El espectro del Empalador

El espíritu maldito de Vlad III «El Empalador» salía a vagar, en las brumosas noches de luna llena, escoltado por su corte de mutantes. Su castillo, otrora imponente, ahora yacía en ruinas. Sus feraces campos, sobre cuya tierra agrietada y reseca merodeaban los espectros, ya no era más que un inhóspito erial. El rostro pétreo de Vlad lucía tan amenazante como cuando vivía, y bajo la elegante capa negra se traslucía su corroído cadáver, devenido casi en un esqueleto.

Adoptando esa tétrica forma creían verlo los desprevenidos caminantes. Sabían que sus ojos les engañaban, que no era real aquella aparición pero, aun así, no podían dejar de contemplar al grupo de espectros aproximándose. De súbito, un viento gélido soplaba aventando la niebla y, al disiparse las brumas, se esfumaba también aquel cortejo de seres fantasmales venidos de ultratumba.

Muchos años habían transcurrido desde su muerte. Sin embargo, a la luz de los plenilunios más brillantes, mientras los bancos de neblina desdibujaban la visión de sus destruidos caseríos, el espectro del Empalador volvía a recorrer sus antiguas posesiones, acompañado por su fiel ejército de vasallos y militares tenebrosos.
El hombre que aun después de muerto provocaba el escalofrío de los aldeanos nació en el siglo XV en Valaquia, región de la actual Rumanía. Durante su adolescencia fue rehén del Imperio otomano, junto a su hermano mayor. De este modo buscaron asegurarse la sumisión de su padre, gobernante de Valaquia, a quien el sultán turco había vencido en batalla y despojado de su reino.
La traición y el crimen marcaron su existencia, y tras los homicidios de su padre y su hermano, el joven aristócrata, lleno de odio y sed de venganza, escapó de sus captores y organizó un ejército de aldeanos para recuperar el trono de Valaquia.
Su valentía, ferocidad y capacidad de estratega en la guerra lo erigieron en patriota y héroe para los rumanos cuando, victoria tras victoria, expulsó a los invasores turcos de Rumanía. Luego de declararse nuevo gobernante de Valaquia, Vlad efectuó una purga con el fin de asentar su poder eliminando rivales y opositores. Por entonces adoptó el empalamiento como su sistema de ejecución predilecto, lo que le brindó el sórdido mote de «Tepes» con el cual pasaría a la historia, o sea: «El Empalador».
Se cuenta que ordenó empalar a veinte mil prisioneros en los alrededores de un bosque para, mediante ese escenario de terror, disuadir a sus enemigos. Aunque la cifra de víctimas parecería exagerada, la imagen de Vlad III como un déspota implacable y sanguinario se propagó rápidamente por toda Europa.
Pese a su fama de guerrero invencible Vlad Tepes no era inmortal. Se presume que falleció en una escaramuza contra los turcos en el año 1476. Otra versión sugiere que pereció debido a la traición de sus escoltas, en un complot donde lo asesinaron.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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