Invitación fatal


El caballero victoriano dio orden a su cochero para detener el carruaje. Había advertido algo interesante: dos jóvenes parloteando en esa oscura esquina, bajo el tenue resplandor de una farola a gas. Desde la ventanilla apenas descorrida de su vehículo, y a pesar de la distancia que separaba al observador de la pareja de mujeres, se revelaba una esencial diferencia entre ambas.

Estaba claro que se trataba de dos trabajadoras sexuales. Sin embargo, mientras la más corpulenta era decididamente fea, iba mal vestida, y su pelo marrón parecía llevar varios días sin lavar, la otra chica era alta, delgada, de cabellos negros, y sumamente vistosa. Casi lucía distinguida con su delicado vestido color gris perla haciendo juego con sus zapatos también claros. Su atractivo desentonaba en ese mugroso villorrio, y de aquel dúo era la que estaba más notoriamente borracha. Constituía, por lo mismo, una presa fácil.
El pasajero hizo una señal a su chofer para que se mantuviera alerta. No bien las meretrices se separasen debía perseguir a la más alta y bonita. Así sucedió. Una vez que esta quedó sola, y cuando se aprestaba a cruzar la esquina, el rodado interceptó a la ebria tambaleante. Desde la calle podía divisarse, sentado dentro de la cabina del carruaje, al hombre de treinta y cinco años, cabello renegrido, sombrero hongo y corto bigotillo. Enjuto pero fuerte.
Las ruedas crujieron sobre el empedrado, a raíz de la imperiosa frenada a la vera de la caminante. Los equinos relincharon. El inesperado ruido la sobresaltó. Al levantar su cabeza, que llevaba gacha, miró hacia esa dirección percatándose de aquel sujeto atildado y sonriente que le hablaba desde su trono.
—Hola querida. ¿Damos un paseo?— le propuso.
La joven se sorprendió. Ese tipo parecía ser un caballero, pero era extraño que por esos andurriales apareciera uno de ellos realmente. Aun cuando sabía que, cada tanto, señoritos adinerados se escapaban de sus hogares burgueses del Oeste de Londres, y acudían a ese barrio modesto en pos de diversión, no era frecuente que abordasen a una ramera pobre, por muy atractiva que fuera. Debido a tal rareza, más que por genuina desconfianza, fue que la interpelada contestó:
—Yo no me subo a tu carro. Si quieres tener algo conmigo, baja y ven a buscarlo.
Su tono vocal pastoso, a consecuencia de la ingesta de alcohol, trasuntaba un dejo de sorna. Sin embargo, bastaría muy escaso esfuerzo para persuadirla. Solo algo de insistencia y habilidad.
El oferente ni siquiera necesitó descender de su transporte. Tenían prevista una eventual resistencia fingida.
Fue el barbado cochero quien se apeó, y le cerró el paso a la requerida. No fue grosero. Llevó una mano a su sombrero sin quitárselo, haciéndole una rápida reverencia, y empezó a conversar. Usó el lenguaje propio de un obrero, al cual aquella estaba habituada. Le dijo cosas tranquilizantes: Su patrón era un hombre normal y saludable deseoso de compañía. Venía escapado de su copetuda esposa, le confió. No quiere tener problemas, ni te los va a traer a ti. Nada de gustos pervertidos ni de extravagancias. Únicamente busca un alivio fácil y te ofrece una generosa retribución a cambio.
Llegado a ese punto extrajo ocho peniques, al tiempo de que le prometió entregarle un monto igual al finalizar el trabajo sexual. Ella recogió el dinero sin chistar. Ya no dormiría a la intemperie en lo que restaba de aquella madrugada. El chofer prosiguió con su explicación: su empleador resultaba un poco tímido, aclaró. Ya sabes cómo son estos señorones. Además, no debería hacerlo en un mísero callejón. Se la trataría cual si fuese una dama. Primero darían un paseo saliendo del Este de Londres hasta arribar a un hostal limpio y confortable. Una vez concluida su labor, se la traería de vuelta al distrito, donde ella quisiera.
Y, tras un corto intervalo, a manera de argumento final que se le hubiese ocurrido de repente, comentó:
—En el carro hay bombones y licor fino para que disfrutes por el camino. Nada de ginebra barata.
Seguidamente, para ganar su confianza, el sujeto le alargó una petaca llena hasta la mitad con whisky. La beoda no se hizo rogar. Aceptó ese convite llevando a sus labios el extremo destapado del recipiente y, dando un profundo sorbo, empinó de un solo trago todo el espirituoso contenido.
—Cómo se llama el tipo?— inquirió.
—James Smith.— repuso el cochero.
La buscona rio por lo bajo.
—Nombre y apellido demasiado corrientes para tratarse de un ricachón, ja, ja. Ya sé que me estás mintiendo, pero igual no me importa.
La muchacha ya no recelaba. Fue junto al otro caminando rumbo al carruaje. Posó su pie en el pescante y, ayudada por aquel mozo, tomó impulso saltando dentro de la cajuela. Allí su cliente la aguardaba. Este bajó la cortinilla y, con un ademán galante, le indicó que se acomodase a su lado. En una de sus manos asía una copa rebosante de licor y se la ofreció. 
La mujer se sentó sin saludar. Tomó el cristal y escanció todo el líquido de un buche. Tragó sin paladear. Hubiese sido inútil que lo hiciera pues de tanto alcohol trasegado sus papilas gustativas ya no funcionaban a aquella hora. No logró darse cuenta si la bebida era de tan alta calidad, conforme se le había asegurado. Tampoco se percató de que había ingerido algo más que licor. El narcótico mezclado con el aguardiente no la sedaría en forma instantánea.
A la invitada le bastó con comprobar que era cierto que le daban de beber, tal cual le prometieron. Tras ello, él depositó con delicadeza, sobre el regazo femenino, una cajita abierta que contenía chocolates. Ese convite la puso de mejor humor aún. Ya era momento de dejar de hacerse la difícil.
—¡Hola cariño!— le saludó al fin
—Prometo que te haré pasar un rato muy agradable.
Y sonriendo, añadió:
—Pareces ser una buena persona, James Smith. Aunque estoy segura de que no te llamas así.
No podía imaginarse que aquellos sí representaban su nombre y su apellido verdaderos. No se le había ocultado la identidad de su distinguido cliente. Ni siquiera se molestaron en mentirle al respecto. A mitad de camino, mientras ella se apretujaba con torpeza contra el cuerpo de aquel hombre, algo extraño ocurrió. Comenzó a experimentar un sopor adormecedor. La droga consumida hacía su efecto. Tan inerme se hallaba que no se dio cuenta de que alguien más, aparte de James Smith, estaba dentro de la cajuela. Desde atrás un segundo individuo se irguió de improviso delatando su presencia.
Sus fuertes dedos se cerraron en torno al cuello de la aturdida presa, bloqueando el riego sanguíneo en sus carótidas. El desmayo resultó un bendición para la agredida, pues le ahorró sentir pánico.
Un rato después, cuando se fue despertando sin espabilar aún, advirtió con ojos vidriosos que ya no se hallaba dentro del carruaje, sino dentro de una habitación en penumbras. La habían acostado y todavía llevaba puesto su vestido gris perla, aunque había perdido los zapatos. Quiso incorporarse pero no pudo. Varias ligaduras de cuero negro la sujetaban contra el blanco acolchado de una camilla de hierro, semejante a la que usaban los médicos.
De pronto se encendieron unas velas y, entre las brumas, desde su incómoda posición, la cautiva logró verlo de nuevo. Apenas tuvo un vislumbre fugaz de su atacante. Todo fue tan rápido que casi no sintió cómo el filoso cuchillo rasgaba su garganta dos veces hasta alcanzar la columna vertebral. Mientras el falso cliente la sajaba, el ayudante le cubría su cabeza con una manta impidiendo que el líquido rojo estropease el pulcro acolchado de la camilla.
Acto seguido, el jefe ordenó al cochero y a su otro compinche desabrochar las correas que sostenían a aquel cuerpo inerte.
Entre esos dos asesinos la bajaron de la camilla, y la trasladaron al exterior. Una vez afuera la auparon al carruaje. Los caballos emprendieron la marcha traqueteando por las calles adoquinadas, al amparo de la densa neblina nocturna. Minutos más tarde arrojaron el cadáver encima del pavimento húmedo y sucio.
La víctima aún lucía hermosa, vistiendo la mejor ropa que en vida poseyó: un fino vestido color gris perla, ahora profusamente manchado de sangre.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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