La venganza del verdugo
Juliette Bompard fue condenada a muerte en París en el mes de diciembre de 1890, y la apelación presentada por su abogado retardó su ejecución hasta el 3 de noviembre de 1891; carentes de asistencia legal, sus tres cómplices masculinos ya habían muerto guillotinados en febrero de aquel año.
El verdugo Louis Deibler se valió de sus influencias en la justicia gala. Logró que el acto se efectuara en el patio de la prisión, sin mediar concurrencia. Nada más estaban presentes su asistente, el capellán de la cárcel, y una bandada de cuervos que revoloteaban bajo el plomizo cielo. Las aves habían olido la fetidez que emanaba de la mísera carne adherida a los cráneos yacentes en el cajón al pie de la guillotina, adonde también iría a parar la cabeza de Juliette. Ningún familiar reclamó los cuerpos de aquellos bribones y, gracias a sus amistades de la morgue, Deibler se hizo con las desolladas testas, que arrojó en el cubículo. El ajusticiador colocó con parsimonia el cepo de madera en torno al cuello de la rea. No tenía prisa en jalar de la manivela que haría caer la filosa hoja de hierro.
La mujer, acostada con las muñecas esposadas a su espalda y atrapada desde el cuello, reconoció la descarnada cabeza del joven que en vida fuera su amante. Su extraordinaria templanza se desmoronó y gritó, presa de terror y desesperación. Entre tanto, el ejecutor seguía demorando la letal faena; paladeaba su venganza. Tan solo cuando percibió el espanto del cura confesor, su mirada implorándole que terminase de una vez, se ciñó los guantes de cuero y tiró de la palanca. La hoja metálica descendió cual un rayo mutilando la garganta de la que brotó un chorro de sangre, al tiempo que la cabeza de la condenada rodaba dentro de la caja.
Pero antes de llegar a tan triste final la joven Juliette supo ser la respetable esposa de Lucien Cuchet, uno de los más prestigiosos cocineros, y el dueño del restaurante parisino Saint Germain. Mademe Cuchet (de soltera Bompard) no cocinaba tan bien como su cónyuge, pero había ascendido rápidamente en la escala social tras su enlace con aquel comerciante treinta años mayor. Los diez mil quinientos francos que el hombre guardaba en su caja de caudales, sumado al hartazgo matrimonial, engendró en la muchacha el deseo de hacerlo desaparecer. Aparte, librarse del marido tendría como ventaja que ya no debería esconder su romance con el apuesto Jacques Mornois, el joven ayudante de cocina.
Cuando Juliette propuso el proyecto criminal a su amante este vaciló, y únicamente se avino a participar si era auxiliado por sus primos, un par de delincuentes de pacotilla. Finalmente la esposa se las arregló para que el marido invitase a cenar a su asistente. Avanzada la cena, la droga mezclada en el vino del anfitrión provocó su desmayo, y al volver en sí descubrió que no podía moverse de tan fuerte que la infiel lo había amarrado a la silla. Acto seguido, desde una ventana lanzaron las llaves a fin de que los primos de Jacques ingresaran por la puerta trasera.
En las horas posteriores, bajo la guía y conducción de la mujer, el cuarteto sometió al cautivo a sádicas torturas, incluido el uso de alicates con los que le arrancaron las uñas de las manos y los pies. También le infirieron tajos en brazos y piernas, y le apretaron los genitales con una prensa, haciendo caso omiso a los aullidos de dolor y a los ruegos de clemencia del atormentado. Tanta era la agonía que Juliette quería que Lucien sufriera antes de expirar que se enfadó cuando Jacques lo degolló, pues no le dio tiempo a infligir toda la gama de suplicios que pergeñaba aplicarle.
A continuación, con una sierra y afiladas cuchillas desmembraron al occiso, cuyos restos terminarían siendo cocinados por la flamante viuda, quien la jornada entrante se los serviría como plato del día a los clientes del restaurante.
Al poco tiempo quedaría al descubierto el cruel asesinato del cocinero. Dado que la cabeza de la víctima carecía de utilidad culinaria, los primos de Mornois la habían botado en el agua del río Sena, pero tuvieron la mala suerte de que la marea la devolvió a la orilla donde quedó atrapada en las redes de unos pescadores. Pronto se supo que pertenecía al desgraciado Lucien Cuchet. Capturar a los asesinos no representó tarea difícil. Los dos esbirros hablaron de más, y fueron delatados. En medio de un riguroso interrogatorio se derrumbaron, confesando su letal intervención. Acusaron a Juliette y a Jacques de planear el crimen, y de haber sometido a tormento, matado y descuartizado al infortunado difunto.Previo a este desenlace, la mañana siguiente al crimen, la chica había abierto el local. Advirtió a los comensales que el marido se hallaba ausente, y que los platos en esa ocasión serían obra suya. Un fino corte de cerdo asado sazonado con miel y arándanos constituía el menú principal. Así se lo informó, entre otros, a un caballero habitué del Saint Germain, quien además era amigo íntimo del dueño; y que fungía como verdugo oficial de Francia, Monsieur Louis Deibler.
El distinguido visitante dudó que la comida fuese de buena calidad, al no estar preparada por su apreciado Lucien; sabía que Juliette era una cocinera mediocre. Sin embargo, tras la ingesta no pudo sino admitir que aquel «cerdo asado» estaba exquisito, la carne más sabrosa que había probado en mucho tiempo. Saciado, y de excelente humor, dejó sobre la mesa una generosa propina al retirarse.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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