A la caza del diablo

 Frank Geyer ingresó en el apestoso desván y, bajo la tenue luz de unos candelabros y una araña de techo, creyó ver a aquellas niñas de rostro lívido y profundos ojos verdes, con sus modestos vestiditos grises. Primero se materializaba la mayor. Instantes después surgía la otra, colocándose a su lado. Y vio más horrores allí: trozos de cadáveres masculinos y femeninos ensangrentados. 

Apuntó la luz de su linterna hacia las apariciones, pero ya no había nada en ese lugar. Solo una desvencijada cómoda, el suelo polvoriento y las sucias paredes resquebrajadas. Todo olía a vejez y muerte en ese caserón abandonado. El detective llevó su otra mano al interior de su chaqueta y palpó el revólver. Sus nervios lo traicionaban. No había nadie dentro del macabro antro.
 Su viaje a Canadá le había parecido pura pérdida de tiempo a sus superiores, pero su instinto de investigador le decía que estaba en la pista correcta, que el rumor de que aquel escurridizo estafador andaba por allí con las pequeñas era veraz. Y ahora ya no le quedaban dudas; su sexto sentido, su capacidad de comunicarse con los difuntos, le había permitido contactarse con ellas; aunque sus cadáveres no yacieran en ese tétrico edificio vacío. 
Cuando salió de aquel lugar su ayudante, que montaba guardia fuera, advirtió su preocupación. William conocía a su jefe y amigo, y estaba al tanto de su secreto; sabía que Frank tenía el extraño don de "ver cosas". 
 —¿Las viste, verdad? 
 —Sí, las chiquitas estuvieron aquí, pero ahora ambas ya están muertas. Ese engendro del diablo les quitó la vida.— Y tras un corto intervalo, con tono de voz apagado, añadió: —Pero hizo algo peor aún. No solo asesinó a las niñas, también mató y cortó en pedazos a otras personas. 
 Cuando días más tarde le informaron del hallazgo de los cuerpos, su determinación se volvió inflexible. Aquel sujeto era mucho más que un vulgar defraudador de seguros. El detective se puso al frente de la investigación y finalmente lo cercaron. Frank parecía adivinar cada paso, cada movimiento del criminal, y anticipársele. Los demás policías estaban atónitos, no podían saber que los dolientes espectros de las chiquillas asesinadas lo guiaban en su persecución. 
 El drama había dado inicio meses atrás cuando el embaucador y asesino en serie que se hacía llamar H.H. Holmes empleó como asistente a Benjamín Pitezel, otro timador. El proyecto para robar a la compañía de seguros consistía en que éste contrataría un seguro de vida a favor de su mujer, y Holmes se presentaría con un cadáver anónimo desfigurado tras un accidente, pretextando que era el de Pitizel. 
Una vez que la esposa del asegurado cobrase la prima de diez mil dólares debía repartirla con el ideólogo del plan; pero el matrimonio y sus cinco hijos menores fueron ultimados por Holmes, entre ellos las dos infantes que se llevó mediante engaños a Canadá. 
Luego de esconderse durante una semana en el mísero caserón terminó encerrándolas en un baúl y a través de una abertura conectó una manguera, y las mató usando gas venenoso. A este individuo lo buscaban las policías de ChicagoTexas Filadelfia, aunque quien unificó las pesquisas fue la Agencia Nacional de Detectives privada Pinkerton, y su investigador principal, Frank Geyer, dirigió la cacería de aquel ser diabólico hasta finalmente lograr su captura. 
Pronto salieron a luz las falsas identidades que utilizaba, sus estafas a compañías de seguro y sus homicidios; la mayoría perpetrados en su hotel en forma de castillo de Chicago. Descubrieron que el "castillo" había sido utilizado como cámara de torturas y sala de ejecuciones. Encontraron cámaras herméticas dentro de las que se podía bombear gas, un horno enorme capaz de contener un cuerpo humano, cubas con ácido, así como habitaciones equipadas con instrumental quirúrgico de disección, y toda la parafernalia de la tortura. 
 Este aberrante artificio se había concluido un año antes de inaugurarse la "Gran exposición de Chicago", el 1 de mayo de 1893, y Holmes puso en funcionamiento su mansión de los horrores llevando allí a todas las jóvenes solas y ricas que conocía en la feria. Procuraba que éstas residieran en estados alejados a fin de evitar la inoportuna visita de parientes y amigos. Muchas de las féminas fueron atraídas hasta ese recinto mediante promesa de matrimonio, y luego el sádico las forzaba bajo tortura a firmar poderes en su favor donde le cedían su fortuna. A otras chicas las finiquitó para cobrar los seguros de vida cuyas pólizas obligaba a transferirle. 
En el macabro hotel las víctimas eran ultrajadas, sometidas a tormento y, finalmente asesinadas. Acto seguido, valiéndose de una sierra, el psicópata trozaba los cadáveres y transportaba los restos sobre montacargas hacia los sótanos, donde los disolvía en piletas con ácido sulfúrico o los cremaba dentro de una enorme estufa. Otro método de eliminación consistía en sumergir despojos humanos en cal viva. Todos los artilugios obrantes en el sórdido palacete estaban preparados con el fin de saciar los perversos instintos de su dueño. 
Había construido una habitación en cuyo interior guardaba abundante cantidad de instrumentos de suplicio. Entre ellos -y aunque parezca increíble- instaló una máquina para hacer cosquillas en los pies, con la cual mataba de risa a quienes así atormentaba. Antes de desembarazarse de los occisos solía desmembrarlos o despellejarlos en bestiales experimentos. 
 Las ganancias que le reportaba su hotel mermaron al terminar la exposición, por lo que se vio en la necesidad de buscar otras salidas a fin de sanear su empobrecida economía. Entonces fue que pergeñó la estafa para cobrar el seguro con Benjamín Pitizel, pero su codicia lo hizo no repartir la ganancia y, en cambio, asesinar a su socio, a su esposa y a sus cinco hijos menores. 
El engendro del diablo, apodado H.H. Holmes, fue condenado a perecer en la horca por el tribunal de Filadelfia, y la sentencia se llevó a cabo el 7 de mayo de 1896. Contaba con la edad de treinta y cinco años al momento de su forzado deceso. 
  *Texto de Gabriel Antonio Pombo.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión