La momia del cacique
El joven ladrón estaba gozoso. Finalmente, tras adentrarse en aquella cueva, tenía ante sí el sarcófago que guardaba las joyas funerarias. Mientras alumbraba la penumbra con su farol, apenas podía contener su avidez por saquear el tesoro oculto durante siglos dentro del viejo y polvoriento ataúd. Dejó su farol sobre el suelo barroso. Debía valerse de ambas manos para remover la pesada tapa del sarcófago.
Haciendo un esfuerzo supremo, resoplando y con sus últimas fuerzas, lo logró al fin.
La vetusta tapa cedió varios centímetros, y ese mínimo hueco bastó para mostrar el brillo de los rubíes, las esmeraldas, los zafiros y los diamantes. Todas esas maravillas de mil colores desparramadas encima de los vendajes que cubrían el reseco cuerpo de la momia.
Aunque ya solo un escuálido cadáver quedaba del que fuera un gran cacique y su rostro no era más que un pellejo sobre la calavera, aún conservaba un aire de imponente majestad. Ceñía la momificada frente una gruesa vincha de oro con plumas negras y amarillas, y desde las orejas colgaban redondos aretes, también de oro puro. Tras los huecos donde antaño habitaban sus ojos brotaba un siniestro destello que el intruso, cegado por la ambición, no advirtió; estaba ajeno al peligro.
Sin mostrar respeto alguno, con manos codiciosas, el ladrón comenzó a esquilmar el tesoro de la momia aborigen, quitando la joyería que adornaba torso y estómago, extrayendo cuantas gemas cabían en sus palmas. Hincado al costado del féretro, casi lloraba de alegría mientras trasladaba esas riquezas al interior de su bolsa. Y lo mejor de todo era que no tendría que repartir el botín. Sus dos cobardes secuaces habían desistido. Su pánico ante la maldición que, según se decía, castigaría a quien profanase la tumba de ese cacique indio momificado los paralizó, y se negaron a acompañarlo. Además, no querían cometer el sacrilegio de violar el sagrado descanso del cacique, le dijeron.
—¿Sacrilegio?, ¿una maldición india? Vaya par de mentirosos.— pensó el joven profanador.
Estaban asustados como conejos. Había que ser muy valiente para, en esa gélida noche sin luna, explorar aquella macabra caverna. Lo del destino fatal que sufriría el sacrílego ladrón de aquel tesoro era una estupidez; pero mejor para él si ellos creían en tamaña superchería. ¡Pobres idiotas! Todo la ganancia sería para el único miembro de la banda que tuvo el coraje de continuar con el plan hasta penetrar por la gruta oculta en ese bosque sombrío.
Creía tener muy merecida la gloria que estaba a punto de alcanzar. —El mundo y sus tesoros solo son para los audaces.— se dijo, henchido de orgullo.
La bolsa estaba llena, pero aún restaba mucho más por expoliar. Abrió su mochila de cuero y empezó a introducir piedras preciosas.
De repente, un extraño sonido retumbó a su espalda.
¿Sus compinches lo habrían seguido hasta allí? Tal vez le mintieron al asegurarle que abandonaban la empresa, que les aterrorizaba la maldición. Pero a la pálida luz del farol el saqueador pudo comprobar que no se trataba de sus cómplices. Lo que vio lo dejó atónito, y las gemas que con tanto afán estaba hurtando resbalaron de sus palmas adormecidas por el miedo.
Aquél que venía hacia él era un sujeto inmenso y espantoso. Vestía un atuendo indígena manchado de sangre. También salpicada de sangre fresca estaban su cara, sus largos cabellos, y sus musculosos hombros, brazos y pecho. Parecía un carnicero indio demente que acabara de consumar una faena atroz.
Desde su rostro deforme un ojo tuerto, lleno de odio, miraba con expresión de animal salvaje. La boca del gigante exhibía una dentadura que, más que de un ser humano, semejaba a la de un cocodrilo de pequeños y afilados colmillos. De las sucias encías escurría una sanguinolenta saliva, como anticipación del alimento con que saciaría su hambre. Su respiración agitada y ronca cortaba el aire enrarecido. Esgrimía una hachuela en su mano diestra aquella bestia humana. Con esa arma atacó al ladrón, aporreándolo con saña en la cabeza.
El agredido rodó atontado, inerme sobre el suelo húmedo. El desmayo fue piadoso para con el joven. Le evitó conocer cuál sería su trágico destino. El desquiciado asesino aborigen levantó otra vez la hachuela. Con un movimiento seco, de terrible violencia, rasgó el aire y cortó. La cabeza, limpiamente cercenada, se desprendió del cuello sangrante, y dando tumbos se detuvo al pie del sarcófago.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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