Trabajo insalubre
La casualidad había querido que, a principios de 1887, Fred Campbell conociera a un caballero recién regresado a Inglaterra, tras prolongada estadía en el extranjero. Se trataba del dueño de un mercante que estaba descargando en el puerto donde él laboraba.
Entre los tripulantes de ese barco revistaba un viejo conocido suyo, quien le comentó que su patrón necesitaba a un marino capacitado para oficiar de maquinista y timonel suplente, en un corto recorrido hacia el paraje en el cual se haría la próxima colocación de mercancías.
Su colega le dijo cuanto dinero ofrecía su jefe por el cumplimiento de esa faena. El monto resultaba más que atractivo y le persuadió a aceptar el convite.
A raíz de ese episodio fue como se vinculó con aquel hombre, un corpulento ex diplomático de apellido Atkinson, a quien supo exhibir sus cualidades náuticas ya durante el inicial periplo para el cual se lo contratase. Cobró una jugosa retribución, pero creyó que su relación laboral concluiría allí.
Para su sorpresa, en mayo de ese año, su antiguo camarada lo volvió a buscar. Aquel tipo era un bribón y, tragos de vino mediante, se le sinceró. Su empleador, en esta emergencia, requería de alguien apto para navegar su barco en una travesía clandestina, que zarparía desde el británico puerto de Rainham. A cambio de su colaboración y silencio, se le pagaría aún más que en su anterior expedición oficial honesta.
No habría casi tripulación. Sólo viajarían el jefe, el hijo de este, un tal James Smith –usaba ese apellido por ser hijo natural, se apresuró a clarificar el informante-, él mismo, y otro par de tripulantes. Campbell pensó que se trataría de una incursión para contrabandear mercaderías robadas y, quizás, también armas. Siguió creyendo eso luego de conducir el buque durante la noche, hasta atracar en aquella minúscula ensenada.
Entonces su camarada ingresó a la cabina de mando requiriendo que le acompañase hasta la despensa, a fin de ayudar al resto de los pasajeros a acarrear lo que en aquel recinto se guardaba. Las entregas que debían hacerse, le dijo. Una vez que bajó por la escalerilla y se encontró con aquel grupo, sintió un escalofrío. Ninguno le dirigió la palabra, pero el ambiente helaba. Ya no lo trataban con familiaridad como hasta entonces. Ocho ojos lo escrutaban severamente. Detrás de él, en lo alto, montando guardia a la entrada del compartimiento al cual acababa de descender, había quedado su conocido. Le obstruía la salida impidiendo una posible escapatoria. También éste lo observaba con frialdad, y en su mano empuñaba una navaja.
Abrió la boca para decirles que podían confiar en él, que no los iba a delatar; pero no lo dejaron hablar.
– ¡Callado! - le mandó el dueño del barco.
Dos de los secuaces aferraron al joven, al tiempo de que James Smith traía una silla sobre la cual lo sentaron a la fuerza y lo ataron. Uno de esos individuos, un gordo de lentes que parecía más un médico que un marinero, fue hacia un baúl, lo abrió y sacó una bolsa de arpillera que puso a los pies del amarrado barquero.
– ¡Ábrela! Así este idiota ve lo que hay adentro – la orden provino ahora del hijo del líder. Aquel malvado se apostó al lado de la silla, encendió un cigarrillo y expulsó una gruesa bocanada de humo sobre el rostro del asustado e inerme marino. Obedeciendo gustoso la orden recibida, el compinche se reclinó hacia el boquete entreabierto, y destrabó la floja ligadura que circundaba aquel paquete maloliente.
– ¡Muéstraselo de una buena vez! ¡Así sabrá lo que le espera si se le ocurre denunciarnos! – exclamó de mala manera James Smith.
El esbirro introdujo el brazo y tanteó en el interior. Sus dedos tocaron un bulto redondo que, resbaloso, se negaba a ser asido. Finalmente jaló del objeto, que al atónito prisionero le parecieron hilos apelmazados. Sin embargo, cuando el otro retiró aquella gran bola, Fred supo que no se trataba de hilos sino de una cabellera manchada con sangre. Y la bola era la cabeza de mujer cercenada.
Al contemplar ese horror trató de erguirse pero la fuga resultaba imposible, los férreos amarres le impedían huir y sus piernas temblaban. La testa cortada rodó por las tablas del piso. Otro de los cómplices la recogió y la metió dentro de su sombrero; sobresalía la mitad de la cara. Fue hacía Fred, que seguía atado y, tomando la cabeza por el cabello, la extrajo del sombrero.
– ¡Buhh! - gritó, burlándose, mientras se la agitaba contra la cara.
El miedo que hasta entonces lo atenazaba cedió frente a otra emoción primaria y visceral: el asco. Su estómago se revolvía. Hizo una arcada, luego otra y otra. Finalmente vomitó, ensuciando las cuerdas que rodeaban su pecho y lo retenían a la silla. Risas. Risotadas estrepitosas y obscenas repicaron en ese ambiente opresivo. Los miró. Aun en su deplorable estado logró advertir que todo había cambiado. Su viejo conocido ya no blandía el arma. El gigantón mandamás se le había acercado y, mostrándose cordial, le palmeaba el hombro.
–Tranquilo muchacho. Sólo queríamos gastarte una broma... y de paso ponerte a prueba. No te vamos a arrojar al agua. Necesitamos sano y salvo a nuestro maquinista – y tras decirle esto se inclinó, arrimando su rostro casi al ras del suyo. –Tu amigo te recomendó, diciéndonos que eres un buen chico. Y no nos vas a fallar, ¿verdad? –
Fred asintió tembloroso. El jefe hizo un gesto al gordo de lentes para que, con su cuchillo, cortara las cuerdas y lo liberara. Luego se dirigió al joven.
–Agarra la cabeza. Subes con ella y la quemas en el horno. Te aseguras de que no quede ningún rastro.– le ordenó.
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