La carta más cruel

El cartero golpeó la puerta de la precaria morada y Delia Budd corrió a abrir. Aguardaba con ansiedad que fuese un agente policial quien acudiese a su hogar. Al igual que su esposo y su hijo mayor Delia llevaba varios días insomne. Anhelaba recibir la noticia de que por fin encontraron sana y salva a su desaparecida niña. 
Cuando miró el remitente de la carta su corazón empezó a latir con desenfreno. Había reconocido el nombre del emisor: Frank Howard. Recorrida por un escalofrío y con manos temblorosas, desgarró el sobre y extrajo el papel barato en donde venía escrito el comunicado. Al terminar de leer palideció y la carta resbaló de sus dedos. La señora intentó gritar pero ahogada por la angustia no pudo emitir sonido alguno. 
Al instante, cayó desmayada con los ojos en blanco. 
Aquella terrible misiva finalizaba narrando: “…La fiesta infantil era un pretexto, conduje a su hija Grace a una casa abandonada donde la estrangulé, la corté en pedazos y comí parte de su carne. No tuve sexo con ella. Murió siendo virgen”.
 La tragedia había tenido su inicio una semana atrás. El 3 de junio de 1928 la humilde familia Budd creyó recibir una buena noticia. Necesitados de dinero habían puesto un aviso en el periódico solicitando un empleo para Edward, el primogénito de sus dos vástagos; y aquel día un individuo de edad avanzada y aspecto respetable, que decía llamarse Frank Howard, llamó a la puerta de su vivienda con un ejemplar en la mano. Explicó que tenía una granja en las afueras de Long Island y que, si al joven no le molestaba vivir al aire libre en el campo, estaba dispuesto a darle una oportunidad. 
Puede que fuera por la gratitud que sintieron, o quizás confiaron demasiado en aquel hombre bajito de cabellos grises. Fuese cual fuese la razón, Albert y Delia Budd aceptaron que ese extraño llevara a su hija Grace a la fiesta infantil que casualmente la hermana de éste iba a brindar aquella misma tarde. Naturalmente, no había ninguna fiesta. La nena fue dirigida a una finca deshabitada donde Albert Fish -el impostor que se hacía llamar Frank Howard- la asesinó. 
A la semana siguiente los Budd recibieron la cruel misiva que casi mata de un infarto a la desdichada madre. Allí, además de detallar cómo ejecutó a la niña, “Howard” confesaba haberlos engañado, y ser un caníbal. Paradojalmente, aquella carta sellaría el destino del criminal. Una dirección semi borrada en el dorso del sobre permitió a la policía seguir la pista de Albert Fish, de 66 años, hasta una mísera pensión de Nueva York, donde fue arrestado. El detenido aseguró que torturaba y mataba niños por órdenes directas de Dios, cuya voz oía con frecuencia.
En cuanto al asesinato de Grace y la posterior canibalización de su carne, afirmó que tales actos le producían un éxtasis sexual tan delicioso que se veía impelido a repetirlos, sin mirar los riesgos. El homicida no sólo disfrutaba causando dolor, sino que gozaba dañándose a sí mismo. Varios testigos contaron que azotaba su cuerpo desnudo con tablones claveteados hasta que le brotaba sangre, al tiempo que exclamaba “Soy Jesucristo”. Su defensa legal alegó que era inimputable por demencia, pero sus aberrantes delitos contra la infancia repugnaron tanto al jurado que se le impuso la pena capital. 
Nunca tendremos dimensión del placer que el desalmado Albert Fish sacó de su propia ejecución. Lo que sí sabemos es que en la ventosa mañana del 16 de enero de 1936 la perspectiva de ser ejecutado parecía alegrarle bastante: incluso ayudó a ajustar las correas con que lo ataron a la silla eléctrica. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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