El asesino y el perro

El 1 de junio de 1953 vino al mundo en Brooklin, Nueva York, Richard David Falco, luego David Berwowitz por su apellido de adopción, quien devendría más tristemente recordado por el seudónimo delictivo de “El hijo de Sam”, un despiadado asesino serial que operó en su ciudad natal durante la década del setenta del pasado siglo. Sus padres biológicos eran Joseph Kleinman y Betty Broder, pero su madre no se había divorciado de Tony Falco con el cual procreara una niña de nombre Cecilia.
 Por tal razón el futuro homicida secuencial comenzó llevando el apellido Falco. El amante de Betty le exigió que se deshiciera del niño y la mujer aceptó entregarlo en adopción al nacer. Una pareja judía sin hijos se hizo cargo del bebé. Sus nombres: Nathan y Pearl Berkowitz. 
El chico no tuvo suerte con las mujeres durante su adolescencia y al morir su madre adoptiva se vio embargado por una gran frustración que sería el preludio de la paranoia que tiempo más adelante gobernará su existencia y lo transformará en un azote para sus congéneres. 
En la madrugada de 1976, con veintitrés años cumplidos, David perpetra en el populoso y conflictivo barrio de Bronx su primer crimen. Sus víctimas las constituyeron Donna Lauria, de dieciocho años y Jodi Valenti, de diecinueve. Ambas jovencitas, ajenas a todo peligro, se encontraban charlando animadamente dentro del automóvil de la última. El novel victimario se aproximó hasta el coche y descerrajó sobre los cuerpos de sus ocupantes cinco mortales disparos a quemarropa con su pistola marca Magnun calibre cuarenta y cuatro. 
En el correr de la madrugada del 23 de octubre vuelve a atacar. Sus presas humanas las configuran ahora Carl Denaro, de veinte años, y su amiga Rosemary Keenan. Los jóvenes resultan brutalmente agredidos mientras dialogaban dentro de un vehículo al regreso de una fiesta. Ni siquiera pudieron ver venir a su agresor quien los acribilló a mansalva. Cinco impactos de bala perforaron el cuerpo del muchacho. Rosemary, en cambio, logró huir y salió desesperada gritando en demanda de auxilio. El agredido no falleció a consecuencia del feroz ataque pero quedó incapacitado por las severas heridas sufridas. 
En la noche del 26 de noviembre de 1976 las amigas Donna Massi, de dieciséis años y Joanne Lomino, de dieciocho años, volvían del cine cuando fueron abordadas en la acera por un hombre que fingió formularles una pregunta y, acto seguido, extrajo su revolver disparándoles una andanada de balas con las que hirió de gravedad a ambas chicas. Joanne llevó la peor parte pues quedó parapléjica. 
Al retornar de un paseo por una galería en Queens en horas de la medianoche Christine Freuna y su novio John Diel fueron seguidos por un individuo que se les aproximó y les disparó a boca de jarro dos veces sin mediar palabra. Los impactos de bala alcanzaron de lleno la cabeza de la chica quien falleció en forma instantánea.
 En cada una de las antes comentadas agresiones el arma empleada al efecto fue la referida pistola Magnun calibre cuarenta y cuatro que David Berkowitz había comprado en una armería de Nueva York. Al investigar esta seguidilla de atentados fatales la policía concluye que todos los ataques poseen idéntico patrón. En ellos se utilizó la misma arma e idéntico tipo de balas. También la descripción efectuada por los sobrevivientes en cuanto a la fisonomía del agresor mostraba evidentes coincidencias. Por lo tanto, no quedaban dudas de que la sociedad de Nueva York se enfrentaba a un psicópata asesino en serie. 
El 8 de marzo de 1977 cuando regresaba del colegio hacia su casa portando unos libros Virginia Voskerichiam fue violentada por un desconocido que empuñaba un revolver. En vano intentó protegerse interponiendo esos textos frente a la ráfaga de disparos. Un proyectil le atravesó el corazón y su deceso se verificó en el acto. 
En abril de aquel año devinieron, asimismo, ejecutados a sangre fría en plena calle los novios Valentina Surani y Alexandre Esau. Aquí el ultimador buscó obtener más protagonismo y dejó cartas encima de los ensangrentados cadáveres de sus víctimas. En estos mensajes, entre otros dislates, afirmaba: “Soy un monstruo. Soy el hijo de Sam… Adoro la caza.”
 Por primera vez se hace de público conocimiento el alias criminal utilizado por el homicida. Casi simultáneamente, Berkowitz remite una misiva dirigida a un cronista del periódico New York Daily News donde burlonamente le agradece el interés mostrado al informar sobre sus matanzas y le anuncia que, acatando dictados impartidos por el demonio, volverá muy pronto a matar para saciar su apetito de sangre. 
La policía de Nueva York se siente acuciada ante la presión popular de los aterrados habitantes y se moviliza intensamente para dar captura a tan peligroso demente. El psiquiatra forense Martín Lubin es el primer profesional en confeccionar un perfil psicológico del criminal, el cual se distribuye en todas las reparticiones policiales. Conforme al estudio realizado, los investigadores debían buscar a un paranoico que se creía poseído por fuerzas satánicas y que tenía serios problemas para establecer relaciones con las mujeres. Empero, pese al empeño desplegado por las fuerzas del orden aún no surgen pistas firmes que permitan aprehender al depredador. 
La última barbarie del “Hijo de Sam” se gestó el 31 de julio de 1977 cuando abordó a una juvenil pareja de novios que charlaba en el interior de su automóvil estacionado en un parque. Bobbi Violante devino alcanzado por dos balazos en la cara. Perdió un ojo y quedó con la visión del restante muy disminuida. Por su parte, la rubia Stacy Moskowitz recibió un único disparo en la cabeza de un proyectil calibre cuarenta y cuatro que acabó de inmediato con su vida. 
En agosto de 1977 saldrá a luz un indicio interesante para el progreso de la investigación. Un vecino de David Berkowitz, llamado Sam Carr, denunció a las autoridades haber sido objeto de mensajes amenazantes por cuenta del primero, quien se quejaba de su perro labrador negro. El tenor de las cartas era lo bastante inquietante como para justificar la denuncia, pues daba la impresión de que no se trababa de una broma necia sino que el remitente padecía un agudo y peligroso delirio. Entre otras cosas, en aquellas misivas se declaraba: 
“…Le he pedido amigablemente que haga que su perro deje de aullar todo el día y sin embargo continúa haciéndolo. Le he implorado, le dije como esto está destruyendo a mi familia. No tenemos paz, no tenemos descanso. Ahora sé que clase de persona es usted. Es cruel y desconsiderado, no siente amor hacia otro ser humano. Usted es egoísta Sr. Carr. No tengo ya nada que perder. Puedo ver que ya no habrá paz en mi vida o en mi familia hasta que acabe con la suya...”.
 La policía se apersona al departamento del denunciante y lo indagan respecto de las cartas y sobre el emisor de las mismas. Carr les manifiesta que nada conoce en concreto de la vida de ese vecino. Solo sabía que el individuo pagaba regularmente su renta –pues su arrendador así se lo había comentado– y que había laborado en calidad de guardia de seguridad, trabajo del cual renunció en junio del 1976 –fecha de su inicial asesinato– pasando a conducir un taxímetro. 
Los pesquisantes chequearon las oficinas de taxímetros de la ciudad pero no hallaron registro del sospechoso en ninguna de ellas. Sin embargo, otro dato relevante que involucraba al mismo sujeto apareció al saberse que en las proximidades de donde se llevaron a cabo los homicidios se habían impuesto reiteradas multas a un automóvil Ford Galaxi al cual repetidamente se sorprendió mal aparcado. Los inspectores de tránsito nunca localizaron al conductor pues –aunque éstos no lo sabían- el hombre andaba rondando por los alrededores a la caza de nuevas víctimas. Llamativamente, el vehículo infractor resultaba propiedad de un tal David Berkowitz; vale decir, el mismo sujeto que había redactado las alocadas cartas amenazantes al señor Carr, cuyo nombre de pila era Sam al igual que el mote del cual se valía el asesino de parejas de la Magnun cuarenta y cuatro. ¿Se trataba de una mera coincidencia? 
Finalmente, el 10 de agosto de 1977, la policía de Nueva York arresta a la salida de su domicilio al propietario del vehículo marca Galaxi. No bien le cierran las esposas en sus muñecas el oficial que encabeza el operativo le pregunta:
 — Ahora que te tengo. Dime: ¿a quién tengo? 
A lo cual el joven detenido, orgullosamente, le responde: 
—Tú bien lo sabes. Soy Sam.
 A lo largo de su juicio penal el reo pareció muy satisfecho al sentirse centro de la atención de la prensa y del público. Para eludir la imposición de la pena capital se excusó alegando locura y culpó al perro de Sam Carr de trasmitirle órdenes provenientes de un demonio milenario. Los psiquiatras lo analizan y lo diagnostican como esquizofrénico paranoide con personalidad fuertemente antisocial. En la sentencia se le aplicó, de hecho, condena a reclusión perpetua, puesto que la sumatoria que los años de encierro que correspondía atribuirle por sus homicidios se elevó a trescientos sesenta y cinco años de confinamiento.
 La estrategia defensiva esgrimida en su proceso se fundó en alegar ser integrante de una secta satánica en la cual aprendió brujería, y donde los maléficos sacerdotes le lavaron el cerebro hasta convertirlo en una obediente máquina de matar al servicio de los poderes diabólicos. 
También adujo que el perro de Sam Carr (a quien Berkowitz envió su estrafalaria carta) mediante sus ladridos anulaba su voluntad y lo obligaba a perpetrar los crímenes, pues aquel can estaba poseído por un antiguo espíritu maligno. No obstante, con toda probabilidad la historieta del demonio milenario que, a través del perro del vecino, lo conminaba con implacables mandatos a salir a asesinar fue una patraña para amortiguar su responsabilidad por los crímenes, y obtener la benevolencia de los psiquiatras forenses. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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