Las náufragas del Titánic

De repente las brumas marinas se despejaron y una extraña luz se reflejó en las inquietas olas, en torno al bote salvavidas. ¿Acudirían los socorristas en su rescate? ¿La pesadilla terminaría al fin?
—¡Barco a la vista! Vienen por nosotras. ¡Loado sea Dios!— gritó desbordante de entusiasmo una de ellas, la más joven, la que veía mejor. Y las otras se irguieron para mirar hacía dónde su amiga les señalaba; ansiosas, esperando el milagro.
El grupo de mujeres, que se aferraban con desespero dentro de la barcaza, otearon el horizonte. Pero no, no acudía en su dirección un buque salvador. Esas pobres personas de tercera clase que se habían colado en el último de los salvavidas disponibles del RMS Titanic no podían dar crédito a lo que veían. Divisaron a una vieja embarcación, más exactamente un galeote a vela hubiesen reconocido, de haber poseído conocimientos náuticos. Surcaba en medio del gélido y encrespado oleaje con un bamboleo parsimonioso. Su mohoso velamen lucía hecho jirones, y su casco plagado de moluscos.
No era posible que aquel esperpento fuese capaz de navegar a través de esas procelosas corrientes sin irse a pique. Sin embargo allí estaba, pese a que cuando menos tenía unos quinientos años, y era la madrugada del 15 de abril de 1912.
Entonces se formó un banco de espesa niebla y perdieron de vista al desvencijado navío. Cuando minutos después la cerrazón se disipó, lo que observaron las hizo chillar de terror. El vetusto barco yacía fijo en pleno mar y desde su cubierta descendían unas pequeñas gabarras, apenas unos tablones putrefactos que sostenían a flote a sus tripulantes.
Mientras contemplaban atónitas la escena creyeron ver a una mujer cadavérica con ropaje de pirata observándolas desde la borda del viejo navío. Y segundos después, a solo un palmo de distancia, surgió otra figura horrible: parecía un corsario esgrimiendo dos sables desenvainados, vestido con uniforme militar y un gorro de dos picos en la cabeza. Cuando lo tuvieron más próximo aún, advirtieron que su rostro era una calavera. Varios cráneos se mecían arriba de ese batel y reptando detrás de éste, encaramados sobre otros tablones de abordaje estaban sus secuaces; esas siluetas cadavéricas avanzaban hacía ellas...
Desesperadas remaron y lograron hacer girar el bote para escapar. Luchando contra las encrespadas olas regresaron rumbo a dónde iniciaron su travesía. A la distancia divisaron el casco del Titanic hundiéndose. Miraron de reojo hacia atrás y ya no se veía más a los macabros tripulantes que las perseguían. Su alivio sería efímero, sin embargo.
Ante su mirada estupefacta multitud de cadáveres emergían ahora del agua, cual muertos vivientes. Las almas de los pasajeros ahogados flotaban en el aire en torno al gran barco, que poco a poco se fue hundiendo hasta desaparecer en el océano. Los zombis agitaban sus brazos y gemían mostrando horribles muecas en sus desfigurados rostros. En un avance implacable aquel grupo de fantasmas se aproximaba hasta rodear el bote de las supervivientes.
A punto estuvieron éstas de arrojarse al helado océano y dejarse ahogar; preferían morir así a caer en las garras de los espectros. Pero entonces oyeron unos gritos, y el pitido agudo del silbato de auxilio. El foco de una linterna se abrió paso entre las sombras iluminando. Los seres fantasmales se habían esfumado, el milagro se producía, los socorristas llegaban al fin.
Las subieron a bordo de la lancha de salvataje, las arroparon y trataron en vano de calmarlas; esos jóvenes marineros nunca habían visto a unas mujeres tan aterrorizadas. Aquellas náufragas tuvieron la inmensa suerte de escapar con vida, pese a pertenecer a la tercera clase del lujoso trasatlántico, pues apenas 174 de los 709 pasajeros de esa baja categoría pervivieron en el desastre naval. Aunque durante su convalecencia en el hospital todas repitieron la misma versión, nadie le hizo caso.
Fue una alucinación colectiva fruto del nerviosismo y la angustia, les aseguraron sus médicos.
Optaron por callar, por guardarse para sí su convicción, su certidumbre. Únicamente se lo contaron a sus amigos más confiables. Años más tarde, luego de que fueron madres, se lo transmitieron a sus hijos y éstos, a su vez, a los nietos de aquellas supervivientes. De este modo llegó hasta nuestros días la leyenda del barco pirata y su tripulación fantasma al acecho de víctimas, tras el naufragio del Titanic.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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