Los tenebrosos


Me dispongo a describir en pocas palabras lo que he descubierto.

Anoche, después de que el conde se hubiera retirado, y una vez que supuse que ya estaría dormido, abrí las puertas de mi dormitorio, encendí todas las velas y registré cada centímetro de la pequeña habitación. Después de buscar durante un buen rato, descubrí un botón de forma triangular en el suelo. Lo presioné con el pie, y sin el menor sonido, en la pared se abrió un túnel lo bastante alto y ancho para que pudiera pasar por él. Al fondo distinguí una escalera y descendí con todo el sigilo que me era posible. Cuando bajé un piso más pude oír que había gente hablando. Había hombres y mujeres separados en grupos, y parecía que estaban celebrando algún tipo de ritual religioso. Entonces me fijé en un hombre alto que vestía una capa roja que le llegaba hasta los pies. Era el conde.
Cuando se alzó ante la congregación, todos se inclinaron y se colocó delante del altar. Vi que seis hombres volvían a entrar a la habitación de dos en dos, y cada pareja llevaba consigo a una joven con las manos atadas a la espalda. Todas las chicas poseían una figura atractiva. Sin duda hubieran resultado muy seductoras, si sus rostros no hubieran estado desfigurados por el terror.
Uno de esos gorilas cogió a una de las chicas maniatadas y la arrojó sobre el altar. Ella trató de oponer resistencia, como si luchase contra la Muerte en persona.
El conde avanzó hacia la joven y dirigió un gesto a uno de los tipos arrodillados junto al altar, que de inmediato saltó sobre la chica como una bestia salvaje. Vi cómo le mordía la garganta y me dio la impresión de que le chupaba la sangre; todo terminó enseguida. Estaba muerta.
Ya no albergo la menor duda de que este castillo es hogar de espantosos demonios, y no de seres humanos dotados de corazón y conciencia.

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