Un caballero perfecto

 
Todos en el pueblo consideraban a Bela Kiss un perfecto caballero. Vestido de traje, corbata de moño y sombrero salía temprano de su lujosa residencia, abriendo el portón de hierro sobre cuyos dinteles de piedra se posaban sus halcones de caza.Cada mañana se dirigía a su próspera empresa metalúrgica para trabajar con ahínco. No era oriundo de ese lugar, pero en poco tiempo se había ganado el respeto de los locales por su carácter atento y servicial.
Al afincarse Bela Kiss llevó consigo a su flamante esposa María, varios años menor que él. En la señorial casa que arrendó empleó a dos criados que trabajaban durante el día, y pernoctaban en sus propios domicilios a pedido de su patrono.
El comerciante solía pasar hasta muy tarde fuera de su hogar enfrascado en sus negocios, ausencias que eran aprovechadas por María quien recibía las visitas y atenciones de un apuesto artista itinerante de nombre Paul Bihari.
Tanto los servidores como los vecinos detectaron la infidelidad -la muchacha era muy descuidada y dejaba las ventanas abiertas cuando tenía sexo con su amante- y compadecidos de la situación pensaron en poner al tanto al pobre esposo.
Un grupo de notables del pueblo se apersonó en la mansión para comunicarle la triste noticia al marido engañado. Para su sorpresa, aquél los atendió con semblante sombrío. Invitó a los visitantes a sentarse en la sala de estar y les leyó una carta que su mujer le habría dejado. En ella la infiel cónyuge manifestaba su intención de abandonarlo para siempre, y le pedía que no fuera a buscarla.
Tras la lectura, el anfitrión se derrumbó y prorrumpió en un llanto que dejó turbados a los visitantes, los cuales se pusieron a la tarea de darle ánimo.
Bela Kiss pareció reponerse pronto de su desgracia. Contrató a una viuda de apellido Kalman como ama de llaves en sustitución de los anteriores criados. Con el dinero acumulado fabricó unos depósitos cilíndricos de gran porte que guardaba en su sótano. También comenzó a recibir visitas de jóvenes mujeres, en su mayoría atractivas. Las chicas pasaban la tarde recorriendo los jardines en compañía del maduro y caballeroso galán, quien luego les mostraba las restantes habitaciones y dependencias de la finca. En el momento oportuno, el ama de llaves les servía el té, tras lo cual su patrono le solicitaba que se retirase y volviera días más tarde.
Para desconsuelo de la viuda -quien deseaba sinceramente que su amable empleador consiguiera al fin una nueva esposa- al retornar comprobaba que ninguna de aquellas féminas se había quedado a vivir con él.
Estaba cercana la Primera Guerra Mundial, y el Condestable de Czinkota -cargo equivalente al de un Alcalde- se apersonó un día hasta el domicilio de Bela con quien había trabado amistad. Al aproximarse la inminente conflagración iban a ser necesarias ingentes cantidades de gasolina, y se rumoreaba que el hojalatero acumulaba mucho de aquel combustible en unos barriles ocultos en su sótano.
Con generosidad su amigo ofreció entregarle esos bidones con su valioso líquido para ser utilizados en beneficio de los habitantes cuando las circunstancias así lo exigieran. Acto seguido, destapó uno de los recipientes, y el jerarca pudo observar que rebozaba de gasolina. Antes de marcharse el Condestable agradeció efusivamente el gesto altruista y el sentido de previsión del cual Kiss hiciera gala.
Mientras el perfecto caballero proseguía con sus románticas citas, en los periódicos de Budapest se daba cuenta de la extraña desaparición de una serie de mujeres. La policía sospechó de un tal Hoffman aunque no pudieron echarle el guante.
Al estallar la guerra fueron mermando los viajes que el comerciante emprendía a la capital y las visitas femeninas que recibía. Promediando el año 1916, agotado ya el cupo para la conscripción de los ciudadanos más jóvenes, el ejército húngaro se vio forzado a enrolar a los más maduros y convocó a Kiss para alistarse. El hojalatero trató de eludir la leva pretextando que sufría del corazón, pero una revisión médica comprobó que mentía y lo reclutaron.
A los pocos meses al poblado llegó la infausta noticia de que quien consideraban un caballero perfecto, uno de sus más queridos y prominentes habitantes, había perecido en el campo de batalla. El Condestable recordó la promesa de su amigo sobre poder disponer de la gasolina que éste guardaba en su casa. La situación era crítica y no había tiempo que perder.
El principal del pueblo fue hacia la finca del presunto occiso, acompañado por unos soldados, y solicitó al ama de llaves que les permitiese ingresar. Los toneles pesaban tanto que fue precisa la fuerza de dos milicianos para cargar a uno sólo de ellos. El jerarca local buscó una herramienta e hizo palanca para abrir la hermética tapa. Miró hacia dentro y le resultó evidente que no contenía líquido alguno.
¿Porqué estaba tan pesado el tonel entonces? Observó con mayor detenimiento auxiliándose con la lumbre de una linterna.
Entonces, mientras luchaba por controlar a su revuelto estómago, lo supo. Estaba viendo el desnudo cuerpo de una mujer relativamente bien conservado en alcohol. En torno al cuello aún portaba la bufanda con la cual la habían estrangulado.
Los militares repitieron la operación de acarrear y destapar aquellos recipientes. De los seis toneles estantes únicamente uno contenía gasolina. Otros seis cadáveres en similar estado fueron extraídos de los respectivos barriles.
Una vez que se dio parte a la policía de Budapest surgió que el supuesto Hoffman no era otro sino Bela Kiss, el cual se valía de dicho seudónimo. Se supo que el sujeto contactaba a las féminas a través a anuncios matrimoniales de los periódicos y que diecinueve de aquellas respondieron sus mensajes. Después de averiguar la situación económica y familiar de éstas el seductor elegía a las presas más fáciles: aquellas que carecían de familiares o que él calculaba no serían echadas de menos.
Aparte de los cuerpos hallados dentro de los bidones fueron localizados en el mismo recinto los cadáveres de María y su amante. Los restos de otras seducidas aparecieron flotando en alcohol en sendos barriles ocultos en un almacén que el victimario arrendaba en un pueblo cercano a Czinkota.
Durante ese período el verdugo de los toneles fue el prófugo más buscado por la policía, pues no se confiaba en el reporte de que había fallecido. La búsqueda pareció concluir cuando desde el frente de combate se dio aviso de que el individuo efectivamente estaba muerto. Tiempo más tarde surgirían serias dudas porque el cuerpo que se creía era de Kiss pertenecía a un juvenil soldado de apenas veinte años, mientras que el matador rondaba los cincuenta. Se había tratado de un caso de usurpación de identidades. El criminal continuaba desaparecido.
Variados rumores llegaron pretendiendo develar el escondite del tránsfuga. El dato más firme provino de la Legión Extranjera francesa donde un legionario aportó las señas de un compañero que había alardeado de haber hecho fortuna seduciendo y asesinando a mujeres ricas. Los rasgos coincidían, pero cuando la policía llegó para aprehenderlo el sospechoso ya había puesto pies en polvorosa.
También se alegó con insistencia que había escapado rumbo a Sudamérica donde su tono de piel moreno le permitía hacerse pasar por un oriundo. Pero lo cierto es que jamás se supo nada más de él, y tan sólo quedó tras de sí el recuerdo de una leyenda que parece increíble.
Bela Kiss fue un asesino que empezó su letal carrera pasados sus cuarenta años. Esa representó otra de sus rarezas, pues muy pocos casos se conocen en que un victimario secuencial no consumase su primer crimen a una edad más temprana.
¿Se trató de un marido engañado al cual la infidelidad y el amor frustrado transformaron en un perverso homicida en serie?
O, por el contrario: ¿El engaño de su cónyuge nada más fue un suceso aislado que para nada incidió en sus asesinatos?
Carecemos de información acerca de su vida anterior antes de arribar al pueblo que fuera escenario de sus inauditas fechorías.
El misterio en torno a su casi mítica figura lo invade todo.
Créditos: Gabriel Antonio Pombo.


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