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Mostrando entradas de diciembre, 2025

La madre y el monstruo

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  El 10 de marzo de 1928 una madre soltera que trabajaba en calidad de operaria de una telefónica ("Cool center"), cuyo nombre era  Chistine Collins , regresó a su hogar sito en  Los Ángeles  tras una ardua jornada de labor. Vivía con  su pequeño hijo Walter de nueve años ,  pero esa vez la finca se hallaba vacía. La alarmada mujer busca por el vecindario infructuosamente pues nadie sabe del paradero del niño. Finalmente, recurre a la fuerza pública y formula la correspondiente denuncia ante la inexplicable desaparición. Buscaron al pequeño durante meses sin éxito, y el fracaso de las investigaciones pareció confirmar la opinión general que se tenía sobre la policía de Los Ángeles como inepta, además de corrupta. Pero un buen día al parecer Walter Collins es encontrado sano y salvo en  Illinios  y clama por retornar junto con la autora de sus días. El Departamento d Policía organiza una reunión de bienvenida convocando a los medios de comunicación...

La obra de un demonio

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  Aquella madrugada varias vecinas y colegas de oficio la vieron entrar y salir incansablemente de su pieza, llevando a esta candidatos muy diversos. La señora Mary Ann Cox, una viuda de treinta y un años, también prostituta, la halló asida del brazo de un sujeto desarreglado, bajo, gordo, de mejillas sonrosadas por el exceso de alcohol y bigote rubio. Para tornarlo más ridículo aún, el cliente aferraba una jarra de cerveza. Jeanette abrió la puerta del número 13 y lo hizo pasar, pero antes de entrar ella misma vio a Cox que se retiraba de su habitación –que quedaba próxima a la ocupada por la pelirroja– y le anunció:  –Amiga, te voy a dedicar una canción– tras lo cual se puso a entonar una balada titulada «Una violeta que arranqué de la tumba de mi madre». Aparte de que la melodía era triste, la intérprete desafinaba. Al rato la viuda volvió a verla salir en busca de otro cliente.  El último testigo que la habría avistado en esa velada fue un obrero amigo suyo: George Hu...

El visitante

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  Se encaró al espejo de su habitación a la luz de las velas. El cristal reflejaba su delgado cuerpo ceñido por ese body blanco que dejaba expuesta a la vista el nacimiento de los senos.  Satisfecha, la joven repasó los otros detalles que componían su belleza: cutis blanco como la porcelana, labios rosados, nariz delicada, ojos azules de párpados sombreados bajo delineadas cejas, aretes plateados colgando desde los lóbulos y cabellos rojizos prolijamente peinados.  Mientras contemplaba su sensual hermosura creyó que su mente le jugaba una mala pasada. De nuevo volvía a ver replicada tras su espalda aquella aparición.  La silueta, más que espectral, era humanoide: cabeza ovalada, hocico de reptil en lugar de boca, huecos sombreados en vez de ojos, un torso sin carne ni músculos, una piel transparente por la cual traslucían la columna vertebral y las costillas.  Durante un segundo esa extraña visión emergía, pero tan rápido y fugaz como había surgido, en un parpad...

El asesino y el perro

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El 1 de junio de 1953 vino al mundo en Brooklin, Nueva York, Richard David Falco, luego David Berwowitz por su apellido de adopción, quien devendría más tristemente recordado por el seudónimo delictivo de “El hijo de Sam”, un despiadado asesino serial que operó en su ciudad natal durante la década del setenta del pasado siglo. Sus padres biológicos eran Joseph Kleinman y Betty Broder, pero su madre no se había divorciado de Tony Falco con el cual procreara una niña de nombre Cecilia.  Por tal razón el futuro homicida secuencial comenzó llevando el apellido Falco. El amante de Betty le exigió que se deshiciera del niño y la mujer aceptó entregarlo en adopción al nacer. Una pareja judía sin hijos se hizo cargo del bebé. Sus nombres: Nathan y Pearl Berkowitz.  El chico no tuvo suerte con las mujeres durante su adolescencia y al morir su madre adoptiva se vio embargado por una gran frustración que sería el preludio de la paranoia que tiempo más adelante gobernará su existencia y ...

La gran asesina

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  Desde las brumas del tiempo nos es legada la historia de Belle Gunness, una trama que parecería una leyenda urbana, si no fuera porque fue realidad.   Cruda e increíble realidad. Se trató de la existencia de una asesina serial digna emula de Henri Desiré Landrú. Y ocurre que esta fémina usaba el mismo modus operandi que hizo célebre al victimario serial francés. También ella atraía a sus desprevenidas parejas mediante anuncios matrimoniales. Una vez establecida la relación amorosa los esquilmaba, y luego los asesinaba enterrando los cadáveres bajo los fondos de su granja. Nació en Trondhjem, Noruega en 1859 con el nombre de Bella Poulsdatter, y arribó en 1883 a Norteamérica. Se afincó en Chicago, y en 1888 contrajo enlace con un coterráneo, el noruego Max Sorensen. Años más tarde los Sorensen se trasladaron a una chacra sita en Austin, Illinois, en donde la esposa se dedicó a concebir hijos y cultivar la tierra. En 1900 Max Sorensen falleció en extrañas circunstancias. La vi...

Niñeras muertas

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  Nicholas Boyce ya no podía seguir soportando las burlas humillantes de su esposa, la niñera Christabel, quien lo calificaba de "inútil perezoso incapaz de triunfar". A despecho de que se trataba de un individuo preparado que tenía una licenciatura en ciencias, no se destacaba por su imaginación. Incapaz de encontrar una solución mejor, acabó golpeándola y estrangulándola el 13 de enero de 1985, en el curso de una refriega más furibunda de lo habitual. Decidió librarse del cadáver desmembrándolo y, según sus propios recuerdos, necesitó de cinco horas con un cuchillo y una sierra en el cuarto de baño de su apartamento sito en la región este de Londres. Atento confesó a la policía:  "Herví los fragmentos y los metí en bolsas de plástico que fui dejando en distintas partes de la capital" . El asesino dejó aquellos trozos corporales diseminados en varios edificios en construcción de Kilburn e Isliston , en Hackney Marshes y en Westminster , junto a un restaurante espe...

Trabajo insalubre

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La casualidad había querido que, a principios de 1887, Fred Campbell conociera a un caballero recién regresado a Inglaterra, tras prolongada estadía en el extranjero. Se trataba del dueño de un mercante que estaba descargando en el puerto donde él laboraba.  Entre los tripulantes de ese barco revistaba un viejo conocido suyo, quien le comentó que su patrón necesitaba a un marino capacitado para oficiar de maquinista y timonel suplente, en un corto recorrido hacia el paraje en el cual se haría la próxima colocación de mercancías.  Su colega le dijo cuanto dinero ofrecía su jefe por el cumplimiento de esa faena. El monto resultaba más que atractivo y le persuadió a aceptar el convite.  A raíz de ese episodio fue como se vinculó con aquel hombre, un corpulento ex diplomático de apellido Atkinson, a quien supo exhibir sus cualidades náuticas ya durante el inicial periplo para el cual se lo contratase. Cobró una jugosa retribución, pero creyó que su relación laboral concluiría...

La noche de la mujer lobo

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  En los umbríos bosques polacos del pantanoso lago emergía, durante las noches de luna llena, aquella monstruosa criatura. Los pocos que sin convertirse en sus víctimas la vieron contaron que, aunque tenía forma humana, constituía un engendro del averno.  Su cuerpo era femenino y sensual, pero tenía una cabeza lobuna de orejas puntiagudas, larga y desgreñada cabellera rubia y fauces sedientas de sangre. El rasgo más distintivo que los testigos temblaban de terror al recordar consistía en esos ojos malvados, de mirada gélida, que parecían focos amarillentos en la penumbra. Aquella mirada diabólica paralizaba a sus presas humanas, les impedía la huida y las dejaba inermes ante sus feroces ataques.  Una vez consumados sus asesinatos la mujer lobo volvía al pantano, y se escondía entre la arboleda que rodeaba a la laguna. Ningún explorador, ninguno de sus perseguidores, osaba adentrarse más allá de las orillas del pantanal. Aunque iban armados y portaban hachas y antorchas p...

Las uvas de la muerte

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  En torno de las 11.45 de la noche del 29 de septiembre de 1888 Elizabeth Stride paseaba asida del brazo de un caballero llamativamente bien vestido –para los valores de elegancia que se manejaban en el East End– y se aproximó junto con este a la pequeña tienda donde Mathew Packer vendía frutas y verduras en el número 44 de la calle Berner, a unas puertas del Club Educativo Internacional de Obreros. Tan minúscula resultaba la tienda que las operaciones comerciales forzosamente se debían materializar a través del escaparate sobre el cual se exponía la mercadería. Más adelante, el dueño del negocio describiría al acompañante de la fémina como de treinta y cinco años, un metro setenta de alto, robusto y con pinta de oficinista. –¿Cuál es el precio de esas uvas? –le preguntó aquel hombre. –Seis peniques las negras y cuarto de libra las verdes– repuso el comerciante. –En ese caso denos media libra de las negras. El comprador pagó y agarró los racimos, que dividió con su compañera. El h...

Atar, torturar, matar

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  El 22 de octubre de 1974 Dennis Rader llamó a Don Granger, reportero del periódico local The Whichita Eagle encargado de la página policial, y le informó que en el segundo piso de la biblioteca pública de la ciudad, en el interior de un libro, se hallarían pistas del crimen cometido contra la familia Otero.  Cuando los policías ubicaron dentro de un manual de mecánica esa misiva quedaron impactados. Allí se describía cómo habían quedado colocados, tras la matanza, los cuerpos de las víctimas, qué ropa vestían, cómo fueron amarrados, qué tipo de cuerda se usó, etc. Vale decir, información confidencial no publicada en la prensa, datos que solo el auténtico victimario podía conocer.  La nota proseguía comunicando que el redactor no podía contenerse y que volvería a asesinar, pues un "Monstruo interior" lo impelía a cobrarse más presas humanas. No se consideraba responsable de los crímenes ni ser una persona realmente malvada porque, según alegaba, había nacido con el "Fac...