El cliente equivocado

 

Aquella noche Leticia lucía su mejor atuendo, incluido ese sombrero masculino que cubría su cabellera castaña concediendo un toque pintoresco a su atractivo rostro. 

— ¿Puedo hablar contigo, hermosa? — preguntó a la distancia un hombre. 
Ella giró el cuello para observarlo y, como le pareció confiable, permitió que la abordara. El tipo se mostró afable. No sólo aceptó el precio indicado sino que, sin dudarlo, depositó en su palma enguantada un fajo de billetes. 
La chica no necesitó contarlos para saber que recibía mucho más de lo requerido por sus servicios. Guardó el dinero y se ajustó la pechera de su vestido oscuro, cerrándolo alrededor del torso para protegerse del frío, al tiempo que seguía tras los pasos de su cliente. Avanzaron por la acera bajo la luz de las farolas a gas, rumbo a dónde debía él de estar alojado. 
El viento ululante, cargado de invierno, serpenteaba por las calles cada vez más estrechas y, al atenuarse la lumbre de los cafés de la plaza, se encontraron en la penumbra de la medianoche. La chica aspiró por la nariz, que empezaba a gotearle, conteniendo la respiración mientras avanzaba por el adoquinado. El hombre la agarró sin disminuir el ritmo de sus pasos, y la atrajo firmemente a su lado. 
—Eres más fuerte de lo que pareces — le dijo la mujer, esbozando una sonrisa. — Eso me gusta, muchacho. — afirmó entre risas, y se inclinó contra su acompañante, insinuándose con cierta torpeza, pues apenas veía por dónde pisaba y la cabeza le daba vueltas. 
Tenía aguante para el vino, cosa precisa para su trabajo, pero aquella noche había bebido demasiado rápido, necesitada de ese calor interno ahora que los callejones en los que solía ejercer empezaban a volverse gélidos. El cliente no reaccionó ante su risa, pero a la joven le daba igual. Él estaba perdido en algún lugar de su propio mundo, sintiendo quizás la culpa prematura por aquello que aún no había hecho.
 Probablemente tuviera a su esposa en casa, inquieta y encerrada en una salita oscura, con las piernas remilgadamente juntas, imaginó con picardía Leticia. Resopló por la nariz, sonriendo con suficiencia. Doblaron una esquina y se sorprendió al ver que él se paraba delante de un pequeño taller artesanal. No esperaba que la llevara a ningún lugar extravagante. Su abrigo y sus pantalones estaban desgastados, pero eran prendas finas. Creyó que se alojaría en una de las casas de huéspedes que había cerca, tampoco la más elegante, pero sí una limpia y cómoda. 
Le apetecía sentir la suavidad de las sábanas bajo su cuerpo y, con algo de suerte, si él se quedaba dormido, podría descansar cómodamente hasta que se despertara y la echara. Frunció el ceño al observar que el individuo abría la puerta de madera: tal vez no hiciera mucho calor dentro, pero al menos estaría a refugio del viento. Había tenido sexo en demasiados lugares extraños como para estar preocupada, pero no dejaba de ser una decepción. 
Ante todo sentía un cansancio que ni el vino podía combatir. Su caballero ya había abonado el precio pactado, así que no le cabía duda de que se tomaría su tiempo. Eso sí, nada de hacerlo dos veces, por muchas libras que le hubiera pagado de antemano. 
—Me gusta tener intimidad —murmuró el individuo, como si tuviera que darle explicaciones, y la guió hacia el interior. Cerró la puerta y encendió una pequeña lámpara de gas que proyectaba alargadas sombras sobre el suelo polvoriento. El alma se le volvió a caer a los pies a Leticia. El sitio estaba sucio y abandonado. Creyó ver una mesa en la esquina del fondo, pero la escasa luz que entraba a través de la mugrienta pantalla de cristal no llegaba tan lejos. 
Él se acercó hasta que estuvieron cara a cara. La tomó por los brazos. De nuevo le asombró la fuerza que tenía, especialmente considerando su enfermizo aspecto. Trató de ignorar las manchas violáceas que salpicaban su rostro algo hinchado, y concentró la mirada en sus ojos azules. 
—No te preocupes, lo pasaremos bien — le aseguró, sonriendo e inclinando la cabeza con coquetería. Suponía que a él le gustaría oír esas palabras, que de esa manera vencería su timidez. 
— Déjamelo a mí, pequeño. — le susurró, mientras estiraba la mano para frotarle la entrepierna y palparlo suavemente; pero él no la dejó proseguir, sino que le apretó los brazos y la empujó hacia el fondo del taller. Su brusquedad la asombró un poco, y se tropezó, aunque de nuevo su cliente la sostuvo.
 —No me pareces el típico tío duro, querido. — Ella soltó una nerviosa risilla, tratando de aliviar la repentina tensión. — ¿Por qué no vamos más despacio? ¿Por qué no...? 
La joven apenas tuvo tiempo de reaccionar, y no pudo hacer el menor gesto defensivo. No había visto el cuchillo que su cliente ahora sostenía, y que cayó como un rayo sobre su garganta, abriéndola, provocando ese tajo enorme. Un insoportable dolor la paralizó. Provenía desde su cuello mutilado. Leticia tuvo la visión borrosa de su cuerpo desplomándose encima del charco recién formado con su sangre fresca, que no paraba de brotar.
  * Texto de Gabriel Antonio Pombo. 

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