Ritual maldito
La sensual joven fue desprendiéndose de la ropa hasta que su cuerpo quedó por completo desnudo. Luego fue hacia el arcón donde guardaba el atuendo ceremonial y comenzó a vestirse. Colocó en torno a su cuello un lujoso collar de plata y diamantes.
En su hermosa cara, enmarcada por negros cabellos peinados con raya al medio, resaltaban sus delicados labios y sus ojos de rojizos destellos. Una fina pollera de cuero negro le ajustaba desde su cintura. En su desnudo torso lucía varios tatuajes. Sus voluptuosos senos parecían a punto de estallar, ceñidos con un sostén en el cual se dibujaban dos calaveras.
Ella era la sacerdotisa de ese culto demoníaco y se aprestaba para actuar en otro ritual maldito, presidido por el Gran Maestro, quien a su vez era su amante.
Por su parte el hombre se preparaba dentro de aquel recinto en penumbras encarándose a la imagen que le devolvía el espejo, antes de partir rumbo a la sala ceremonial. Ocultaba su rostro bajo una máscara de cráneo de cabra, con cuernos adosados a sus sienes. Desde los orificios del macabro embozo refulgían sus pupilas enrojecidas. Portaba una capa negra con hombreras metálicas, y una lujosa túnica azabache cubría su tórax y sus brazos.
Volvió a contemplarse en el espejo ovalado, de lujoso marco con guarda de roble. A su espalda el cristal reflejaba la bruma grisácea que envolvía al ambiente.
La bella sacerdotisa se dirigió hacia su amante, que continuaba absorto. Quiso besarlo, pero él la apartó con brusquedad. Primero el trabajo, únicamente después de consumada la ceremonia impía los malignos amantes se entregarían al placer.
Ella entendió el reproche, y trajo las antorchas de madera, rematadas con velas blancas encendidas. Le entregó una a su jefe, quien la cogió con su mano derecha, mientras ella retenía otra en su zurda, tal cual mandaba el protocolo. Se ubicó delante del Gran Maestro, y ambos se enfrentaron al espejo. La mujer con la mirada perdida, en éxtasis, y el hombre con sus ojos malvados reluciendo como focos bajo su embozo.
Transcurridos breves instantes, el individuo de la máscara de cráneo de cabra y su asistente salieron de su estado de ensoñación. Era hora de actuar. El mandamás se dirigió hasta donde reposaba el cofre, del cual extrajo la daga de acero con empuñadura bronceada. Su querida lo siguió excitada, anticipando el instante en que inmolarían a la víctima femenina destinada al sacrificio.
Al ingresar a la sala ceremonial sus subalternos agacharon las cabezas al ver a su amo, en muestra de respeto y obediencia.
Decenas de velas encendidas fulguraban brindando a aquel recinto el aura infernal. Pálidos reflejos de luz lunar se filtraban entre los huecos de las ventanas tapiadas con paños negros. Encima del rudimentario altar yacía una mujer joven, desmayada por efecto del narcótico que le forzaron a ingerir. La víctima estaba pronta para ser inmolada al Príncipe de las Tinieblas.
El hombre con la careta en forma de calavera hizo el gesto acordado, y los acólitos se reunieron alrededor de la sacerdotisa en torno al túmulo destinado al sacrificio.
Todos los discípulos satánicos vestían oscuras túnicas rematadas por capuchas que cubrían sus cabezas, y portaban en sus manos pequeños cirios con velas blancas encendidas. Pero antes de dar inicio al acto maligno se debían pronunciar unas palabras en latín, pretendidamente sagradas. La estatua de la cabra diabólica presidía con expresión siniestra detrás de la mujer inerme.
La sacerdotisa, escoltada por el grupo de encapuchados, avanzó hacia la víctima. Todos comenzaron a entonar un cántico, con voces estridentes. Tras concluir la canción funesta, el Gran Maestro se quedó aguardando atrás de la asistente satánica y los secuaces. Ya esgrimía el filoso puñal en su diestra. y sus subalternos se abrieron paso para que él llegara hasta dónde estaba la sacerdotisa.
Una vez junto a ella, le entregó a ésta un segundo filoso cuchillo para, entre ambos, desgarrar la carne de la chica desmayada. Después se dirigió hacia la presa humana, que continuaba inconsciente, y levantó el brazo armado para cortar la vena yugular.
Pero, en ese preciso instante, lo excepcional hizo acto de presencia. Potentes gritos de "¡Alto, policía! tronaron en el aire por detrás de los satánicos, en medio de un tremendo estrépito.
El criminal se giró, al igual que la sacerdotisa y los compinches, hacía dónde provenía el griterío. Estaban rompiendo desde fuera las ventanas, los vidrios estallaban. Esos intrusos, vistiendo azules uniformes policiales, ya saltaban dentro del maléfico salón ceremonial. Los superaban en número y les apuntaban con sus armas de fuego.
Él solamente tenía su cuchillo ritual para defenderse, pero era inútil resistir. Vio a sus seguidores dejarse caer sobre la alfombra carmesí que recubría el suelo, mientras clamaban rogando clemencia.
Su cómplice femenina temblaba de miedo. Había soltado la antorcha y estaba hincada con los brazos en alto, obedeciendo la orden de entregarse. Mansamente, la mujer diabólica dejó que cerraran las esposas metálicas en torno a sus muñecas.
El malvado líder comprendió que sus fieles subalternos lo habían abandonado.
Cuando el jefe de los policías encañonó con su pistola la máscara de cráneo de cabra el Gran Maestro dejó caer el puñal, y levantó ambos brazos en señal de rendición.
La víctima se había librado de una muerte segura, y el ritual maldito había fracasado.
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