Los sirvientes del dios azteca
Dentro de aquel recinto en penumbras el Gran Maestro, que creía descender de los antiguos aztecas, se preparaba, encarándose a la imagen que le devolvía el espejo antes de partir rumbo a la sala ceremonial. Su rostro estaba tenso bajo la máscara indígena, y a través de los orificios destellaban sus pupilas enrojecidas.
Aunque esta vez había inhalado poco opio, lo consumido alcanzaba para provocarle ese desagradable efecto. Cubría su cabeza con una negra capucha, y su cuerpo, ceñido por una larga túnica oscura, simulaba la vestimenta de un sacerdote. Volvió a contemplarse en el amplio espejo ovalado de lujoso marco con guarda de roble. A su espalda el cristal reflejaba la bruma grisácea de ese ambiente macabro.
El hombre con la careta de fetiche azteca y toga sacerdotal salió de su estado de ensoñación. Era hora de actuar. Se dirigió hasta donde reposaba el cofre, del cual extrajo la pequeña daga de acero con empuñadura bronceada que usaba para degollar venados y cortarlos en pedazos en sus ofrendas menores.
Al ingresar a la sala ceremonial sus subalternos agacharon las cabezas ante su presencia, en muestra de respeto y obediencia. Decenas de velas encendidas fulguraban brindando a aquel recinto el aura de un antro infernal. Pálidos reflejos de luz lunar se filtraban entre los huecos de las ventanas tapiadas con paños negros.
Encima del rudimentario altar estaba un niño de diez años, desmayado por el narcótico que le habían forzado a ingerir. El hombre con la careta azteca y disfraz de cura hizo el gesto acordado, y todos sus acólitos se reunieron en torno al túmulo de sacrificio sobre el cual yacía el inerme infante. Tras esa piedra se erigía una gran estatua de la pérfida divinidad mexica que reclamaba el sacrificio de sangre. Pero antes de dar comienzo al acto fatal se debían pronunciar esas palabras, pretendidamente sagradas.
Los compinches acompañaron el cántico fúnebre con voces potentes y, luego de concluir la canción funesta, el Gran Maestro sostenía la terrible daga en su diestra. Se aproximó hacia la presa humana que comenzaba a despertarse, y con su mano zurda aferró al chiquillo por el cuello, inmovilizándolo. Alzó el brazo armado apuntando el filo hacia la tierna garganta, buscando mutilar la vena yugular. Luego, una vez cadáver, arrancarían el corazón de la infantil víctima para ofrendarlo al maléfico Dios aborigen.
Sin embargo, en aquel preciso instante el asesino disfrazado de sacerdote oyó sonar detrás suyo un fuerte estrépito. Se giró, al igual que sus secuaces, hacía dónde provenía el griterío. Estaban rompiendo desde fuera las ventanas, los vidrios estallaban.
Esos intrusos vestían de azul, portando sus uniformes policiales. Ya saltaban dentro del salón ritual. Superaban en número y apuntaban con sus armas de fuego a aquellos dementes que, en pleno siglo XX, creían ser los sirvientes de la malvada y desaparecida divinidad azteca.
El falso sacerdote solo disponía de su filoso cuchillo para defenderse, pero comprendió que resultaba inútil resistir. Vio a sus subordinados, los esclavos del Dios mexica, dejarse caer sobre el tul carmesí que recubría el suelo, mientras clamaban rogando clemencia. Uno de los policías corrió hacia el túmulo, y envolvió en un abrazo protector al aterrado niño, poniéndolo a salvo del mortal peligro. Cuando el jefe de los policías lo encañonó con su pistola el Gran Maestro dejó caer el puñal, y levantó sus brazos en señal de rendición.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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