Plenilunio

Juan entró al bar y la vio sentada bebiendo un martini, mientras ocupaba solitaria la mesita más alejada de la barra, tal cual habían previsto. Lydia era una morocha hermosa que vestía muy elegante, toda de negro, como habían acordado para no equivocarse de persona, en su primera cita a ciegas. Se sentó junto a ella y comenzaron a dialogar, martini tras martini. 
No cabía dudar que era culta por los temas de los cuales insistía en hablar, pero tras el cuarto martini Juan empezó a hartarse. No se notaba ninguna señal de atracción de ella hacia él. No iría a llevársela a su apartamento esa noche de luna llena. Pura pérdida de tiempo. Las citas a ciegas por algo son a ciegas, se dijo. Miró por la ventana del bar y vio aquella espléndida luna asomando entre las nubes del anochecer.
 Entonces se le antojó hacer esa broma, que tal vez no cayera tan mal pues él sabía decir sus embustes con tono muy serio y concentrado. 
— Ves la luna.— le señaló con su índice 
— ¿Sabes qué me ocurre cuando una luna tan llena como esa llega a su cenit? 
— ¿Qué le ocurre a la luna o a ti, Juan? 
— A mí. Me convierto en un lobo.—
 Al percibir una expresión de asombro en ella, prosiguió: 
— No me has entendido, yo soy un licántropo, puedo controlar el proceso de transformación y no hago daño a nadie si no quiero, pero me nacen cerdas en la piel, me crecen colmillos, los ojos se me ponen amarillos relucientes... 
La indiferencia que había mostrado Lydia durante todo el encuentro se esfumó de súbito. 
— ¿Podría yo ver ese fenómeno? Me encanta lo sobrenatural. He visto sucesos paranormales, pero ninguno como ese. ¿Seguro que puedes dominarte, que no me harás nada malo si estoy contigo cuando acontece la transformación? 
— Lo controlo a la perfección, en realidad nunca pierdo la consciencia, es un don que desde niño descubrí que tengo. Antes me aterrorizaba, pero ahora casi deseo que me ocurra.
 Los bellos ojos de Lydia estaban abiertos de par en par, sus largas pestañas se agitaron. 
— ¿Cuándo podría verlo, querido Juan? 
— En mi apartamento, más avanzada la noche seguramente. 
En ese momento un relámpago se reflejó en la ventana del bar, se avecinaba una tormenta. 
— Me interesan enormemente este tipo de cosas.— dijo Lydia entusiasmada, al tiempo que le agarraba una mano con una pasión que no había mostrado en absoluto hasta entonces. 
— Sería pedirte mucho que me lo enseñaras. 
Juan se sorprendió ante ese arranque femenino pero pensó que, aunque había simulado indiferencia, la mujer lo deseaba, y tenía tantas ganas como él de darse un buen revolcón. Claro que sabía que lo del hombre lobo era una broma. Pero al seguirle la corriente salvaba su honor por aceptar ir al apartamento de un desconocido ya en la primera cita. 
Al rato estuvieron en la guarida de soltero de Juan. El anfitrión puso música suave en su estéreo, y se sentó a su lado en el sofá. Al apretarse contra la joven percibió un claro respingo de rechazo en el cuerpo de ella, cuando se produjo el contacto. Volvía a estar fría y distante, pero toleró sus caricias con aire ausente. Al cabo de unos instantes, la mujer se apartó. 
— Prometiste que me enseñarías... 
Juan empezó a reír pese a su fastidio. 
— Lydia, cariño, para ser una chica tan sofisticada eres increíblemente crédula. ¿No puedes reconocer una broma cuando te la gastan? 
Ella se echó atrás bruscamente. 
— Tenía que haber sabido que estabas mintiendo. Habría jurado que eras un licántropo, pero... confié en ti. Y he venido aquí a ver..., a ver... 
En el rabillo de uno de sus ojos brilló una lágrima. Tenía la mirada de desilusión de una doncella engañada. Juan casi no podía esconder ya su malhumor. La noche soñada se estaba convirtiendo en un fiasco. No se acostaría con ella después de todo. Pero decidió hacer un último intento para seducirla. Tomó entre las suyas las manitas de la atractiva morocha. 
— Lydia, encanto, ¡Lo hice porque te quiero muchísimo! Estoy enamorado de ti. Desde que te vi sentada en el bar, y supe que iría a concretarse nuestra cita a ciegas, quedé impactado por tu belleza y tu personalidad.— Las palabras casi se le atragantaban por el esfuerzo que le costaba pronunciarlas, pero consiguió darles un tinte de sinceridad. 
— ¿Entonces no eres un hombre lobo? ¿Fue todo un engaño para que me entraran ganas de venir contigo a tu apartamento? 
— Claro que no soy un licántropo, soy el más vulgar de los mortales.— repuso él, con apenas contenida exasperación. — En lo que no te miento es al confesar que estoy perdidamente enamorado de ti. Te deseaba tan violentamente que tenía que decirte cualquier cosa para lograr traerte aquí, para poder estar a solas contigo un rato. ¿Lo entiendes? Pero no voy a insistir ni forzarte a nada, puedo llevarte ahora a tu casa, si así lo quieres. 
Los ojos de ella lo taladraron. 
— Por supuesto que lo sé.— le dijo de repente, aproximándose a él. Parecía excitada, y sorprendido Juan creyó que, al fin y al cabo, sí iba a tener éxito. Los brazos de Lydia lo rodearon y ambos quedaron frente a frente. Mirándole a los ojos, asertivamente, la chica preguntó: 
— ¿De verdad no eres un hombre lobo? — Sus labios carnosos y sensuales estaban a centímetros, y el triunfo parecía inminente. Sonriendo, él sacudió la cabeza. 
— Era solo un juego, un juego al que los hombres jugamos a veces. No, confieso que no soy un hombre lobo, cariño. Espero no haberte desilusionado demasia… 
Juan nunca llegó a terminar la frase. Sintió abruptamente el latigazo cálido de unos colmillos agudos que se le clavaban en la carne de la garganta y los apasionados brazos de Lydia sujetándolo con firmeza mientras saciaba en él su temible, furiosa sed de sangre. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión