Sacrilegio

 
El joven ladrón estaba gozoso. Finalmente, tras adentrarse en aquella cueva, tenía ante sí el sarcófago que guardaba las joyas funerarias. Mientras alumbraba la penumbra con su farol, apenas podía contener su avidez por saquear el tesoro oculto durante siglos dentro de la vieja y polvorienta caja. 
Dejó su farol sobre el suelo barroso. Debía valerse de ambas manos para remover la pesada tapa. Haciendo un esfuerzo supremo, resoplando y con sus últimas fuerzas, lo logró al fin. La vetusta tapa cedió varios centímetros, y ese mínimo hueco bastó para mostrar el brillo de los rubíes, las esmeraldas, los zafiros y los diamantes. 
Todas esas maravillas de mil colores desparramadas encima de los vendajes que cubrían el reseco cuerpo de la momia. Con manos codiciosas, el ladrón extrajo cuantas gemas podían caber en sus palmas. Hincado al costado del ataúd, casi lloraba de alegría mientras trasladaba esas riquezas a su bolsa. Y lo mejor era que no tendría que repartir el botín. 
Sus dos estúpidos secuaces habían desistido. Su pánico ante la maldición que, según se decía, castigaría a quien profanase la tumba de ese cacique indio momificado los paralizó, y se negaron a acompañarlo. Además, no querían cometer el sacrilegio de violar el sagrado descanso del cacique, le dijeron. ¡Sacrilegio! Vaya par de mentirosos, pensó el joven profanador. Estaban asustados como conejos. Había que ser muy valiente para, en la noche cerrada, explorar esa macabra caverna. Lo del sacrilegio sólo era una estúpida excusa; pero mejor para él si ellos creían en tal superchería. 
¡Pobres idiotas! Todo la ganancia sería para el único miembro de la banda que tuvo el coraje de continuar con el plan hasta localizar la gruta oculta en ese bosque sombrío. Creía tener muy merecida la gloria que estaba a punto de alcanzar. El mundo y sus tesoros sólo son para los audaces, se dijo, henchido de orgullo. La bolsa estaba llena, pero aún restaba mucho más. Abrió su mochila de cuero y empezó a introducir allí más piedras preciosas. 
De repente, un extraño sonido retumbó a su espalda. ¿Sus compinches lo habrían seguido hasta allí? Tal vez le mintieron al asegurarle que abandonaban la empresa, que les aterrorizaba la maldición. Pero a la pálida luz del farol el ladrón pudo comprobar que no se trataba de sus cómplices.
 Lo que vio lo dejó atónito, y las gemas que estaba robando resbalaron de sus palmas adormecidas por el miedo. Aquél que venía hacia él era un sujeto inmenso y espantoso. Vestía un mameluco azul de obrero manchado de sangre. También salpicada de sangre fresca estaban su cara, sus desgreñados cabellos, sus hombros y su musculoso pecho. Parecía un carnicero demente que acabara de consumar una faena atroz.
 Desde su rostro deforme, un par de ojos llenos de odio miraban con expresión de animal salvaje. La boca del gigante exhibía una dentadura que, más que de un ser humano, semejaba a la de un cocodrilo de afilados colmillos. De las sucias encías escurría saliva, por la anticipación del alimento con que saciaría su hambre. Su respiración agitada y ronca cortaba el aire enrarecido.
 Esgrimía una hachuela en su mano diestra aquella bestia humana. Con esa arma atacó al ladrón, aporreándolo en la cabeza. El agredido rodó atontado, inerme sobre el suelo húmedo. El desmayo fue piadoso para con el joven. Le evitó conocer cuál sería su trágico destino. 
El desquiciado asesino levantó otra vez la hachuela. Con un movimiento seco, de terrible violencia, rasgó el aire y cortó. La cabeza limpiamente cercenada se desprendió del cuello, y dando tumbos se detuvo al pie del sarcófago. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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