Pesadillas de muerte

 
La joven Silvia viajaba hacia la casa de campo de su ama, donde se encargaría de realizar las labores domésticas. El calor del atardecer le causó sed y el viejo cochero, adivinando su necesidad, le alargó la cantimplora. Ella la cogió y bebió el líquido fresco. 
Al rato se quedó dormida y tuvo un sueño muy extraño: ahora el carruaje era mucho más elegante y los vulgares caballos habían sido reemplazados por hermosos corceles blancos. El chofer a su lado mantenía firmes las riendas, pero ya no era humano. Aunque vestía pulcramente, con smoking negro, guantes claros y fina galera, su rostro convertido en una calavera personificaba a la muerte. 
Se despertó sobresaltada. Al mirar a su costado vio al viejo cochero, que vestido con ropa común y expresión aburrida seguía conduciendo a los equinos, que ya no eran blancos. Silvia suspiró aliviada. Sólo había sido una pesadilla. Ya estaban llegando a la casa de campo. No bien descendió fue recibida por un grupo de sujetos que se hacían pasar por sirvientes. 
A los pocos minutos la droga mezclada con el agua hizo efecto, y cayó desmayada. Cuando recobró la conciencia estaba aferrada. Unas manos le liaron sus muñecas a la espalda. Otras capturaron sus tobillos y la levantaron en vilo. Rumbo a aquel túmulo cubierto con un paño rojo. Presidido por la escultura de una cabra repugnante, y una cruz invertida tallada en ébano. 
La víctima gritó y gritó. Luego únicamente pudo emitir sollozos ahogados por la mordaza. Como no se quedaba quieta y, a despecho de los amarres, se revolvía espasmódica sobre la tosca mesa donde la acostaron, procedieron a inmovilizarla totalmente. La ataron tanto que sólo podía alzar su cabeza, torciendo hacia arriba el cuello, que le dejaron sin apoyo. Decenas de velas fulgurantes daban a ese lugar el aspecto de un recinto infernal. Había también una mujer entre aquellos dementes. Portaba en sus manos un amplio cuenco dorado. Se agachó a su vera y dejó en el suelo ese recipiente, centímetros debajo de su cuello colgante. Miró de soslayo y creyó reconocerla. 
—¡No es posible! Era su ama.—
 Sin dudas se trataba de su patrona, pese a lo tan cambiada que estaba. Ahora tenía dos diabólicos cuernos adosados a las sienes, encima de su larga cabellera azabache. También negro era el vestido que le ceñía los senos, sobre cuyo nacimiento reposaba un adorno de metal con forma de cruz maligna. Acto seguido, uno de los captores se ubicó detrás de la joven amarrada. La jaló por los cabellos de su nuca obligando a erguir la cabeza y le ajustó la mordaza. Desde esa posición la prisionera no podía dejar de ver a quien, sin duda, era el jefe de todos. A aquel gigante enfundado en una oscura capa azulada y bajo cuya cogulla exhibía la máscara con semblante de pájaro diabólico. Lo oyó canturrear en una lengua exótica. La pérfida dama de pupilas color esmeralda que la había traicionado también profería sonidos broncos, que retumbaban ensordecedores.
 Un intenso mareo fue apoderándose de su conciencia. El griterío cesó. El ave rapaz enorme se le aproximaba. Sostenía un puñal reluciente, de tan afilado. Ella apretó los ojos con todas sus fuerzas. 
—Es sólo un mal sueño, otra pesadilla como la que tuve cuando creí que el cochero se había convertido en la muerte. No puede ser verdad.—- se dijo. 
Tal vez se habría quedado dormida por segunda vez dentro del carruaje durante el prolongado trayecto. Sí, eso tenía que ser, otra pesadilla. Un esfuerzo de voluntad y lograría al fin despertarse. Abrió los párpados. Pero no; no se hallaba en el interior de aquel vehículo. El ave rapaz enorme continuaba allí y blandía el mismo cuchillo. A su vez su artera empleadora se había aproximado y colocó una de las velas blancas encendidas sobre un tosco túmulo puesto a los pies de la mesa de sacrificio. 
Aterrorizada, a través de ardiente lumbre, observó el rostro de la malvada que, tal vez por efecto de la droga ingerida, le parecía que de pronto había comenzado a transformarse. Lo que ahora veía ya no era la faz de aquella crápula, no eran esas facciones delicadas, casi pálidas, ni esos hermosos ojos color esmeralda. Estoy drogada, pensó. No fue solo agua lo que el cochero le dio a beber, seguramente fue un narcótico muy potente bajo cuya influencia ella aún seguía, y la trastornaba más y más. 
—¡No! no podía ser cierto lo que sus ojos se empeñaban en mostrarle.— 
Las bellas pupilas verdes se ennegrecían y titilaban feroces hasta tornarse de un tono rubí sangriento. También de rojo sangre era la capucha bajo la cual sobresalían los negros cabellos cayendo sobre la lívida frente. Y al mirar hacia abajo de esa frente le esperaba lo peor: la nariz, la grácil nariz de aristócrata de su patrona ya no estaba allí. En su lugar había un agujero. El asqueroso hueco de una calavera. Tampoco estaban ya sus pómulos ni sus tersas mejillas, no existía carne, sólo el hueso. El rostro monstruoso se acercaba más y más por detrás de la flama de esa vela. También había cráneos blancuzcos que flotaban por delante y detrás de la toga oscura. 
Todo daba vueltas y vueltas enloquecedoras. Ahora volvía a oír el cántico retumbante. Estaba inerme, amarrada a merced de las calaveras, de la mujer horrible de la túnica y la cogulla sombrías, del pájaro demoníaco con el afilado cuchillo de sacrificio en su mano. El acero cortante del arma bajó implacable, rasgando su cuello y mutilando la garganta. La sangre manó a borbotones. Luego de unos instantes el flujo mermó, anegando y enrojeciendo aún más el paño color escarlata que resguardaba la mesa destinada a la inmolación, era el final. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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