Luna de sangre
Juanita se revolvía agitada sobre su camastro. De nuevo se reproducía aquel horrible sueño. Corría atravesando el prado perseguida por lobos, los más extraños que nunca había visto desde su tierna infancia y su adolescencia. Uno de aquellos animales se irguió de repente en sus patas traseras, y en su rostro peludo se podían vislumbrar los rasgos de un hombre deforme.
Ella gritaba pidiendo socorro a su madre. Ya estaba por llegar a su choza, pero la modesta puerta permanecía cerrada. Cuando al fin su progenitora la tomó entre sus brazos la chiquilla aún temblaba de miedo empapada por un frío sudor.
- Fue una pesadilla, amor mío; sólo un feo sueño que has tenido. Estoy aquí contigo, y nada malo nos va a suceder- insistía la mujer, tratando de calmarla.
Había despertado. Se vio dentro de su hogar a salvo de los lobos; no existía el lobo parecido a un hombre salvaje, el líder de la manada que la atacaba en las noches de plenilunio. La adolescente se desprendió del abrazo protector y se dirigió hasta la ventana, descorrió la cortina y miró. Afuera acechaban esos monstruos humanos, sus ojos refulgen furibundos, de sus fauces hambrientas salían filosos colmillos. La madre se le acercó y también observó hacia afuera, pero no percibió nada extraño. Juanita tampoco los veía ya, los lobos se habían esfumado.
Cuando por la tarde el individuo menudito vino con sus caballos Juanita no quería irse. Sabía que su madre tenía razón, que debían abandonar ya esa aldea donde padecían la miseria y el hambre. Debían agradecer a aquel individuo esmirriado que, a cambio de unas monedas, iba a conducirlas rumbo a una vida mejor. Además, era peligroso seguir viviendo allí. En los alrededores habían ocurrido violentas muertes, y el pavor que a todos invadía se le estaba contagiando. Sí, esa tenía que ser la verdadera razón de sus pesadillas con lobos. De la premonición fatal que la estremecía, y que la jovencita se esforzaba por sacar de su mente.
Luego de cargar sus pobres pertenencias emprendieron la travesía en dirección a la ciudad. El hombrecito se mostraba educado y amable con ellas mientras, montados en sus caballos, los tres recorrían el atajo que sólo él conocía. Entre tanto, el sol se ponía y la oscuridad ganaba espacio al celeste cielo. Una brillante luna redonda despuntaba sobre el ramaje que bordeaba esa ruta. El viaje ahora parecía interminable. Cuando al amanecer siguiente las encontraron, los aldeanos quedaron aterrados ante la visión de esos dos cadáveres femeninos despedazados.
El asesino se llamaba Manuel Romasanta, y rasgaba a dentelladas a sus víctimas, después de estrangularlas. Una vez que devino capturado y dijo ser un lobo humano, la atrocidad de aquellos crímenes tornó creíble su versión. Su caso atrajo la atención pública, al extremo de que un prestigioso científico francés lo examinó en la cárcel y produjo un informe afirmando que en verdad se trataba de un caso de licantropía. Era preferible estudiar al sujeto en vez de matarlo, por lo que la reina de España le otorgó un indulto. Debido a tal motivo resultó conmutada su sentencia de muerte emitida el 6 de abril de 1853 por el juzgado de Allariz, librándose así del garrote vil.
El modus operandi del letal delincuente (haya sido un hombre lobo o no) consistía en el engaño. Se ofrecía a ayudar a quienes querían emigrar del campo a la ciudad, pretextando que tenía conocidos en Santander y otros lugares, aportando al efecto ficticias direcciones y contactos. Sin embargo, al poco de iniciar la marcha los agredía, casi siempre mediante mordiscos y asfixia, y robaba las valiosas pertenencias de esas gentes que dejaban atrás el pueblo.
Romasanta fue condenado por los homicidios de Manuela, Benita y Josefa García Blanco y los de Antonia Rúa y sus hijos, nueve en total; otros cuatro crímenes que se supuso había cometido, incluidos los de Juanita y su madre, no se pudieron probar durante el proceso. El rastro del licántropo se perdió en el penal de Allariz. La posición oficial asegura que falleció de muerte natural en la prisión, pero las leyendas se dispararon. Algunas versiones pretendían que escapó convertido en un animal feroz y, desde entonces, vivió oculto en los bosques.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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