El asesino y el verdugo
El hombre se apersonó en la estación de policía local en horas matina
les del 10 de febrero de 1889, pretendiendo que su esposa –la cual ejercía
la prostitución– había incurrido en suicidio. Pero las pruebas forenses se
mostraron muy decisivas en su contra, y bastaron para esclarecer la situa
ción sin dejar la menor sombra de duda.
La cruda realidad consistía en que este individuo había asesinado a la
mujer valiéndose de una cuerda que utilizó para estrangularla. Una vez
desmayada, la remató asestándole certeras puñaladas y, luego de culminada su pérfida acción, escondió el cuchillo ensangrentado dentro del
hueco de un tronco.
Una notable curiosidad radicó en que sobre la puerta de ingreso del
edificio de apartamentos donde moraba el victimario, alguien había trazado con letras de color rojo la advertencia:
«Jack el Destripador se oculta
detrás de esta puerta».
A su vez, en la pared adyacente a la escalera que
conducía al sótano, se leía estampada con tiza, una segunda frase acusatoria:
«Jack el Destripador está en este sótano»
Algunos datos más objetivos incriminaban al sujeto tornándolo un sos
pechoso legítimo de haber constituido el tan evasivo depredador de los
barrios bajos londinenses. Dentro de tales confluyentes indicios se cuentan
los hondos cortes, practicados mediante cuchillo, apreciables en el área
abdominal y genital del cadáver de su malograda compañera.
Los médicos forenses intervinientes creyeron percibir marcadas analo
gías entre esta muerte y las patéticas incisiones ventrales infligidas a los
organismos de las féminas ultimadas por Jack the Ripper.
En todas las
situaciones, además, las extintas fungían como prostitutas, al igual que lo
hacía la desafortunada Ellen.
El tribunal de Dundee encontró al acusado culpable de homicidio especialmente agravado por el vínculo matrimonial. Durante el desarrollo de
su proceso penal, dos detectives de Scotland Yard se trasladaron hasta aquella ciudad. Su propósito fincaba en determinar eventuales conexiones que pudiesen existir entre la secuencia mortuoria perpetrada por Jack el Destipador el pasado año en el Reino Unido, con el uxoricidio protagonizado por
este victimario.
James Berry, verdugo oficial de Gran Bretaña desde 1884 hasta 1892,
estaba convencido de que el encausado también devenía culpable de la
comisión de aquellos extraordinarios homicidios irresueltos. Este funcionario se caracterizó por denotar un obsesivo interés en hallarle solución
al arcano de los crímenes acaecidos en el sector este de la capital inglesa.
Publicó un libro donde dio cuenta de sus recuerdos profesionales como verdugo, en el
cual –curiosamente– sufragó por la abolición de la pena capital.
También refirió sus sospechas de que Willian Henry Bury era Jack el Destripador.
El emprendedor James Berry ajustició a ciento treinta y un condenados, incluidas cinco mujeres, durante los ocho años en que desempeñó su oficio.
Era residente de la ciudad de Bradford y, aparte de ejercer tan terrible
cargo, tenía fama de ser un criminólogo aficionado que recopilaba pormenores relativos a las andanzas de los condenados a los cuales finiquitaba. En el caso de William Henry Bury la insistencia y la presión ejercida por James Berry sobre el penado llegó al extremo de que se allegó hasta la celda de aquél, y le extendió una hoja con una confesión previamente redactada, pretendiendo que el preso debía firmarla admitiendo su responsabilidad.
No obstante, el reo jamás aceptó la consumación de los decesos atribuídos, ni haber participado en grado alguno en los mismos. Persistiría en
proclamar su inocencia, aún cuando cada día que transcurría confinado
en la cárcel se volvía más patente que de todos modos lo iban a condenar
a perecer en la horca solo por haber cometido el asesinato de su esposa.
Y así fue como
el 24 de abril de 1889 William Henry Bury subió al cadalso de aquella prisión escocesa, donde fue colgado hasta morir en expiación por ese único
crimen fehacientemente comprobado.
Días previos a tener cabida su malhadado desenlace, y mientras aguardaba su hora terminal encerrado en el presidio de Dundee, lleno de arrepentimiento, el recluso escribió una carta dirigida al reverendo E. J.
Gough confesando su plena culpabilidad por la muerte de su esposa Ellen. Dicho
recaudo se conserva al presente en las oficinas del Archivo Nacional de
Escocia.
Muchos años más tarde, esa epístola devendría objeto de concienzudos
peritajes grafológicos, en los cuales se comparó su letra con la escritura
inserta en las misivas que tradicionalmente se endilgaron a la creación del
desmembrador del este de Londres. Se pretendió que la caligrafía de William Henry Bury tenía cierta semejanza con la caligrafía de la carta recordada como
«Querido Jefe», y con el mensaje con el encabezado «Desde el Infierno».
Pero lo cierto fue que en definitiva no se logró establecer una concordancia significativa entre los documentos peritados. La disimilitud de estilos y de caligrafías resultaba tan ostensible, aún a los ojos de los profanos, que solo cabía concluir que todos los grafismos chequeados pertenecían a la facturación de manos diversas
. William Henry Bury fue un asesino desalmado de quién mucho se sospechó que había
cobrado otras vidas, aparte de la de su esposa, aunque no mediaron concluyentes evidencias sobre esos posibles crímenes. Cierto fue también que
la policía no se molestó demasiado en recolectar pruebas, pues bastaba
con la condena impuesta por el homicidio especialmente agravado contra
su cónyuge para conducirlo al patíbulo.
La imagen que se trasmitió de este hombre lo refleja como un obseso sexual violento. Un tradicional asesino sexópata y, probablemente, un
victimario en serie. Vale significar, la clase de individuo que se reputó, en
tiempos contemporáneos a la masacre del otoño de terror, como el tipo más
probable de responsable de haber sido el Destripador.
Dichas aristas, sumadas a las suspicacias que generó el similar patrón
operativo, y el perfil de la víctima cobrada por aquel matador con la metodología de los crímenes consumados en Whitechapel, conllevaron a que la
persona de este oscuro uxoricida fuera asociada con la de Jack the Ripper por autores modernos, quienes elaboraron ensayos postulando la candidatura
de William Henry Bury a la identidad de Jack el Destripador.
En especial se destaca que quedó acreditado que este criminal estranguló a su esposa Ellen hasta hacerle perder la consciencia y después la remató rebanándole el cuello, y le
asestó varias puñaladas en la región genital una vez fallecida, ensañándose con el cadáver. Se propone que su malvado homicidio, impregnado de perversión erótica, resultó semejante a los crímenes cometidos por Jack el Destripador. Además la infeliz Ellen era un prostituta, al igual que lo fueron las presas humanas cobradas por el Asesino de Whitechapel.

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