A la caza del monstruo

 

Jean Chastel, el gran cazador, no podía quitar de su mente la cara de la hermosa y asustada muchacha. Días atrás había hablado con ella, tras arribar a aquel pueblo, y quedó prendado por su belleza. Para apaciguar su miedo le aseguró, al igual que hizo con los otros aldeanos, que el espanto terminaría, que las muertes acabarían. Pero había fracasado. 

La noche en que se retiró del poblado la bestia llegó, y la chica fue una de sus víctimas. Ahora el cazador, lleno de frustración y pesadumbre, regresaba sobre sus pasos. Descendió de su caballo y, desde la colina observó la iglesia de agudas cúpulas. Estaba vacía y abandonada, al igual que todas las casas de ese desierto villorrio, del cual sus habitantes habían huido despavoridos. Nuevamente creyó ver materializarse en el horizonte el rostro de la joven, a la que no pudo proteger. 
El viento invernal soplaba calando los huesos y el famoso tirador sentía frío, aunque portaba un grueso abrigo y su sombrero de pico, calado hasta las cejas. Bien sabía que la larga daga que aferraba en su mano zurda de poco le serviría frente a aquel letal peligro. Para ello, atados a la montura de su equino, traía sus dos mejores rifles; y su alforja, además de pólvora, contenía decenas de balas de plata que había hecho bendecir por su sacerdote confesor. Y es que necesitaba del auxilio de la religión para poder vencer en aquella empresa. La más difícil de toda su carrera, pues su enemigo esta vez no era una fiera salvaje, sino un monstruo del averno con la apariencia de un animal feroz. 
Como un engendro surgido del mismísimo infierno lo habían descrito los pocos testigos que, sin convertirse en sus víctimas, lo vieron. Según le contaron al cazador, se trataba de un animal enorme, con fauces sedientas de sangre. Pero el rasgo que no podían olvidar, y que los hacía temblar de terror al recordarlo, consistía en esos ojos perversos, de mirada gélida y rojas pupilas que destellaban en la oscuridad. Un par de ojos malvados que semejaban dos focos que emitían luz roja, resaltando aún más su pelaje negro. Esa mirada diabólica paralizaba a sus presas humanas, les impedía el escape, y las dejaba inermes frente a sus implacables acometidas. Durante las noches de luna llena la fuerza de aquel monstruo alcanzaba su apogeo, y entonces salía de su guarida en los bosques para cazar y despedazar seres humanos. 
El drama causado por este acechante monstruo ocurrió en la región de Gévaudan en Occitania (Francia), en pleno reinado de Luis XV, cuando numerosos miembros de la comunidad francesa de Gévaudan –principalmente niños y mujeres- resultaron asesinados a causa del ataque de una criatura desconocida. Sus víctimas, que se contarían por cientos –aunque existe cierta controversia con respecto al número real-, mostraban signos de mordiscos, y sus cadáveres normalmente se recuperaban desmembrados y, ocasionalmente, sin cabeza. 
A comienzos de 1765 se llevaron a cabo las primeras batidas en procura de ultimar a la bestia, sin que éstas tuviesen ningún éxito; al tiempo que el victimario (si se tratase de un hombre disfrazado de animal, como algunos sostuvieron) continuaba sumando difuntos en su haber. Por entonces el extraño acontecimiento tuvo su eco en la prensa, y se generó una cobertura de los hechos insólita en el Siglo XVIII para una región rural tan alejada de la capital como Gévaudan. Asimismo, las noticias de la incesante búsqueda del monstruo a cargo de cazadores particulares llegaron hasta la corte de Versailles, la cual decidió tomar cartas en el asunto enviando a varios emisarios con el cometido de solucionar definitivamente el molesto problema. 
Aunque la corona, a fin de acallar rumores sobre la incapacidad de sus agentes, declaró oficialmente que la bestia había muerto y el caso de Gévaudan estaba por fin resuelto, ello no era cierto. Las violentas muertes continuaron hasta finales del invierno de 1765. El horror recién acabó la ventosa tarde en que Jean Chastel, el mejor tirador de Francia, abatió con balas de plata bendecidas al sanguinario monstruo.
  *Texto de Gabriel Antonio Pombo. 

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