Los espantapájaros del horror

 

El sheriff y su ayudante disminuyeron la velocidad del coche policial en su viaje hacia la granja. 

Vieron recostados a la ruinosa cerca de madera aquellas figuras inquietan4es. Los espantapájaros producían mi3do. El anciano vestía una desgastada chaqueta y lucía un sombrero sobre su cráneo de rostro huesudo. Entre las esque1éticas manos sostenía una cabeza de vaca. A su lado, le escoltaban dos chiqui11os momific*dos. Sus c*laver*s estaban envueltas en vetustas capuchas, y sus cuerpecitos escuá4idos cubiertos por ropa hecha jirones. 
Aunque solo eran espantapájaros los alarmados policías, tras descender del vehículo, desenfundaron sus armas. Al aproximarse advirtieron que ese trío horripi4ante, que el dueño de la granja usaba para ahuyentar a las aves, estaba constituido por c*dá4eres. Un escalofrío recorrió por sus espaldas. 
El rumor de que Edward Gein, el propietario de ese maca4ro lugar, había enloquecido y desenterrab* difun1os del cementerio, se confirmaba. Pero no podían perder tiempo revisando a esos espantapájaros del horr+r, debían ingresar de inmediato a la finca. La señora desaparecida podía estar secues4rada allí dentro. 
Nuevos espan4os salieron a la luz al emprender los agentes su búsqueda en el interior de la granja. Un cuerpo dec*pit*do se balanceaba desde las vigas del cobertizo, suspendido por los tobillos. Estaba abier4o en canal y, más que el c*dá4er de una mujer, parecía una res recién faenada. Al menos eso creyó el oficial ayudante al mirar entre las oscuras brumas de ese recinto apes4oso. Sin embargo, cuando enfocó el haz de su linterna se percató de su error. La viuda que desde días atrás buscaban ya no sería una persona extraviada. 
Debía avisar al sheriff, quien se hallaba registrando otro sector de la residencia. Pero, antes de ir en procura de su superior, su revuelto estómago ya no pudo aguantar más, y vomi4ó. Aguardaron al dueño de casa con sus revólv+res prontos para disparar. Cuando al anochecer aquél llegó, no opuso la menor resistencia a su detención. 
El culpable era un granjero solterón que siempre había vivido con su madre, una fanática religiosa que dominaba toda su vida. Tras mor1r ésta, el hijo comenzó a exhumar c*dá4eres en el camposanto local. Los transportaba a su vivienda donde los examinaba, tenía se3o con ellos, y se los comí*. Con los cráneos fabricaba cuencos para beber sopa, y con el pellejo elaboraba brazaletes y vestidos. También se localizó una mascarilla similar a las utilizadas en obras teatrales, hecha con piel human*. 
Cubrir su d*snudez usando la piel de las fa11ecid*s daba placer al psicóp*ta. Pero pronto la ca3ne descompues4a dejó de saciarlo, y necesitó sentir la calidez emanada de cue3pos recién cortados. 
A su propiedad los vecinos la llamaron «La mansión de los c*4áveres». Corrió el rumor de que estaba maldi4a, habitada por espíritus m*lignos que lo forzaron a cometer esas aberr*ciones. 
Edward Gein se libró de la cá3cel, dado que la justicia lo declaró insano y ordenó su reclusión en un m*nicomio. Una vez preso el a$e$ino, el establecimiento fue quemado hasta los cimientos. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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