Las uvas de la muerte

 

En torno de las 11.45 de la noche del 29 de septiembre de 1888 Elizabeth Stride paseaba asida del brazo de un caballero llamativamente bien vestido –para los valores de elegancia que se manejaban en el East End– y se aproximó junto con este a la pequeña tienda donde Mathew Packer vendía frutas y verduras en el número 44 de la calle Berner, a unas puertas del Club Educativo Internacional de Obreros. Tan minúscula resultaba la tienda que las operaciones comerciales forzosamente se debían materializar a través del escaparate sobre el cual se exponía la mercadería. Más adelante, el dueño del negocio describiría al acompañante de la fémina como de treinta y cinco años, un metro setenta de alto, robusto y con pinta de oficinista.

–¿Cuál es el precio de esas uvas? –le preguntó aquel hombre.
–Seis peniques las negras y cuarto de libra las verdes– repuso el comerciante.
–En ese caso denos media libra de las negras.
El comprador pagó y agarró los racimos, que dividió con su compañera. El hombre y la mujer cruzaron despacio la calzada mientras saboreaban la fruta y entablaron una vivaz charla durante más de media hora, sin hacer caso a la llovizna que en esos instantes comenzó a mojarlos. Al viejo tendero le causó extrañeza que la pareja no buscara algún refugio bajo el cual guarecerse, y ese hecho banal llevó a que les prestara más atención que la habitual. Por eso no vaciló al identificar a la difunta. Incluso recordaba haberle comentado a su esposa: «Mira a ese par de tontos, quedarse allí parados en medio de la lluvia».
Según el vendedor, al rato "los tontos" volvieron a cruzar la calzada y enfilaron hacia la entrada del club político, donde se detuvieron para escuchar la música que procedía desde allí. A las 00.15 del sábado 30 de septiembre el dueño cerró su negocio y dejó de verlos. «Supe que era esa hora porque las tabernas ya habían cerrado», comentó.
La mujer parecía muy entretenida y de buen humor junto a su gentil compañero. Como si este no fuera un cliente más y no se tratara de una de las tantas transacciones mercantiles que noche tras noche hacía ofreciendo su castigado físico para sobrevivir. Además de Packer dos transeúntes testificaron haber visto a «Long Liz» –"Liz. La larga"– Stride con un individuo próximo a las 11 de esa noche; vale decir, antes de la compra de las uvas en el diminuto expendio. La pareja se hallaba de pie frente al establecimiento de Bricklayers´Arms y los jóvenes reconocieron a la buscona mientras permanecía junto a aquel cliente, no tan sobrio en este caso. Uno de esos viandantes se permitió a la pasada gastarle una broma:
–Ten cuidado nena, ese tipo que está contigo es «Mandil de Cuero», aludiendo así al mote que por entonces la prensa había endilgado al asesino anónimo que venía propagando el pánico.
Ni Elizabeth Stride ni su admirador se percataron del paso de los intrusos. El hombre la magreaba contra la pared.
–¡Te gusta! ¡Dime que sí te gusta!–jadeaba el sujeto.
–Sí me gusta, pero aquí no. Hay un patio cerca al que podemos ir. Ven, te lo enseñaré.
–¿Un patio? ¿Está limpio?
–Sí, y allí tenemos un establo donde podemos hacerlo. Pero si me sigues apretando tanto no podré llevarte –se rio Liz zafando del abrazo de su ansioso galán.
Lo tomó de la mano y se dirigió con él rumbo a Dutfield´s Yard, un patio lindante con las instalaciones de un fabricante de sacos el cual, en virtud de su oscuridad permanente, se utilizaba para satisfacer los deseos que urgían al acompañante de Elizabeth Stride. Si se da crédito al testimonio del frutero habría que descartar a ese burdo cliente como posible victimario de la meretriz, la cual ya había cumplido su rápida labor y salió en procura de otro candidato que pagara por sus favores, encontrando entonces al pulcro señor con aires de oficinista.
Próximo a la 0.30 de la mañana del 30 de septiembre, mientras cumplía su ronda, un policía de la metropolitana londinense creyó haber visto –y así lo afirmó en la instrucción judicial– a Long Liz junto a un caballero que portaba saco negro, sombrero de fieltro, camisa blanca y corbata oscura. Advirtió que la señora, por su parte, lucía prendida en su chaqueta una flor roja. Un rato antes, otra persona también la habría identificado. Iba con un hombre diferente, pues la fisonomía de aquel no cuadraba con la de los clientes antes referidos. Ese testigo habría pasado tan cerca de la pareja como para oír que el individuo, con el cual la meretriz caminaba asida del brazo, le decía unas extrañas palabras: «Dirías cualquier cosa menos tus oraciones.»
Sin embargo, la frase no resultaría tan enigmática para la mujer, y debió formar parte de un chiste que el otro le estaba narrando, pues al escucharla ella se echó a reír ruidosamente junto con aquel. Escasos minutos más tarde Liz Stride ya no contaba con la compañía de los hombres descritos y no tenía motivo alguno para reírse. Estaba a la entrada del pasaje adyacente al Club Educativo Internacional de Obreros y la agredían a golpes y empujones.
El homicidio de la prostituta sueca o, cuando menos, los actos inmediatamente previos al mismo, fueron presenciados por un testigo en apariencia clave. El mismo fue Israel Schwartz, un judío húngaro que extrañamente no depuso en la encuesta instruida tras el crimen, sino que sus declaraciones únicamente devinieron reproducidas por la prensa mediante ediciones de los periódicos The Star y Evening Post.
Este inmigrante, que apenas hablaba inglés y recién había arribado a Londres, adujo haber visto, desde el extremo opuesto de la calle, a un hombre que abordaba a una fémina parada junto al portillo del patio lindante al local político. Aquel individuo arremetió contra ella, la arrojó al suelo y la introdujo en el callejón a empujones. De acuerdo recordaba el declarante: «La mujer dio tres gritos, pero no muy fuerte».
El ofensor cifraba unos treinta años, lucía un bigote castaño y portaba una gorra con visera negra. Lo más curioso de esta deposición consiste en que Schwartz narró que, casi al mismo tiempo, un segundo hombre salió de la cervecería situada en la esquina de la calle Fairclough y se detuvo silenciosamente en la sombra mientras encendía una pipa. Este último aparentaba unos treinta y cinco años, medía un metro ochenta y vestía con decoro, a diferencia del gandul que agredió a la ramera. El atacante se percató de la cercana presencia del testigo y de su notoria apariencia extranjera y, para ahuyentarlo, le espetó en son de amenaza: «¡Lipski!».
Se trataba de un insulto, ya que Lipski era el apellido de un judío que el año anterior había sido acusado de ultimar a una mujer en la zona este londinense. Tanto Israel Schwartz como el hombre bien vestido se alejaron cautelosamente de allí y esa asustadiza prudencia sellaría la suerte de Long Liz cuyo cuerpo inerte, con la garganta segada de izquierda a derecha, sería avistado minutos después por el conductor de un pony.
Se consideró que este testimonio representó el más certero de cuantos aportaron la fisonomía del homicida. La descripción ventilada por los periódicos habría puesto tan nervioso al criminal que aquel se creyó en la necesidad de intimidar al testigo. Abona tal sospecha una misiva fechada el 6 de octubre de 1888 remitida a este por alguien que, tras iniciar su mensaje con la frase «Te creíste muy listo cuando informaste a la policía», le prevenía que se equivocaba si pensaba que no lo había visto. Concluía sus líneas con la amenaza de matarlo y de enviarle las orejas a su esposa si enseñaba esa carta a la prensa, o si ayudaba a la policía de cualquier manera.
El degollado cadáver apareció en el pasaje del club político donde se celebraba una animada reunión. Los concurrentes fueron alertados por Louis Diemschutz, portero de ese establecimiento que transitaba en su carro arrastrado por un pony y que, literalmente, se chocó con el tendido organismo sin vida. Dieron la voz de alerta y los pesquisas iluminaron con sus linternas a la inerme víctima. Seguidamente, se llamó al detective a cargo de los crímenes de Jack el Destripador, inspector Frederick Abberline, y a su ayudante George Godley, para ver el cadáver.
Minutos después concurrió un médico que vivía en el barrio, y más tarde arribó el forense de la policía doctor George Bagster Phillips. Ambos galenos se abocaron al análisis in situ del cuerpo, y dispusieron que fuese trasladado en una ambulancia manual a la morgue.
Mientras tanto, y a modo de medida precautoria, los custodios revisaron las manos y la ropa de aquellos asistentes a la reunión política que todavía no se habían retirado. No detectaron nada sospechoso. Simultáneamente, otro grupo de policías requisaba las viviendas y los albergues aledaños, e irrumpía en las tabernas en pos de cazar al degollador, u obtener pistas fiables para posibilitar su aprehensión. También esta vez la providencia les fue esquiva.
En la mano crispada de la difunta, y a su alrededor, los policías advirtieron pellejos de uvas masticadas y semillas, al igual que sucediera en las escenas de homicidios precedentes.
Ante la evidencia de que el criminal habría convidado a la asesinada con esta fruta el sargento George Godley, al tiempo de que examinaba el cuerpo sin vida de Elizabeth, exclamó.
-– ¡Uvas!, ¡Otra vez uvas! ¿Porqué el asesino les ofrece uvas?
A lo cual su jefe, el inspector Frederick Abberline, con tono de voz triste, le respondió:

-– Lo hace para ganarse su confianza. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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