El alcohólico detective asistente John Batchelor llegó a la casa de su superior, el detective jefe Arthur Legrand. Traía consigo, guardada dentro de su modesto morral, una carta que presuntamente acababa de enviar el asesino Jack el Destripador al presidente de un comité creado para tratar de capturarlo, cargo ocupado por el comerciante judío George Akin Lusk. Saludó con respeto a su superior, y le entregó la carta para que este la leyera.
El detectivejefe montó encima del puente de su nariz el armazón metálico y, a través de los cristales, las manchas borrosas que danzaban frente a sus retinas, comenzaron a adquirir sentido. Estaba escrita con tinta roja sobre ese papel barato y en los bordes se notaban rastros de suciedad. Las huellas desvaídas de unas yemas y una palma.
Leyó: «…Me gusta matar gente porque es divertido. Es más excitante que cazar animales salvajes en el bosque porque el ser humano es el animal más peligroso de todos. Matar personas es la experiencia más emocionante. Es incluso mejor que tener sexo con una mujer. Y lo mejor de todo es que cuando muera renaceré y aquellos a los que he matado serán mis esclavos en el más allá. Sigan la ruta que lleva al río y allí los restos de mis esclavos encontrarán. Pero yo estaré ya demasiado lejos de ustedes y regresaré una y otra vez para cazar…». Eso era todo, la misiva carecía de firma.
Tras la lectura, el detective jefe buscó dentro de los cajones de su escritorio, hasta encontrar, la copia en papel calco de una carta que había sido remitida días atrás, atribuida también al mismo homicida. Se puso a comparar ambas misivas. Al primer vistazo corroboró que la grafía del nuevo texto era diferente a la letra ampulosa y burda de la anterior epístola. Aquella carta encabezada "From Hell", es decir: "Desde el Infierno".
Ese macabro mensaje había hecho que George Akin Lusk empezara a sentir miedo. Aquella esquela con lamparones sanguinolentos que, acompañada por una cajita de cartón, había arribado al domicilio del presidente del Comité el 16 de octubre de 1888. Una cajita en cuyo interior se escondía un trozo de riñón humano preservado en glicerina.
Arhtur Legrand comenzó a monologar, analizando el extraño texto de ambas cartas. Se ensimismó tanto concentrado profundamente en sus razonamientos hasta olvidar por completo la presencia de su subordinado. John Batchelor se aburría más y más. ¿Cómo podría hacer callar a ese sabiondo parlanchín que continuaba hablando y hablando? Entonces se le ocurrió aquella idea. Tomó el morral alquitranado que reposaba a la vera del asiento y lo subió a su regazo. Conocía la irrefrenable curiosidad que caracterizaba a su patrono. El truco rindió sus frutos. Bastó con efectuar ese sencillo movimiento para que aquel interrumpiese su perorata.
—¿No me digas que ahora guardas en ese bolso las petacas con el whisky?— le preguntó con ironía Arthur Legrand.
—Nada de eso, de hecho estoy pensando en abandonar el alcohol. Si me das un aumento te prometo que dejaré de beber, al menos un día a la semana– bromeó Batchelor, en tanto mecía el morral y destrababa el cordel que lo anudaba. Amagó hurgar dentro del mismo pero, en vez de sacar alguna cosa de allí, extrajo desde un bolsillo de su chaqueta un pitillo y lo encendió, mientras volvía a ubicar el bulto en el suelo y se ponía de pie.
—Salgo de aquí porque sé que no toleras respirar el humo del tabaco.— dijo, retirándose y dejándolo a solas. No había terminado de fumar el cigarrillo cuando lo oyó vociferar.
—¡Qué mierda es esto!— John Batchelor vio cómo su jefe atravesaba la sala con el rostro congestionado, rojo encarnado asomando entre la barba rala y entrecana. Venía furioso en dirección a él. Aferraba un ajado pedazo de diario en su mano izquierda y en la derecha traía aquel colgajo frío y sangrante… una oreja amputada.
—No me diste tiempo de advertirte. No debías haber metido la mano dentro del bolso sin antes preguntarme, amigo.— repuso John Batchelor. Y como su interlocutor parecía seguir sin comprender el detective asistente, poniendo cara de ingenuo, a la par de que gozaba con su picardía, le explicó:
—Es la oreja arrancada a una mujer. Se la dejaron a George Akin Lusk, junto con la carta que menciona eso del animal más peligroso. Venía dentro de una tela de arpillera.
Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago. El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco. —¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entraña...
En lo profundo del bosque, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las espesas ramas, se alzaba una edificación decrépita conocida como «La casona del atardecer». Su fachada destartalada y sus ventanas rotas contaban historias de decadencia y desolación. La leyenda que rodeaba a esa finca hablaba de un turbio pasado, marcado por la tragedia, y por un siniestro pacto con lo sobrenatural. Un grupo de jóvenes aventureros, atraídos por la mística de «La casona del atardecer» decidieron explorarla en una noche fría y lúgubre. La luna se asomaba entre las nubes arrojando luces fantasmales sobre el terreno desolado que rodeaba a la vieja casa. A medida que se acercaban, el crujir de las ramas secas bajo sus pies producía murmullos inquietantes. La puerta de la casona se abrió con un chirrido desgarrador, como si la estructura misma se quejase por la intrusión. Una vez dentro, el grupo se encontró con un ambiente cargado de polvo y decadencia. El aire estaba impregnado ...
—Primero pensé que se trataba de un saco flotando. Después me di cuenta de que era el cadáver de una joven.— declaró a la agencia de noticias A.P Walter Arnold, el hombre que descubrió en Texas (E.E .U.U.) el cuerpo sin vida de Irene Garza el 21 de abril de 1960. Los periódicos de entonces calificaron a la joven mexicano-estadounidense como "una belleza de cabello negro" y "profundamente religiosa". La víctima, una maestra de primaria de 25 años y reina de belleza, había desaparecido hacía seis días tras visitar la iglesia católica del Sagrado Corazón en la ciudad texana de McAllen, con el propósito de confesarse. Jamás regresaría a su casa. Según su autopsia, fue violada, golpeada, asfixiada y arrojada a un canal de irrigación. La bonita chica solía presentarse a los concursos de belleza locales, y en el año 1958 había devenido coronada Miss Sur del estado de Texas. De acuerdo indicó la prensa: —"Tenía una encantadora combinación de belleza e inteligenci...
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