Tierra de nadie




A la joven y bella Kit Kelly le costaba olvidarse del gentil Jim Taylor. Le había dado pena su trágico final; casi se sentía culpable por haberlo seducido, y por distraerlo para que lo emboscaran. Ahora aquel visitante se retorcía de dolor con sus huesos quebrados, mal herido sobre el piso de hormigón del sótano, tras la violenta caída. 
 Su madre bajó por la escalerilla y comprobó que el maltrecho viajero no podía incorporarse. Pero no debían permitirle oponer resistencia, era preciso rematarlo. Arriba, expectantes, aguardando la información de Mamá Kelly, estaban su marido William y su hijo Bill. Cuando se enteró que Taylor aún vivía, el viejo fue hacia la ventana y gritó llamando a su hija, que se encontraba afuera.
 De mala gana Kit cumplió con la orden impartida y, en esa noche de luna llena, trajo del galpón el hacha con que le partirían el cráneo a Jim. Su padre cogió el arma que, con reticencia, la chica le alcanzó. Frotó con las yemas el borde metálico asegurándose de que estaba bien afilado. Satisfecho, arrojó el hacha a través del hueco para que su esposa terminase la letal faena. 
La horrible mujer aferró con ambas manos el mango de madera. Producía espanto la insana maldad que transfiguraba su cara al aprestarse a liquidar a la víctima. Alzó el arma y la hizo descender estrellando el revés en la cabeza del condenado. Luego del tercer brutal aporreo el agredido ya no se movió más. La verdugo tomó aliento. Segundos después volvió a levantar el hacha, ahora con el filo apuntando al cuello del hombre exánime, y lo decapitó al primer tajo. 
Los Kelly eran una familia estadounidense de asesinos seriales que operó entre agosto y diciembre de 1887 cerca del pueblo Oak City, al sur de la frontera del estado de Kansas, en la región conocida como la «Tierra de Nadie». Resultaban propietarios de un rancho en la Tierra de Nadie, distante a ocho kilómetros de la ciudad de Oak City. El núcleo familiar lo constituía William Kelly, de sesenta y cinco años, su cónyuge Kate, su hijo Bill de veinte años, y su hija Kit de dieciocho. Si bien comenzaron dedicándose a la ganadería al poco tiempo inauguraron una posada, que asimismo fungía como taberna, en la cual daban albergue a otros ganaderos y viajeros. 
Aunque se los tenía por gente decente y trabajadora, la realidad era otra, pues vivían del saqueo y asesinaron a once de sus huéspedes. Cuando un viajero se hospedaba en la posada familiar comprobaban si llevaba bienes consigo. Si así era, usando su encanto, Kit entablaba conversación con el cliente mientras su madre cocinaba la comida. La silla del huésped se ponía sobre una trampilla que, tras una señal, se abría de súbito. La presa humana se estrellaba contra el suelo del sótano falleciendo a raíz del tremendo impacto; en caso de que quedase malherida y sobreviviese, la remataban a hachazos. 
En diciembre de 1887 abandonaron de improviso su finca y, días más tarde Sam Gregg, un comerciante de St. Louis que conocía la posada y sospechaba que allí liquidaban a los visitantes, fue a inspeccionar la casa vacía. No más al ingresar un fétido olor lo condujo hasta un sótano, al cual se accedía mediante una trampilla disimulada en el piso, y halló tres cuerpos masculinos en estado de putrefacción. 
Tras la denuncia del macabro hallazgo, un equipo de búsqueda irrumpió en la escena del crimen. Al escarbar en torno al granero, advirtieron un palmo de tierra suelta próximo a la entrada y cuando desenterraron descubrieron otro cuerpo con el cráneo roto, y un hacha con trozos de carne humana en su filo. Nuevas excavaciones revelaron siete cadáveres más, entre éstos los de dos féminas. Aunque los restos estaban descompuestos y eran irreconocibles se identificó gracias a su ropa a James Coven, un ganadero local, a un comerciante de Texas apellidado Johnson, y a Jim Taylor, el próspero vendedor que le había simpatizado a la hija menor de los terribles Kelly. 
Se organizó una partida de veinte individuos que siguieron la pista de los fugitivos hasta Palo Duro Creek, donde se enteraron que su ruta había virado hacia Wheeler, Texas. A las pocas horas el grupo los avistó, y los acosaron hasta que el caballo de Mamá Kelly tropezó. La jinete cayó y falleció tras romperse el cuello. Rato después los vaqueros dieron caza a Bill y a Kit, aunque Papá William logró escapar. 
Tras ser capturada, la chica rogó clemencia alegando que sus padres la habían forzado a participar; pero su hermano la reprendió por su cobardía de negar que era tan culpable como el resto. De nada valieron sus súplicas. Trajeron dos sogas y los ahorcaron de un árbol, ejecutando así una implacable justicia por mano propia. Después corrieron en busca del viejo William, cuyo equino solo tenía herradas las patas delanteras y dejaba una huella evidente.
 La batida justiciera lo acorraló y, puesto que se resistió a admitir sus crímenes y desembuchar donde escondía lo robado, enlazaron su cuello y lo levantaron, dejando que su cuerpo oscilase durante varios minutos. Luego de torturarlo de tan cruel manera, lo bajaron y le volvieron a requerir que confesara. Esta vez, entre ahogos y llantos, reconoció haber robado y asesinado a nueve hombres y dos mujeres. También reveló el escondrijo en que estaba oculto el dinero saqueado. Tras ello, sus captores lo izaron a la rama donde estaba sujeta la horca, y lo colgaron hasta que murió. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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