El puente de la decapitada

 

Cuenta una antigua leyenda que, durante varias noches, los lugareños se toparon con esa siniestra aparición. Veían la cabeza cercenada de la chica flotar en el cielo a la entrada de aquel puente, volviéndose cada vez más inmensa. Sus negros cabellos caían sobre su lívido rostro, cuyos ojos aterrorizados provocaban pena y horror. 

La cabeza espectral parecía sumergida en oscuros pensamientos, como si tratase de recordar qué desgracia le había sucedido cuando aún vivía, y quisiera reencontrarse con el resto su cuerpo perdido, para poder así descansar en paz. Su asesino había disfrutado como nunca con ese ritual de sangre. Como de costumbre, portó su macabro disfraz de jefe supremo. Causaba escalofríos su máscara en forma de calavera siniestra, con una abertura para respirar y dos huecos bajo los cuales asomaban sus malignas pupilas oscuras. Una sombría cogulla cubriendo su cabeza enmarcaba esas facciones monstruosas, cumpliendo a cabalidad con el objetivo de intimidar. Gozaba provocando miedo. 

Cuando la chica destinada para el sacrificio lo vio así vestido no pudo parar de temblar e implorar clemencia. Aquella noche de plenilunio en que la asesinaron todo le había salido a pedir de boca a la secta diabólica. La joven pordiosera había sido atraída mediante engaños. Luego de ser llevada ante el Maestro de la orden se le forzó a ingerir un brebaje tan potente que, una vez que su cuerpo inerme fue depositado en el altar, estaba tan drogada que casi no sufrió dolor cuando el puñal rasgó su garganta. Aquel rito impío fue perfecto, consumado en medio de flameantes antorchas, presidida por la estatua del macho cabrío y la gran cruz invertida. Tras la invocación al amado Satán los acólitos cargaron el organismo sin vida hasta el taller anexo, en el cual pasaron a ejecutar la segunda etapa de la infame ceremonia y, usando sierras y hachas, la cortaron en pedazos. Después debían abandonar el torso de la mujer en un espacio público, de modo que toda la gente en Inglaterra se estremeciera de pavor al conocer el macabro resultado de la obra demoníaca. 

Tras decapitarla, enterraron la cabeza para que nadie pudiese reconocer a la difunta. Introdujeron en bolsas los trozos restantes y los cargaron en el carruaje. Todo salió conforme a lo planeado, sin sobresaltos. El dato de que, durante aquel horario, ese desolado baldío carecía de custodia era cierto. Al amparo de las sombras, los esbirros lanzaron el torso de la ofrendada bajo el puente. Se habían dispuesto esos restos humanos tan ostensibles que ya al amanecer del 10 de septiembre de 1889 los irían a descubrir. 

¿Cómo denominarían los periódicos británicos a este flamante y espantoso hallazgo? se preguntó el líder de los satánicos, mientras regresaba satisfecho en su carruaje. Tal vez lo tildarían «El misterioso caso del Torso de la calle Pinchin», en atención al nombre del paradero donde se plantó aquel despojo; y también sería posible que los titulares simplemente dijeran: «Mujer decapitada hallada bajo el puente». 

La misma leyenda citada al inicio de este relato agrega que, a los pocos días de ser ubicado su torso descompuesto, la cabeza fantasmal dejó ya de aparecer. Otro rumor explicó que el espectro se dio por vengado al saber que su ejecutor, el perverso jefe satánico, también había fallecido. 

Cuando días más tarde subió a su barco para arrojar al Támesis los otros restos de la víctima fue sorprendido por sus enemigos. Estos habían asesinado a los tripulantes y aguardaron escondidos dentro. Cuando abordó su nave lo apresaron y le cortaron el cuello. Su cadáver arrojado a las frías aguas del río, al igual que el de la mujer decapitada, jamás sería identificado. 

*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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