Una mala elección

 

Se trataba de una zona discreta, con casas de fachadas de ladrillo a la vista, y poco concurrida. Catherine supuso que podría hallar un cliente allí, dado que necesitaba con desespero obtener dinero para comer. Era una alcohólica a la cual le encantaba beber ginebra. Ese hábito la ayudaba a superar su miedo a resultar la siguiente víctima del perverso asesino que degollaba a las meretrices, abría sus cadáveres en canal y robaba sus vísceras. 

Aquel demonio humano que la prensa llamaba "Jack el Destripador".

Había salido de su última borrachera, ya no tenía resaca, y confiaba en que tendría buena suerte. Se consideraba atractiva, pues aparentaba ser bastante joven. Nadie acertaba a darle su edad real. Además, esa noche lucía uno de sus mejores atavíos: un vestido de satén rojo de larga falda, cuyo tajo al costado permitía exhibir una pierna desnuda.
Al llegar a la esquina creyó que sus deseos se hacían realidad.
Bajo la tenue luz de una farola a gas vio venir a aquel tipo muy bien vestido. Todo su atuendo de tonalidad oscura era sobrio y costoso: sombrero de copa, camisa, corbata, saco y capa. Aferraba en su mano derecha un maletín de cuero negro, como el de los médicos. Seguramente no tendría problemas en pagarle como mínimo cuatro peniques.
La mujer se aproximó para ofrecérsele, pero cuando pudo verle bien el rostro se frenó en seco. Las penurias de su vida la habían hecho desarrollar la intuición, sabía olfatear el peligro. Y de aquel hombre emanaba una aura siniestra. Debía alejarse sin perder un segundo. Dio media vuelta para volver sobre sus pasos, y escapar del letal peligro.
Sin embargo él fue más veloz, dejó el maletín en el suelo y corrió dándole alcance. Estaban en plena calle, entre las penumbras, ni un alma por los alrededores. Aquel desquiciado forcejeaba con ella empuñando un cuchillo en su diestra. Le lanzó una puñalada que Catherine logró esquivar apenas, sin evitar ser herida en el cuello. La sangre saltó. Aterrada, la víctima gritó pidiendo auxilio, al tiempo de que su atacante, con la mano zurda ensangrentada, pugnaba por estrangularla. Finalmente la derribó. Ahora ambos luchaban sobre los adoquines húmedos de la plaza.
El cazador montado encima de su presa y ésta revolviéndose con desespero, tratando en vano de quitarse de arriba el musculoso cuerpo del individuo. Sintió una fornida mano cerrarse como un cepo en torno a su garganta, mientras el peso del criminal la inmovilizaba. Esos dedos apretaban más y más, todo se nublaba. 
Tumbada e inerme advirtió un chisporroteo.
El resplandor provenía desde el empapado cuchillo que él esgrimía con su mano libre y cuyo filoso acero rasgó, cercenando profundamente la garganta.
Tras asegurarse que su víctima ya no se movía, el asesino se levantó y fue en busca de su sombrero, caído durante la refriega. Luego abrió el maletín que había abandonado antes de correr hacia ella. Volvió a dónde yacía el cadáver. Ya había tomado el bisturí, el escalpelo y los demás instrumentos quirúrgicos con que practicaría la disección.
Tenía cronometrado cuando el policía pasaría de nuevo por allí, en su ronda nocturna. Nada más le quedaban diez minutos para extirpar y llevarse los órganos que lo obsesionaban, debía apresurarse.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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