El asesinato de Elizabeth Jackson

 

Aunque durante ese trágico 1888 Jack el Destripador fue la indiscutida estrella criminal –pues en apenas diez semanas de reinado había estremecido al Londres victoriano–, al comienzo del siguiente año el interés generado por sus atrocidades daba signos de declinar. 

 El homicida serial de prostitutas de Whitechapel parecía olvidado para los periódicos británicos al llegar el mes de junio de 1889, cuando casi siete meses habían transcurrido sin que un nuevo ataque fatídico pudiera serle endilgado. Las autoridades alentaban la esperanza de que su sanguinario ciclo hubiese concluido para siempre. Pero, en cuanto a los trozos de cuerpos diseminados en torno al Támesis refería, la siniestra retahíla de descubrimientos recrudeció. 
 En la mañana del 4 de junio de ese año, parte de un torso femenino se rescató de las aguas sobre la ribera de la localidad de Horselydown. Ese mismo día, en horas de la tarde, una pierna izquierda apareció debajo del puente Albert, en Chelsea. En la ulterior semana varios trozos más pertenecientes a ese cadáver fueron recuperados en las márgenes del río. 
 El influyente periódico The Times de Londres, en su edición del 11 de junio de 1889, reprodujo un nefasto resumen consignando que: «Los restos humanos encontrados hasta ahora son los siguientes: martes, pierna izquierda y muslo en Battersea, parte inferior del abdomen en Horselydown; jueves, el hígado cerca de Nine Elms, la parte superior del cuerpo en Battersea–Park, el cuello y los hombros en Battersea; viernes, el pie derecho y parte de esa pierna en Wandsworth, la pierna y el pie izquierdos en Limehouse, sábado, el brazo izquierdo y la mano en Bankside, las nalgas y la pelvis en Battersea, el muslo derecho en el Chelsea Embankment y ayer, el brazo derecho y la mano en Bankside.» 
 Todos esos lúgubres hallazgos dieron origen a una instrucción sumarial que tuvo su inicio el siguiente 17 de junio. Según declaraciones formuladas en la encuesta judicial por los profesionales médicos intervinientes en la autopsia: «La división de las partes humanas demostró habilidad y método. Sin embargo, no se nota la destreza anatómica de un cirujano, sino más bien la sapiencia práctica de un carnicero o un desollador. Hay una gran similitud en la manera que se cortaron estos restos con los que fueron hallados en Rainham y en el nuevo edificio de la Policía Metropolitana en Whitehall.» 
 Por su lado, el 5 de julio el The Times de Londres abundó que: «Es opinión de los médicos que las mujeres habían fallecido sólo cuarenta y ocho horas antes de que sus organismos fuesen troceados y que los cadáveres resultaron diseccionados por una persona que debe haber tenido algún conocimiento sobre las articulaciones del cuerpo humano.» 
También en esta oportunidad los peritos fueron incapaces de determinar la causa de la muerte. De cualquier modo, el jurado arribó a un firme veredicto de: «Asesinato cometido con premeditación contra alguna persona o personas desconocidas.»
 Al igual que aconteció en las otras emergencias, no se pudo ubicar la testa de la asesinada; pero ahora su identidad quedó establecida. Gracias a cicatrices grabadas en los brazos se identificó a la fallecida como Elizabeth Jackson, una prostituta que ejercía su oficio en Chelsea. Se trataba de una ramera muy pobre y carente de hogar que, a menudo, dormía en el parque de Battersea. Había adoptado el hábito de colarse entre las roturas de las rejas circundantes una vez que, al caer la noche, se cerraban las puertas de aquel lugar público. 
 El victimario dejó una gran porción de ese torso en una región del parque alejada del acceso a la mayoría de los viandantes y fue el jardinero quien se topó con esos desechos humanos. Otra extremidad del cuerpo se localizó a corta distancia del anterior hallazgo e iba envuelta en ropa vieja que portaba impreso el nombre «L. E. Fisher».
 En la necropsia se constató que el útero había sido extirpado. Algunos cirujanos que participaron en los procedimientos clínicos sobre esos restos cadavéricos fueron del parecer de que el deceso de la desventurada fémina pudo tener su origen en un aborto mal practicado y con consecuencias fatales. 
El ulterior fraccionamiento y la dispersión de segmentos del cadáver, se debió –de atenernos a esta conjetura- a la infame tarea de un malogrado obstetra intentando esconder las huellas de su delito. Sea como fuere, conocer la identidad de la occisa, aunque devino trascendente, no sirvió a la pesquisa policial, pues en definitiva el asunto quedó oficialmente sin solucionar. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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