El cazador
Robert Hansen comenzó a matar mujeres en 1971. Aficionado a las prostitutas, pagó a Lisa Futrell para que le acompañase a su finca. Pero esta vez dio rienda suelta a sus instintos sádicos y, luego de esposarla, la violó y la molió a golpes. Bajo amenaza, la condujo en su automóvil rumbo al aeropuerto, donde la introdujo a la fuerza en su avioneta particular. Después de un corto vuelo, aterrizó en los fondos de su cabaña.
Una vez allí, puso en práctica la segunda etapa de su "juego": la cacería humana.
Fingió que la dejaría escapar y le quitó los grilletes. Al verse libre, la aterrada mujer empezó a correr a través del bosque, lo cual fue aprovechado por el captor para dispararle a traición con su rifle de alto alcance, y ejecutarla a sangre fría.
En su segundo crimen, cometido contra Malai Larsen de veintiocho años, el cazador perfeccionó su técnica. Luego de tenerla cautiva, se vistió con un impermeable negro, cubrió su cabeza con una capucha, y ocultó su rostro bajo una tétrica máscara.
La soltó y, a los pocos metros de emprendida la desesperada huida, la baleó hiriéndola a quemarropa por la espalda. La chica cayó sobre la nieve del gélido bosque. Un rastro sangrante se fue formando abajo de su cuerpo, mientras gritaba de angustia y dolor. El perverso cazador dejó su rifle, y avanzó hacia su presa humana tendida, empuñando un filoso machete.
Su intención consistía en decapitarla y llevarse la cabeza como trofeo. No pudo lograrlo, pero sus feroces machetazos sajaron el cuello de Malai, que moriría instantes más tarde a causa de una masiva hemorragia.
Entre los años 1971 y 1983 Hansen raptó, violó y ultimó a tiros y golpes de machete al menos a diecisiete víctimas en Anchorage, Alaska. Siempre repetía el mismo esquema: tras fingir que las dejaba libres, cazaba a sus presas femeninas entre la arboleda, disparándoles con un rifle Ruger mini-14. Cuando agonizaban, a raíz de las heridas de bala, las remataba mediante cuchilladas o machetazos.
El 13 de junio de 1983 la meretriz Cindy Paulson, de diecisiete años, denunció a las autoridades haber sido contratada por un sujeto tartamudo, pecoso y de cabellos rojizos que le ofreció doscientos dólares a cambio de una felación. Mientras estaba en tal faena el falso cliente aprovechó para esposarla, y la amenazó con un revolver.
Seguidamente, la metió en su vehículo y la trasladó hacia su casa, donde la forzó. Consumado el estupro, volvió a subirla en el coche y se dirigió al descampado en que estacionaba su avioneta. El secuestrador le informó que volarían hasta su cabaña en el bosque, donde daría inicio el "verdadero juego".
No obstante, en esta ocasión el malhechor vería frustrado su objetivo pues, en el curso de un descuido, la cautiva se dio a la fuga. Cindy fue recogida por un camionero que la condujo a la comisaría, y los datos que aportó pusieron a la policía en la pista del comerciante Robert Hansen, un panadero afincado en Anchorage, estado de Alaska, casado, padre de dos hijos, y con una fachada social impecable.
Al ser indagado, sostuvo que la atribución era falsa y que la joven mentía, con el propósito de extorsionarlo. Como el acusado carecía de antecedentes policiales, y era un vecino apreciado en su comunidad, la denuncia terminó siendo archivada.
El depredador se había salvado por los pelos. Su buena fortuna concluyó en 1983, al descubrirse varios cadáveres femeninos en los nevados bosques de Anchorage.
La antigua declaración formulada en su contra por la sobreviviente, y un perfilamiento criminológico a cargo del famoso experto policial Roy Hazelwood (describiendo al responsable de una serie de desapariciones como alguien con las características de Hansen), resultaron claves para que se ordenara su arresto.
El 27 de octubre de 1983 fue llevada a cabo una requisa en la vivienda del panadero cazador de mujeres. En ese lugar serían halladas pertenencias de las asesinadas, que el criminal fetichista guardaba a modo de recuerdos o "souvenirs".
Aunque el imputado únicamente admitió cuatro homicidios, se recuperaron, entre la frondosa vegetación, doce cuerpos de occisas atrozmente mutilados y con impactos de bala. Las pruebas de su culpabilidad devenían abrumadoras y, en el consiguiente juicio penal, fue condenado a purgar reclusión perpetua. A sus setenta y cinco años, el 21 de agosto de 2014, el cazador asesino falleció en la cárcel.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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