Pesadilla

 
Susana volvió a experimentar aquel extraño sueño. Una presencia malvada acechaba abajo de su cama y, al presentirla, ella se despertaba sobresaltada. Tanto era su temor a inclinarse y mirar bajo el lecho que había quedado paralizada.
Luego se veía saliendo de su cama y pasando por la sala de estar de la finca donde vivía sola, hasta arribar a la puerta de ingreso. Esta se hallaba sin la llave puesta. La chica la abría y traspasaba el umbral. Una fuerza irrefrenable la forzaba a continuar su camino. Ya se encontraba en plena calle. Era de noche. El viento agitaba la calle y ululaba feroz. Sin embargo eso no era lo peor. Sentía mucho frío. De pronto comprendía que había salido a la intemperie totalmente desnuda. No podía evitarlo, la compulsión que la embargaba era demasiado fuerte.
Debía seguir adelante, tenía que llegar hasta el puente y cruzarlo, atravesar ese viejo puente con farolas en ambos costados. No sabía porqué, pero se trataba de un sueño, y los sueños poseen sus propias reglas, en ellos no rige la lógica de la vigilia, todo allí resulta irracional, e incluso demencial. Susana sentía la necesidad imperiosa de llegar hasta ese puente y de cruzarlo. Eso era lo único que importaba. Pero de súbito algo atroz sucedía.
Se frenó en seco, y entonces los vio. Eran decenas, cientos. Avanzaban en dirección a la joven formando una masa compacta. Venían en tropel, como si fuesen integrantes de una manifestación gremial. No obstante, no portaban pancartas ni entonaban cánticos revolucionarios. Esa tropa ni siquiera era humana. Eran zombis. Le bloqueaban el paso al otro lado del puente, comenzaban a venir hacia ella. Y Susana no podía retroceder para escapar. Se había quedado rígida, sus piernas desnudas no le respondían.
Mientras tanto, esa turba horrible se aproximaba. Ya podía ver claramente sus rostros desfigurados, sus muecas siniestras; hasta podía olerlos. Susana percibía el olor fétido a cadáver en descomposición inundándolo todo.
Tenía que despertarse, y debía hacerlo ya.
 ¿Por qué sufría tanto el frío si recordaba haber ido a la cama muy arropada, con dos frazadas de lana que cubrieron su cuerpo. ¿Debido a qué en esta ocasión era distinto? ¿Porqué no se podía ya despertar? Por mucho que lo quisiera no se despertaba. El sueño abominable no desaparecía. Ellos ya estaban encima suyo, la rodeaban. Ya sentía sus manos de hielo tocar su piel indefensa, sus sucias y filosas uñas rasgarla...
* Texto de Gabriel Antonio Pombo. 

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