La noche del ave rapaz

 

Dentro de aquel recinto en penumbras el Gran Maestro se preparaba, encarándose a la imagen que le devolvía el espejo, antes de partir rumbo a la sala ceremonial. Su rostro tenso bajo la máscara de pájaro diabólico con el gran pico curvo, y los pequeños orificios tras las cuales destellaban sus pupilas enrojecidas. 

Aunque esta vez había inhalado poco opio, lo consumido alcanzaba para provocarle ese desagradable efecto. Cubría su cabeza con una capucha de color azul y una capa de igual tonalidad, que simulaba el plumaje de un ave rapaz, colgaba desde sus hombros cayendo sobre su pecho cubierto por una chaqueta abotonada. Volvió a contemplarse en el amplio espejo ovalado de lujoso marco con guarda de roble. A su espalda el cristal reflejaba la bruma grisacea que envolvía a ese ambiente macabro. 

El hombre de la máscara con forma de pájaro maligno salió de su estado de ensoñación. Era hora de actuar. Se dirigió hasta donde reposaba el cofre, del cual extrajo la daga de acero con empuñadura bronceada. Al ingresar a la sala ceremonial sus subalternos agacharon las cabezas ante su presencia, en muestra de respeto y obediencia. Decenas de velas encendidas fulguraban brindando a aquel recinto el aura de un antro infernal. Pálidos reflejos de luz lunar se filtraban entre los huecos de las ventanas tapiadas con paños negros.

 Encima del rudimentario altar yacía acostada una joven mujer, desmayada por efecto del narcótico que le forzaron a ingerir. El hombre con la careta de ave rapaz vestido de azul hizo el gesto acordado, y todos sus acólitos se reunieron en torno a la mesa de sacrificio. Pero antes de dar comienzo al acto fatal se debían pronunciar esas palabras en latín, pretendidamente sagradas. La escultura de la cabra diabólica presidía con expresión siniestra detrás de la mujer inerme. 

Los compinches acompañaron ese cántico fúnebre con voces potentes y, tras concluir la canción funesta, el Gran Maestro sostenía el filoso puñal en su diestra. Se aproximó hacia la presa humana, que continuaba inconsciente, buscando su cuello para cortarle la vena yugular. 

En ese preciso instante oyó detrás suyo aquel estrépito. Se giró, al igual que sus secuaces, hacía dónde provenía el griterío. Estaban rompiendo desde fuera las ventanas, los vidrios estallaban. Esos intrusos también vestían de azul, portando sus uniformes policiales. Ya saltaban dentro del salón ritual. Los superaban en número y les apuntaban con sus armas de fuego. 

Él solo tenía su cuchillo ritual para defenderse, pero era inútil resistir. Vio a sus seguidores dejarse caer sobre el tul carmesí que recubría el suelo, mientras clamaban rogando clemencia. Cuando el jefe de los policías encañonó con su pistola la máscara de ave rapaz el Gran Maestro dejó caer el puñal, y levantó sus brazos en señal de rendición.

  * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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