Justicia brutal
En tiempos pretéritos los gobiernos se arrogaban el derecho de ejecutar a determinados reos mediante unos métodos tan brutales, que serían impensables para nuestros estándares actuales, pues la muerte de los imputados iba precedida de salvajismo y tortura.
Así por ejemplo, en 1680 un grupo de brujas y brujos fueron sorprendidos por las tropas del rey inglés Carlos II en plena faena, sacrificando niños durante un aquelarre. Los arrestados sufrirían un destino macabro. La inquisición británica (Santo Oficio) los juzgó, con gran premura, en el lugar donde se produjo su detención; y en ese claro boscoso, a la lumbre de la luna llena, fueron colgados desde las ramas de los árboles.
La antigua legislación británica equiparaba los crímenes demoníacos a los actos de alta traición, por lo que los satánicos capturados fueron izados en vilo y sostenidos por las piernas; evitando que las sogas anudadas a sus cuellos les desnucasen.
En esa posición se les sometió a padecer un lento descuartizamiento en vida, que los verdugos practicaron valiéndose de sierras y hachas. Sólo una vez infligidas las mutilaciones, se soltó y dejó caer a los cuerpos de los sirvientes de Satán, para que la ley de gravedad hiciera su obra -piadosa, dadas las horribles circunstancias- y los condenados fallecieran ahorcados.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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