragmentos valía la pena individualizar a la persona; al ser humano que una vez animó ese cuerpo despedazado. Arthur asintió. Compartía por entero tan noble actitud. Esa plática, que rato atrás comenzara con tenor mundano y trivial, había tomado intensa profundidad. Estaba viva mente interesado. Su inquisitiva mente de detective en cendida. Le preguntó:
–¿Se identificó a la víctima de 1873?
–Jamás se supo quién era. Tal vez mis esfuerzos fueron en vano. Nunca aparecieron familiares, no hubo un nom bre y un apellido, ni una historia vital detrás de esa cara desollada y de aquellos restos diseminados a lo largo del Támesis. – explicó el galeno; quien hizo un intervalo y, pensativo, agregó:
–Pero te doy razón en algo. Ya en el homicidio inferido el año siguiente se alteró el modo operativo. No más cabezas. Y lo mismo se repitió ahora con la víctima de Rainham.
–Verdaderamente pusiste en aprietos al Asesino del Támesis. – intercaló Legrand.
–El Asesino del Támesis. Curioso mote ese. Yo le añadiría un detalle más para mejorar ese alias. Le pondría el Asesino del Torso de Támesis. – y tras efectuar una concisa pausa, argumentó:
–El hallazgo del torso humano es la porción anatómica que más impacta a la gente, y mayor sensacionalismo genera en los reporteros. No olvidaré referirme a este delincuente frente a mis colegas usando ese apelativo. Aquel comentario sirvió para distender una conversa ción que se había puesto demasiado sombría. Provocó una risita en su oyente el cual, cordialmente, mientras extraía su fino reloj de bolsillo y miraba la hora –pues era tiempo ya de dejar solo con su labor al cirujano – le dijo:
–Ja, ja, te sugiero que patentes ese alias tan siniestro y pintoresco. No sea cosa que los periodistas se anticipen y te plagien la idea.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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