Pacto maldito
Enfundado en su capa y su capucha oscuras, el brujo Francois Prelati se dirigió hacia el impío altar donde reposaban los cráneos y otros restos óseos de las víctimas. Fingiendo entrar en trance comenzó a invocar al demonio mientras, desde el centro de la sala, su amo Gilles de Rais, luciendo su uniforme de mariscal de los ejércitos de Francia, lo observaba con expectación creciente.
En el extremo opuesto y a la pálida luz de las velas, Eustache Blanchet, el clérigo leproso, causaba espanto de tan avanzada que estaba su enfermedad. Bajo el embozo sacerdotal su rostro de piel amarillenta parecía una calavera, su nariz carecía de tabique y su rala barba de chivo sobresalía desde su desollada barbilla. Con sus esqueléticos dedos repasaba nerviosamente las páginas del viejo grimorio, cuyas recetas mágicas debía leer en alta voz para continuar con la liturgia.
Los tres individuos esperaron ansiosos hasta que, en esa noche de San Juan del año 1439, estalló una feroz tormenta, que tomaron como prueba inequívoca de que Satanás aceptaba el malvado trato propuesto.
Gilles de Rais ofrecía al Diablo continuar asesinando jóvenes en su nombre, y prometía seguir realizando esas ofrendas mortales a cambio de obtener la vida eterna y una prosperidad ilimitada.
Una vez que creyó haber sellado el pacto maldito, el noble francés ordenó a sus criados y asesinos Poitou y Henriet Griart deshacerse de los cadáveres apilados en una torre de su castillo emplazado en Macheoul, e incinerarlos para gloria del Maligno.
Aunque Eustache Blanchet participó de esa ceremonia desconocía las aberraciones y crímenes cometidos. El religioso se limitaba a cumplir las órdenes de su admirado Mariscal de contratar a los nigromantes y hechiceros que aquél le solicitaba. Su amo estaba en quiebra a raíz de sus despilfarros; y aunque había sido el hombre más rico de Francia luego del rey, ahora mal vendía sus tierras y castillos para mantener a su corte de charlatanes y parásitos. Suponía que, tras sus repetidos intentos, finalmente obtendría la piedra filosofal que le brindaría oro a partir de mercurio; pero aunque varios alquimistas trabajaron en ese propósito, ninguno fue capaz de producir el anhelado milagro.
Entonces decidió adoptar medidas más radicales: ofrecería su alma al demonio a cambio de riquezas y de alcanzar la vida eterna.
A tal fin, mandó a su sacerdote de confianza que le trajese al mejor nigromante de Francia. El clérigo partió a cumplir con su cometido, pero incurrió en el error de confiar en Francois Prelati, joven astuto e inmoral que vio en el incauto noble una fuente de dinero abundante.
Gilles de Rais pertenecía a la alta aristocracia francesa y, tras la muerte de su padre, había heredado una enorme hacienda que abarcaba desde Gran Bretaña hasta Poitou, y desde Maine hasta Anjou.
Tenía bajo su control pues, una fortuna y un poderío inmensos para esa época, los cuales únicamente cedían frente a la opulencia y fuerza bélica del propio monarca francés.
Este hombre ingresó desde muy joven bajo las órdenes del soberano galo Carlos VII, y fue sumando honores militares ganados en la guerra hasta obtener el grado de Mariscal de los ejércitos franceses. También se le designó escudero personal de la gran visionaria Juana de Arco, y dirigió varias batallas victoriosas contra los ingleses. Sin embargo, en uno de estos enfrentamientos Juana resultó capturada, y sus intentos por liberarla fracasaron. Se acusó a la mujer de hechicería y se la quemó en la hoguera.
Cuando llegó la trágica noticia su escudero volvió desconsolado a sus posesiones, abandonando para siempre la vida castrense.
En sus castillos se dedicó a la nigromancia y a la búsqueda de la piedra filosofal de los alquimistas. Para ello, conforme se ha dicho, contrató los servicios de Francois Prelati, un presunto mago y alquimista italiano que lo vinculó a la magia negra y a las prácticas de hechicería. Entonces comenzaría la 0rgía de sangre y locura que se prolongaría por casi diez años.
Una vez que los rumores de sus asesinatos llegaron a oídos del Obispo de Nantes, Jean de Malestroit, éste dispuso que se abriera una investigación de los hechos.
En lugar de conducirse con prudencia, al saber que estaba bajo vigilancia, el aristócrata se enfureció y el día de Pentecostés irrumpió en una misa que se celebraba en la Iglesia de Saint Etienne de Mer Norte montado a caballo y al mando de sesenta hombres armados. En esa ocasión hizo prisionero al Fraile Jean de Le Ferón, religioso que, días atrás, lo había acusado públicamente de la compra ilegal de un terreno, y de cometer otras usurpaciones.
En definitiva aquel insensato acto de violencia se convertiría en su perdición porque -por más que la justicia gala de entonces no le concedía mayor importancia a las denuncias por desapariciones de niños y adolescentes plebeyos- una cosa muy diferente era atentar contra la dominante Iglesia Romana.
Así fue como el 13 de septiembre de 1440 el Obispo de Nantes atribuyó oficialmente al Barón Gilles de Rais los cargos de herejía, homicidio de menores, celebración de pactos demoníacos, y perpetración de numerosos delitos contra natura.
Dos días después las tropas monárquicas lo arrestaron sin que ofreciera resistencia.
El juicio en su contra se formalizó durante un mes en el castillo de Nantes, y aunque al principio el prisionero negó la responsabilidad que se le imputaba y trató con desprecio a sus interrogadores, luego -ante el temor de ser torturado por la Inquisición- cambió de parecer y aceptó haber realizado un pacto maldito con Satán, declarándose culpable de haber inferido muerte, sodomizado y sometido a suplicio, al menos, a trescientos niños y adolescentes de clase baja.
El 22 de octubre de 1440 el reo pidió públicamente perdón por sus desmanes y, cuatro días más tarde, murió ahorcado junto sus cómplices Poitou y Henriet Griart.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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