El gigante psicópata

 El corpulento hombre medía dos metros con cinco centímetros y pesaba ciento treinta y cinco kilos. Usaba lentes, lucía cabellos muy negros y un fino bigotillo. Mientras permanecía sentado sumamente tranquilo en su celda frente al investigador no parecía ser un psicópata y, mucho menos aún, un delincuente homicida. Pero en realidad era un terrible asesino en serie. Uno de los peores. Antes de cumplir los quince años había matado a sus abuelos paternos. 

Diagnosticado paranoico fue recluido en la prisión-hospicio de la localidad de Atascadero, Estados Unidos de Norteamérica. Los médicos que lo trataron pensaron que se había recuperado y lo dejaron en libertad. Ya veinteañero se lanzó de lleno por la senda del crimen. 
En mayo de 1972, mientras transitaba por las cercanías de Santa Cruz, recogería en su coche a dos autoestopistas: Mary Pesce y Anita Luchesse. Las amenazó con un revolver y luego las acuchilló. Llevó los cadáveres hasta su casa donde los decapitó, abrió en canal y, por último, enterró los restos mortales debajo de un barranco. 
En septiembre del mismo año recogió con su vehículo a una joven de origen asiático llamada Aiko Koo. La estranguló, profanó su cuerpo sin vida y lo guardó dentro de su maletero. Trasladó el cadáver hasta su finca y durmió con él. A la mañana entrante lo trozó en varias partes que arrojó por distintos lugares conservando la cabeza a manera de trofeo. 
Meses más tarde, abordó a una chica de nombre Cindy, quien lo rechazó despertando así la furia vesánica del desquiciado, el cual la estranguló, cortó en pedazos el cadáver y escondió el cráneo bajo la ventana de la casa de su madre. 
Tiempo después, en un campus universitario, raptó a dos muchachas: Rosalind y Alice, a las cuales ultimó a balazos, las decapitó y empleó sus testas para darse placer. Una vez cometidos los demenciales vejámenes se deshizo de los despojos. 
Durante la Semana Santa de 1973 visita a su progenitora y, mientras la mujer duerme, la as€s¡n4 propinándole martillazos en la cabeza, y posteriormente la decapitó. A los pocos minutos Sara Hallet, una amiga de la familia, llega a la finca de su vecina a visitarla. El monstruo la recibe, la agrede y la ultima. Durante la noche se acuesta con ambos cadáveres y juega a lanzar dardos contra la cercenada cabeza de su madre.
 Al despuntar el alba escapa manejando el coche de la Sra. Hallet, y toma rumbo a Colorado arribando a un lugar sencillamente llamado «Pueblo». Desde allí procura conectarse por teléfono con un teniente de policía amigo suyo. Pese a que ese jerarca no se encuentra, comunica a los oficiales que lo atienden la noticia de sus crímenes, aportando detalles.
 Cuando la policía local viene a prenderlo no opone la menor resistencia, sino que coopera ampliamente con las autoridades. Lo condenan a cadena perpetua como responsable de ocho asesinatos en primer grado. Lo envían a la prisión de Vacaville y, finalmente, lo derivan hacia la cárcel de máxima seguridad de Folsom, en la cual permanece encerrado hasta el presente. 
Es durante su permanencia en la prisión de Vacaville, California, donde -según comenzamos describiendo en este relato- lo encontramos ahora sentado en su celda, en el curso de una entrevista que le realiza el famoso criminólogo Robert K. Ressler. Ressler fue el experto en perfiles criminales que acuñó desde la década de mil novecientos setenta el término «Asesino en serie». Desde postrimerías de dicha década ha emprendido un programa de investigación sobre la mente de los victimarios seriales, autorizado por el FBI. 
Ya se había entrevistado en otras oportunidades con el gigantesco matador Kemper, aunque en esas anteriores emergencias lo hizo en compañía de otros agentes. Ahora, confiado por el aparentemente sosegado y cooperador Edmund, optó por asistir sólo a la cita. Tras dialogar y tomar nota durante cuatro horas de las anécdotas aberrantes que el sádico le contaba el criminólogo dio por concluida la sesión, y pulsó el botón a fin de que el guardia viniese para dejarlo salir. Nadie respondió. Algo nervioso, prosiguió su diálogo con el penado y, minutos después, volvió a llamar. Tampoco hubo respuesta en esta segunda ocasión. Luego de una tercera pulsación del botón de alarma tampoco acudió nadie. 
El condenado intuyó el creciente temor que, a pesar de su vasta experiencia, el perito no pudo reprimir totalmente. Ed Kemper se irguió de su asiendo dejando a la vista su inmensa mole. Con voz suave y burlona le pregunta: 
—Y si ahora se me cruzaran los cables, ¿no crees que lo pasarías mal? Te podría arrancar la cabeza y ponerla sobre la mesa para que el guardia la viera al entrar. 
La siguiente es la descripción del episodio efectuada por el propio Robert Ressler: 
"... Mi cabeza daba mil vueltas. Me imaginaba cómo vendría a mi con sus largos brazos, inmovilizándome contra la pared, estrangulándome y retorciendo mi cabeza hasta romperme el cuello. No necesitaría mucho tiempo y con la diferencia de tamaño que mediaba entre los dos, seguro que acabaría rápidamente con mi resistencia. El tenía razón. Me podía matar antes de que yo o alguien más pudiera hacer algo al respecto. Le dije que si se metía conmigo tendría serios problemas. Se burló. 
—¿Qué pueden hacerme?. ¿Impedirme ver la tele? 
 Contesté que con total seguridad terminaría encerrado en el hoyo -celda de aislamiento- por un período extremadamente prolongado. Kemper le restó importancia diciendo que ya era un experto en eso de estar en la cárcel. Los inconvenientes no serían nada en comparación con el prestigio que ganaría entre los otros reclusos por haberse "cargado" a un agente del FBI. 
¿Cómo pude ser yo tan estúpido para entrar en ese cuarto sin acompañante? De repente supe cómo me había metido en esa situación. Me había identificado con mi secuestrador y le había dado mi confianza. La próxima vez no sería tan arrogante de creer que había logrado una buena relación con un asesino. La próxima vez... 
Le dije: —Ed, no me digas que piensas que vendrían hasta acá sin tener algún modo de defenderme-. 
—No me jodas Ressler, aquí no te dejarían entrar con armas-. 
Kemper tenía razón, por supuesto. Los visitantes no pueden llevar armas dentro de las cáceles por temor a que los reclusos se las quiten y las empleen para amenazar a los guardias o escaparse. 
—No voy a revelar lo que pueda tener o dónde lo puedo llevar-. 
—Venga, venga. ¿Qué es? ¿Una pluma con veneno? 
—Quizás, pero también hay otro tipo de armas-. Entonces Kemper se puso a pensar: 
-Artes marciales, pues. ¿Karate? ¿Tienes cinturón negro? ¿Crees que podrías conmigo? -.
Para entonces yo ya me había serenado un poco y pensé en mis técnicas de negociación de rehenes, la más importante de las cuales es que hay que seguir hablando, hablando y hablando, porque ganar tiempo siempre parece calmar los ánimos. Hablamos un rato sobre las artes marciales hasta que finalmente apareció un guardia y abrió la puerta. Cuando Kemper se dispuso a salir con el guardia me puso una mano en el hombro. 
—Sabes que solo estaba bromeando, ¿verdad? 
—Por supuesto- respondí, soltando un gran suspiro..." . 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

 

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