La horca y la hoguera

La plaza pública estaba colmada por decenas de hombres y mujeres rodeando la gran tarima de madera. En ese estrado recién armado se había instalado la horca y, bajo ella, la trampilla sobre la cual debían pararse los ajusticiados. El verdugo jalaría de la manivela y caerían colgados por el cuello. La cuerda era corta, pues así el condenado se retorcía y pataleaba durante un buen rato previo a expirar, para deleite de los asistentes. Pero si éstos optaban por el uso de otro método letal, al costado de la horca, a más baja altura, se erigía el poste al cual se ataría al penado. En su base yacían leños y ramas formando la pira que ardería convertida en hoguera.
Si la decisión del pueblo era la muerte mediante el fuego, quitaban la soga y la ajustaban a la garganta del reo. De esa forma el verdugo tiraría del extremo de la cuerda, y estrangularía a la víctima al inicio de la fogata. El hombre o la mujer sacrificados ya habrían fallecido y las llamas quemarían a un cadáver, no a un ser humano aún viviente. Esta variante en la práctica fatídica suponía una manera piadosa de evitar un sufrimiento atroz, y se empleaba habitualmente cuando la persona a finiquitar resultaba una fémina.
El sonido estridente de unas trompetas anunciaba que el cruel espectáculo daría comienzo. Instantes después, el canoso magistrado, luciendo su toga negra y su gran moño blanco, ascendió a la tarima entre los aplausos de los espectadores, y se ubicó entre la horca y la pira funeraria. 
La fiesta macabra estaba en marcha pero aún faltaba que trajeran al criminal, cuyo destino final aquella turba iba a dictaminar. El populacho rugía impaciente. La ceremonia de ejecución se retardaba adrede, con el propósito de excitar la sed de sangre de los concurrentes. 
Minutos más tarde la carroza oscura apareció en el horizonte, flanqueada por los guardias reales con sus uniformes rojos. Todos en la plaza callaron y le dejaron libre el paso.  El cochero lucía sus mejores ropas para la solemne ocasión, y conducía con lentitud a los caballos que arrastraban el carruaje. Finalmente se abrió la portezuela y dos fornidos guardias sacaron del interior a la condenada, pues una mujer constituía el objeto de la inmolación. 
Se la subió al estrado, y allí le quitaron la venda que cubría sus ojos. La muchedumbre aullaba de júbilo; estaba claro que no serían bondadosos. La joven, con las manos amarradas a su espalda, vio con escalofrío al viejo juez señalando el poste con la pira de leña pronta para ser encendida. Luego, con un gesto ampuloso de su brazo, aquel jerarca se dirigió al gentío apuntando hacia la horca, cuya soga el viento hacía oscilar. 
— ¡A la hoguera!  ¡Quemen a la bruja en la hoguera! — gritaron al unísono desde los cuatro costados de la plaza.
La mujer temblaba. Abrió sus labios para rogar clemencia. 
— No soy una bruja. Soy una mujer muy mala, pero no soy una bruja. ¡La hoguera no, por favor!
Su voz se quebró. Comprendiendo que de nada valían sus súplicas lanzó un alarido desgarrador, un aullido lleno de pánico y desesperación.
Esta historia que hiela la sangre había tenido su génesis poco tiempo atrás. Corría el año 1726 en Inglaterra y la señora Katherine Hayes estaba harta de su cónyuge. Además, las mil quinientas libras esterlinas de su seguro de vida, del cual era beneficiaria, añadían un fuerte incentivo a su anhelo de deshacerse de aquel borracho. Conocer a dos buenos para nada (Thomas Wood y Thomas Billings), que serían sus sucesivos amantes, también contribuiría a la hora de tomar su decisión. Cada uno de los rufianes estaba persuadido de que la mujer lo escogería sólo a él para compartir lecho y dinero, por lo que aceptaron gustosos liquidar a John Hayes.
 Así fue que el esposo y los dos tipos pasaron la tarde en la cervecería Branwn´s Head Inn compitiendo a ver quién tenía mayor aguante para beber ginebra. El duelo alcohólico continuó en la casa de Hayes, donde la esposa les ofreció otra botella. El marido comenzó a ingerirla, pero antes de escanciar todo el contenido cayó desvanecido. 
El narcótico mezclado con el vino había hecho el efecto deseado. Entre los tres cargaron con el beodo y lo tendieron sobre la cama, dejando su cabeza colgando. Katherine puso un latón para recoger la sangre de John, mientras la navaja de Billings le sajaba la garganta, y Wood le aferraba por los cabellos. Seguidamente la asesina trajo una hachuela y, de un violento golpe, le cercenó el cuello. 
La cabeza desprendida rodó dentro del recipiente. A continuación, usando una sierra y dos filosas cuchillas procedieron a desmembrar al occiso cuyos restos, envueltos en mantas, fueron a parar a un estanque. Desechar la testa les daría más trabajo. La trasladaron hasta un muelle del río Támesis y la botaron al agua; pero la marea la devolvió a la orilla, donde quedó atrapada en las redes de unos pescadores. 
El 2 de marzo de aquel lejano año la cabeza de la víctima, aún desconocida, se depositó sobre una lápida en el patio de la Iglesia de St. Margaret. Allí yació durante varios días en espera de que alguien la reconociera. Como nadie la identificaba, optaron por colocarla en lo alto de un poste a efectos de facilitar su vista por los viandantes. Finalmente se supo que pertenecía al infortunado John Hayes. 
Dar con los homicidas no constituyó tarea difícil. Los amantes y cómplices de la viuda hablaron de más, y fueron delatados. En las mazmorras reales, luego de ser sometidos a interrogatorios poco gentiles, se derrumbaron; admitieron su participación, y acusaron a Catherine de haber planeado el crimen del infeliz difunto. 
Billings murió ejecutado, pero Wood falleció en prisión, librándose de tener que sufrir la horca. A la señora Hayes le iría aún peor. La legislación penal británica preveía un destino más riguroso para el hombre o la mujer responsables de asesinar a su cónyuge. 
«Traición menor» denominaba la ley inglesa a este grave delito. El 9 de mayo de 1726, en una plaza pública y luego de sus oraciones ante el sacerdote confesor, el verdugo rodeó con una cadena de hierro el cuerpo de la rea. 
Era costumbre que las mujeres ajusticiadas por traición menor fuesen estranguladas con una cuerda, para que estuvieran muertas previo a que las llamas las alcanzaran. Sin embargo aquella jornada el viento soplaba más de lo habitual y avivó tanto la hoguera que las flamas quemaron las manos del ejecutor, quien aflojó la cuerda antes de que estuviese consumado el ahorcamiento. 
El fuego comenzó a abrasar a la condenada, y el espectáculo se volvió más cruel que nunca. Apiadado al oír sus desgarradores gritos y súplicas el verdugo se apresuró a echar más haces de ramas en la pira, con el propósito de agilizar el deceso, y atenuar su horrible padecimiento. No obstante, la tentativa resultaría vana. Catherine sobrevivió un tiempo considerable expuesta a la voracidad del fuego, y su cuerpo recién quedó reducido a cenizas tres horas después. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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