Las poseídas

 Corría el año 1630 y dos canónigos, los abates Jules Mignon y Urbano Grandier, se disputaban la dirección espiritual de las ursulinas de Loudun. Con el beneplácito de la madre superiora se designó al piadoso Mignon para ejercer aquel alto cargo. Al verse desplazado, Grandier, de costumbres libertinas, urdió un plan maquiavélico con el objetivo de cautivar y someter a su voluntad a las jóvenes monjas. 

Resuelto a tenerlas a su merced, a que sintieran la presencia del diablo y a provocar en ellas el acto de posesión capaz de hacerlas entregarse a sus libidinosos deseos, pactó con seres tenebrosos en pos de amarrarlas mediante un hechizo de amor. Por las mañanas arrojaba encima de los muros del convento rosas, y de sus hojas surgía su rostro cuando las desprevenidas ursulinas las recogían. Entonces las chicas suspiraban de amor por el religioso, y caían presas de espasmos y convulsiones. Al recuperarse, las poseídas aseguraban que el mismísimo Satanás se les aparecía con ánimo lascivo. 

Preocupado ante el extraño mal que aquejaba a las novicias, el director Mignon llamó al padre Lactance, famoso por sus poderes curativos. Este fraile les practicó un exorcismo colectivo, pero no logró que desaparecieran las alucinaciones eróticas que acosaban a las víctimas; por lo que el rey francés ordenó realizar una instrucción a fin de lidiar con el enigmático problema. La investigación a cargo de catorce magistrados concluyó que el padre Urbano Grandier devenía culpable de haber generado aquellas posesiones demoníacas. 

Tras un proceso inquisitorio donde no escasearon las torturas, se condenó al acusado a expiar su crimen en la hoguera. El ajusticiamiento del presunto brujo se llevó a cabo en la plaza de Loudun, pero con su muerte no terminaron las apariciones diabólicas. 

El maligno siguió persiguiendo los sueños de las monjas, y excitando sus deseos eróticos. Fue precisa la sucesiva labor de tres exorcistas, hasta que el último de ellos, el jesuita Surin, pudo acabar con el hechizo. No obstante el precio de tal victoria resultaría enorme pues, agotado hasta la extenuación, el cura falleció poco tiempo.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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