La casa de las mil almas

 

La historia que pasaré a narrarles cuenta ya con varios años, pero aún me produce escalofríos cada vez que la rememoro. Por entonces fui a residir junto con mi familia a una antigua casona situada en las afueras de la capital, la cual había logrado adquirir a muy bajo costo. La razón de haber realizado tan conveniente negocio consistió en que a los anteriores dueños les resultaba en extremo difícil venderla por el precio requerido al inicio y, ante la falta de ofertas, no les quedó otro remedio que aminorar sus pretensiones económicas.
La depreciación en el valor de ese inmueble obedecía al insistente rumor de que en su interior tenían cabida macabros eventos sobrenaturales. Sin embargo ni a mi, ni a mi cónyuge, y tampoco a mis dos hijas adolescentes, nos preocuparon tales habladurías. Al contrario, nos burlábamos de esa absurda historieta para asustar viejas y miedosos, y estábamos contentos de haber conseguido aquella mansión por un importe sumamente conveniente.
No obstante, en esta vida nada deviene fácil, y más pronto que tarde tuvimos que recordar por las malas la verdad contenida en el refrán popular de que: "Lo barato sale caro". No bien comenzamos a habitar nos percatamos que en aquel recinto ocurrían cosas fuera de lo común. El primer suceso extraño se verificó cuando las mujeres de mi familia, al acudir al baño, se miraban en el espejo.
Al hacerlo percibían que, bajo las blusas, sus sostenes parecían estar demasiado abultados, como si sus pechos les hubiesen crecido de súbito. Pero cuando, asustadas, se desabrochaban las prendas, y volvían a observar su imagen reflejada en el espejo, comprobaban, con alivio, que sus senos continuaban en su estado normal.
Por mi parte, ante el llamado de la naturaleza, en una ocasión me vi forzado a ir de urgencia al baño y, tras abrir la cortina, creí ver a una persona sentada en el inodoro. Aquella presencia sólo duró una fracción de segundos y, mientras se reía, aquel espectro desapareció en medio de una humareda. Ni que decir que las ganas de hacer mis necesidades se me fueron de golpe. Pero luego de este incidente se volvió patente que algo muy anormal acontecía, y que el baño de la casona constituía el epicentro de aquellas rarezas.
Al anochecer oímos un fuerte ruido proveniente de allí, y los cuatro corrimos hacia el baño. Al llegar al pasillo vimos un juguetito (uno de los patitos de goma que había en la bañera) salir de ese lugar. El juguete levantó vuelo de pronto, pasó zumbando encima de mi cabeza, y se estrelló contra la pared del pasillo. Me apresuré a entrar, decidido a enfrentarme con el intruso que (según pensé) me había aventado aquel objeto, pero por más que busqué descubrí, con estupor, que no había nadie dentro.
Tratamos de calmar nuestros alterados ánimos y, rato después, subí con mi esposa al segundo piso de la finca rumbo a nuestra habitación, para ir a dormir. En el camino sentí como si me hubieran pinchado las piernas con un alambre o una aguja. El dolor desapareció enseguida, pero no así la sensación de angustia y de miedo que, con creciente intensidad, nos invadía. Aquella noche todos la pasamos en vela.
Lo peor tuvo origen a la tarde del día entrante, cuando a mi señora le sobrevino un repentino estado gripal, y se dirigió hacia la recámara para descansar. Entonces advirtió que alguien había quitado el cuadro con la imagen de San Benito que en teníamos colgado en la pared. Con los nervios rotos, mi esposa estalló en llanto. Me rogó que nos fuésemos ya mismo de esa casa, la cual sin dudas estaba maldita, habitada por almas en pena que querían expulsarnos.
Mientras la abrazaba tratando de contenerla y le prometía que al día siguiente abandonaríamos aquel sitio, oímos que desde la planta baja nuestras hijas gritaban histéricamente. Descendí por las escaleras lo más rápido que mis piernas me permitían y contemplé un espectáculo increíble: los platos, los vasos, las tazas, las ollas, y los demás enseres de la cocina volaban en círculos a través de la sala de estar. Momentos después se estrellaron contra las paredes, provocando gran estrépito.
Entonces, entre el estruendo y el pánico, vislumbré a aquellos espectros de muecas horribles, a esos fantasmas desgarbados que rodeaban la sala, y parecían estar a punto de abalanzarse encima mío. Sobre el piso varias velas blancas encendidas arrojaban una tenue luz a la penumbra. Unas velas que yo bien sabía que nosotros no habíamos colocado allí. Esta nueva y repugnante aparición duró escasos instantes. El ambiente, que se había llenado de brumas, se despejó de repente, las velas se apagaron y las figuras de espanto dejaron de estar visibles; pero comprendí que se trataba de almas en pena, cuya malevolencia aún palpitaba en el aire enrarecido.
Ya no pudimos aguantar más, ni siquiera aguardaríamos la llegada de la madrugada para marcharnos. Esa misma noche cargamos las pertenencias más esenciales, nos subimos a nuestra camioneta, y nos alejamos para siempre de esa casa maldita, poblada por mil almas espectrales.
En el fragor de nuestra huida miré por el espejo retrovisor y no sabría decir si, fruto del miedo, mi imaginación me jugó una mala pasada, o si aquello fue real. Vi como los espectros abrieron la verja de hierro del viejo caserón y se apostaron en la entrada, queriendo asegurarse de que ya no regresaríamos. Era un grupo de esqueletos harapientos. Uno de ellos, que parecía ser el líder, era la imagen de la muerte y empuñaba una azada en sus manos huesudas. En el cielo plomizo, a la lumbre de una enorme luna llena, revoloteaban aves rapaces.

*Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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